A Rómulo Zabala, genio.
23/9/11
El mostrador. Diálogos mediados.
A Rómulo Zabala, genio.
Nota II: Se
advierte la desproporción entre el prólogo y el cuerpo del relato.
28/8/11
La noche mutilada
13/8/11
Éxito
La afirmación del yo y el consiguiente desarrollo al máximo de la persona es el objetivo más alto al que cualquier ser humano puede aspirar. A continuación comentamos “Las Cuatro Reglas Cardinales del Alfa”, un programa simple, positivo y al alcance de todo el mundo para aventajar al resto, alcanzar la fortuna y exprimir maravillosamente el jugo de la vida. Cualquiera que siga estas reglas llegará de modo indefectible a su propio estado óptimo ideal, o Estado Alfa.
1) Equivocarse no es importante, lo malo es pensar en ello. Hay que aceptarlo, la vida es dinámica, es un hecho. No hay que quedarse estancado en los desaciertos. Solo hay que mirar hacia adelante, dar un paso al frente y continuar. Alfa avanza.
2) Equivocarse no es importante, lo malo es dudar. A todo el mundo le gustan las personas decididas y con gustos bien definidos. Si uno aprende a obtener lo que se propone, tarde o temprano conseguirá lo que quiere. Alfa sabe.
3) Mantente atento y despierto. Esta es quizá la regla más difícil. Veamos, cada situación de la vida encierra una oportunidad única de posibilidades insospechadas. La mayoría de la gente está demasiado encerrada en sí misma. Los pequeños temores y los pequeños intereses impiden comprender el potencial casi infinito de cada instante. Esta clase de gente común se pasa la vida entera desperdiciando una y otra vez las oportunidades de desarrollo óptimo que aparecen a cada momento debajo de su propia nariz. Es necesario abrir los ojos y la totalidad de la mente al momento actual para poder explotar la vida al máximo. Por supuesto, esta predisposición del ánimo puede ejercitarse. Para los triunfadores, es una costumbre. Pruébelo: los resultados son sorprendentes. Alfa percibe.
4) El universo se rige por una ley universal de atracción permanente. El agua siempre intenta volver al agua. En general, en el ámbito de la vida de las personas, es un hecho que la felicidad atrae a la felicidad y que el pesimismo termina configurando su pronóstico negativo en la realidad. Las personas positivas tienen vidas positivas. Alfa sonríe.
Tiene frases tan ridículas e irritantes como las del discurso que critica. Por ejemplo, lo que está entre paréntesis en este fragmento de la página 29: “Los autores de estas recetas han pasado a una etapa superior; son los nuevos sofistas de nuestra era postindustrial, pero sus procedimientos siguen siendo los mismos que en la época del Protágoras de Platón. Igual que Dión de Prusa, Fontón o Trasímaco (¡neoliberal anticipado, puesto que ya pretendía que, por naturaleza, el débil no tiene ningún derecho sobre el fuerte!), explotan las ambigüedades del lenguaje para producir razonamientos en apariencia lógicos, pero que en realidad son trampas tendidas a los que los escuchan y armas para los que los explotan”. Trasímaco, neoliberal anticipado… Qué violencia. Por supuesto, la expresión se justifica en una nota.
También tiene frases ridículas, o medio ridículas, pero divertidas. Página 38: “Toda esta vieja sociedad disciplinaria estalla en pedazos a partir de mayo de 1968, no directamente a causa de esta minirrevolución de terciopelo que sobre todo se produjo en Francia, Italia y Estados Unidos, y a la que no hay que conceder una importancia desmesurada, sino porque este acontecimiento es el símbolo de una ruptura más profunda que sale a la luz”. Minirrevolución de terciopelo... Qué bien.
Después tiene una buena cantidad de frases y párrafos no tan ridículos, algunos más interesantes que otros.
28/7/11
Sobre un cuento chino
¡Dale! ¡Mandate otro whisky!
¡Total la guadaña
nos va a hacer sonar!
Whisky, Héctor Marcó, 1951
Belisario Gutiérrez, estanciero de Capitán Sarmiento, educado en los números de las aulas y en la rudeza del campo, era un hábil administrador. Durante la época de la agricultura transgénica, aunque pertenecía a una familia de siete generaciones de criadores de ganado, no vaciló en vender todas las cabezas para volcarse al cultivo de la soja en sus dominios.
Una lluviosa tarde de octubre de 2008, escuchó desde su gabinete un grito sobrenatural. Salió disparado, atrvesó el mobiliario antiguo de la sala, bajó corriendo las escaleras del casco señorial y salió a toda velocidad en su camioneta por el camino de la alameda. Giró en el viejo establo en ruinas, bordeó el estanque verde y se lanzó a la ruta.
Mientras escapaba, vio por el espejo retrovisor que unas figuras monstruosas lo perseguían. Por más que Belisario aceleraba, las apariciones se acercaron hasta alcanzarlo. Una mujer decapitada que llevaba la cabeza en una mano y un pequeño ataúd en la otra corría a un costado y lo amenazaba. Por el otro lado un muchacho, carbonizado y desfigurado, con las facciones borradas, lo hostigaba. Desde atrás se subió a la caja de la camioneta una niña de ojos hermosos, hinchada y amarilla. De pronto, tuvo que frenar porque en la ruta se interpuso un joven corpuento con una soga al cuello. La lengua le caía hasta el pecho y los ojos colgaban por tallos a la altura de las mejillas.
Oscurecía. Los fantasmas se esfumaron cuando un patrullero que pasaba se detuvo al ver la camioneta estacionada en medio del camino. El policía sabía de la reciente muerte de la hija menor de Belisario a causa de una infección pulmonar. Le sugirió que volviera a la estancia.
Pocos días después, como no había noticias del estanciero, los pobladores de la zona dieron alerta a la comisaría. Una mañana de diciembre, el mismo policía acompañó a Augusto, hijo mayor de Gutiérrez, abogado que residía en la capital, hasta la propiedad de su padre. Allí, ambos vieron un paisaje desolador. En el dormitorio principal yacía decapitada Ortensia Gutiérrez, y a su lado el ataúd embarrado y abierto de su difunta hija de seis años, Lucrecia. El ventanal que daba a la galería estaba abierto, y por el piso en damero desfilaban huellas ensangrentadas de hombre. Desde la escalera de piedra, las huellas embarradas se multiplicaban por el camino hasta el estanque, pasando por el establo quemado. Tuvieron que romper el candado del portón para entrar y ver a César, de diecinueve años, consumido por las llamas. Siguieron hasta el estanque y en un principio no encontraron nada, pero luego vieron que entre el musgo flotaba algo y lo acercaron con un lazo que el abogado hizo con una soga. Era Ofelia, de diez años.
El policía fue al patrullero a informar por radio a la central. Augusto caminó aturdido con la soga en la mano hasta un corral en desuso y se trepó a una vieja manga donde antes revisaban a las vacas. Ató firme un extremo de la soga, pasó el lazo por encima de la rama de un álamo, acomodó su cabeza a través de la horca y se dejó caer. Belisario vio todo esto con delectación, escondido detrás de los álamos. Se sentó a la sombra, bebió un poderoso herbicida mezclado con whisky, y miró un rato el tapiz puntilloso de la soja que se extendía a lo lejos, por las tenues lomadas, y estaba dando sus primeros brotes.
Non fiction. Un tal Mae
Me llega un mensaje de texto del Mae. "No pisé un sorete, era una Stacker". Consigno aquí esta imagen, en apariencia irrelevante, por si acaso quienes pasaron a mejor vida andan penando por la blogósfera, para que Julio Cortázar la apunte en su libreta.
27/7/11
Traducción de un poema de Emily Dickinson
I hide myself within my flower, That wearing on your breast -
You, unsuspecting, wear me too
And angels know the rest.
I hide myself within my flower,
That, fading from your vase,
You, unsuspecting, feel for me -
Almost a loneliness.
25/7/11
Año Nuevo
La segunda noche de año nuevo que no cayó en el estómago tenaz del olvido transcurrió mucho después, en la casa de veraneo de T.H., en Punta del Este. Éramos dos matrimonios invitados a la mansión –los amigos pobretones S.B. y mujer y nosotros–, a los que se sumaron tres más para el evento. Algo especial se dio entre los convidados porque, al rato de pasadas las doce, ya exquisitamente comidos y bebidos, alguien propuso que cada uno cuente alguno de sus peores delitos o pecados, y la sugerencia, como mínimo arriesgada, encontró una festiva aceptación general.