Pella oscura homogénea, el limpiaparabrisas amasaba lo que
quedaba de noche, estirándola con su mecánico ir y venir. Rosendo estacionó su nuevo
auto viejo –este también se lo había ido comprando a la agencia, de a poco– frente
a su casa, y cubrió la distancia que lo separaba de la puerta con un andar
manso, resignado: mojar iba a mojarse lo mismo. Su mujer lo esperaba con el
mate listo y facturas. Le reburujó la cabeza con un repasador y un olor compuesto,
a húmedo y pan, lo envolvió; luego tomó sus cosas, le sonrió, lo besó. El reloj
marcaba las cinco menos cinco: aunque lo hubiera intentado, no la habría
logrado retener ni un minuto: hace una semana había empezado en la panadería.
En el umbral, Lucrecia pensó en el desorden que encontraría a la vuelta. (Lo
encontraría: Rosendo era el tipo de hombre, quizá en extinción, cuya única
posibilidad de recibir al mundo en forma estructurada –sea en orden alfabético,
cronológico, temático, género-especie, o el que fuera– depende de la
intermediación de una mujer –sea madre, esposa, telefonista, o la que fuera–.) Solo
en el pequeño living-comedor, Rosendo pensó en la ducha que aún debía darse
antes de aterrizar en la cama. (Al final no se bañaría.) Miró melancólico la
última medialuna –de manteca–, en su mano blanca, pálida a la luz de la lámpara
de techo, pensó en el aumento de peso que –inevitablemente; irreversiblemente–
sufriría su mujer, y engulló la mitad de la factura de un bocado, con una media
sonrisa, y los ojos en blanco.
27/4/12
29/3/12
La aventura de la violencia
“Y
la cara le rompí”
Agrupación
Chihuahua
Eduardo
se desplazaba por el extenso plano general del camino de vuelta. El ritmo del
motor era un ronquido regular entre las piernas. El recorrido era previsible,
para la conciencia cenital de Eduardo (empañada por el sueño y la niebla), su
moto una pequeñez lenta que repetía el trazo conocido en la toma fija.
Todo
el asunto era resumido por una visión de gran angular, a la espera de su
cumplimiento: llegar a casa a dormir. Cuando aparecía la salida de la
autopista, la moto bajaba la velocidad y doblaba por la bajada. Un bache en la
calle lateral interrumpió el plano largo, acercó la perspectiva, delineó los
detalles concretos del asfalto. Eduardo se recuperó del sopor y bordeó la llaga
que laceraba la cinta desenrollada del camino. El aire se filtró por el cuello
de la campera, le quemó los pelos de la nariz y se le humedecieron los ojos.
Volvieron las
imágenes del bar, y con ellas la noche abandonada hacía cuarenta kilómetros se
le hizo más reciente: las sonrisas insolentes de las chicas, carcajadas mudas
en la música fuerte, bailes amputados por la luz intermitente, retratos
siniestros hasta los escotes, rincones oscuros de abrazos ceniceros. El
recuerdo de la secuencia del baño: la luz de morgue, las oleadas de silencio
cada vez que la puerta rompía contra el marco, la cara en el espejo pidiendo
velorio a cajón cerrado, los efluvios del vómito en la bacha que ahora renacían
en un eructo dentro del casco.
Llegó a la
avenida. La velocidad le respiraba más cerca. Ahora circulaba en videoclip, las
luces fijas de los postes pasaban como ráfagas animadas, los semáforos apagados
centelleaban filtros amarillos. Una intromisión en el montaje: Leticia, su cara
en contrapicado, iluminada desde abajo, la risa lasciva. Luego siguió el
encuadre de los celos, primerísimos primeros planos con teleobjetivo de los
dientes, el brillo de la saliva, la sombra del sexo, la textura lúbrica de los
hombros. Rápidamente la edición mental de Eduardo agregaba risas que envolvían
la sucesión, le daban continuidad.
La casa cada
vez más cerca. Todo cada vez más cerca, más entrecortado y diagonal. La
sensación de la rueda calentándose con la fricción de la calle. Leticia cada
vez más cerca. Fotos de juventud granuladas, instantáneas de la felicidad
simple en la cocina. Todo el pasado de pronto feliz y tamizado por una pantalla
amarilla y vieja. El recurso obligado para guionar lo irreversible, el daño
irreparable. La moto exhalando vapor en la madrugada fría. Y la casa cada vez más
cerca.
28/3/12
Pared blanca
Estoy
sentado mirando la pared. La pared es blanca, casi tan blanca como una pared
blanca, aunque interrumpida por líneas. Las líneas no tienen un color definido,
o acaso no recuerdo ese color. Son líneas oscuras. Cuando las vi por primera vez,
¿cuándo las vi?, esto fue hace mucho, horas, días quizás, no estoy en
condiciones de determinarlo. También me distraigo y me cuesta retomar los hilos
de lo que pienso, así como me resulta difícil ahora concentrarme en las líneas
de la pared. Eso, las líneas. Al principio las veía bien, seguía el curso de la
línea fuerte sobre la pared blanca. Ahora me es imposible decidirme en los
cruces, no bien intento seguir una sola línea, ya estoy atento a las líneas que
cruzan, y a las que se van cruzando más lejos, entonces ya no sé cuál de todas
es mi línea en la pared y no puedo fijar la mirada. Sólo puedo ver una grilla
más o menos estable en el blanco de la pared. Entonces miro en el medio de los
cuadrados blancos, pero para acertar el centro exacto debo tener en cuenta sus
lados, y otra vez se resbala mi atención, por más esfuerzo que haga, hasta los
bordes blancos, al lado de las líneas oscuras, y otra vez ya no sé cuál es mi
borde. Estoy mirando una pared cuadriculada, y me aburro.
Entra
una mujer blanca. Perdón, una mujer con guardapolvo blanco, más blanco que la
pared. Tiene las manos del color de la piel. ¿Tenía un nombre ese color? Verde,
marrón, es inútil, me marea. Tengo el impulso de nombrar, de asociar, de
comparar, pero no recuerdo nada. Aunque si me esfuerzo... pero todo lo que sé
está desnudo, se le cayeron las palabras, entonces más que desnudo está suelto,
no tengo de dónde agarrarlo. Y cuando se me escapan las cosas. Me duele la
cabeza.
-¿Te sentís bien?
-Sí, un poco mareado.
-Seguro que estabas mirando los azulejos
otra vez. Te dije que descanses. Mañana ya te vas para tu casa.
Sonría
En la noche inerte de uno de los bordes chatos de una ciudad de provincia, la estación de servicio fulmina la oscuridad con luces histriónicas, para ser a la gente lo que la miel a las moscas. La tradición del lugar se impone, con todo, aún, a las maquinaciones del comercio.
Junto a la puerta, un aparato eléctrico suma al bochinche lumínico el ruido estrambótico del rock, cuando el oficial Vranjes estaciona su patrullero a la derecha de los surtidores. Baja del auto, mira su reloj y atisba con ojos vacunos la nada noctámbula a ambos lados de la ruta. Entonces deja caer el equipo de radio al asiento delantero, y camina hacia el local.
Empuja la puerta y saluda a Geraldine –por una milésima de segundo, ella deja de mirar la tele que cuelga del techo–, llevando una mano a la gorra y ejecutando el típico cabeceo de la zona. Busca una botella de cerveza, la abre y la levanta hacia la cámara de seguridad. Mientras pasa al otro lado del mostrador, le pide permiso a la empleada, de unos dieciocho años, para verificar algo: rutina. Se acerca a la muchacha, le da un trago a la botella, y le pregunta por su padre, que está preso hace un par de años, a más de cien kilómetros, por hechos que en su momento provocaron escándalo –y a quien ella en verdad casi no conoció–.
– Bien –contesta la chica, abstraída en su chicle y la tele.
– No debería dejarte sola a estas horas –opina el oficial, acercándose más.
Geraldine lo mira asustada. Vranjes la tira al piso y se le pone encima. Saca su revólver, le levanta la pollera, le corre la bombacha y, apoyándole el cañón del arma en el costado de la cabeza, la boca abierta en la nariz y el bigote blanco en el párpado izquierdo, la viola, hasta que unos minutos después le eyacula en la panza, que la remera del negocio deja siempre al descubierto.
Luego le da un beso en la frente, se acomoda los pantalones, guarda el revólver, suspira agitado, se pone de pie, levanta a Geraldine, que solloza, de los brazos, le esposa las muñecas a la espalda, la lleva consigo hasta la heladera, saca otra cerveza, la abre, la levanta hacia la cámara, de nuevo, y le dice a la muchacha que sonría: la están filmando. Ella se quiebra en un llanto profuso y el oficial, resignado, no insiste, y al ritmo de un rock se la lleva hacia el auto.
"Los espejos y la cópula son abominables".
La historia está plagada de guerras y matanzas, de accidentes y catástrofes, de envidias, deseos y venganzas. La muerte siempre fue algo muy sencillo, a la mano, fácil de vestir. Especialmente en Italia en el siglo XIII. Todo era la muerte. Hasta los médicos que se encargaban de curar a los enfermos de la peste –o a acompañarlos en su último suspiro, en su exhalación final–, parecían estar disfrazados de parcas o de pájaros de la oscuridad.
En el Medioevo las generaciones era cortas y todos conocían alguien que había muerto. Era común ver el cuerpo del muerto, sentir su olor, escuchar sus últimas palabras. Era más común estar en contacto con los cuerpos vivos, con cualquier organismo vivo, con sus flatulencias y su olor a ajo después de una sabia panzada. Pero los tiempos cambiaron y el hombre por medio de la medicina comenzó a vivir, de a poco, más. Año tras año lograba vivir un día más o dos, tres semanas, un mes.
Hoy el hombre logró estirar la vida lo suficiente como para que su cuerpo apenas los resista. La moda es la extensión, los más años, mientras más joven-viejo se es mejor: setenta, ochenta, noventa… y vacunas, estirarse la piel, extraer cualquier cosa que atente contra la vejez que luego se pretende ocultar con una base y un color de juventud. El cuerpo contraataca y responde con nuevas enfermedades fuera de las ya neutralizadas: tumores de todo tipo, color y forma –por doquier–. El hombre eligió vivir más de lo que el hombre puede y se traiciona como tal. Quiere extender sus días con su cuerpo, con su obra, con su descendencia. En toda creación hay un poco de melancolía, en toda reproducción, el espíritu de lo siniestro. El hombre entraña la vida y la muerte en un combate en el que la muerte sólo tiene que esperar. Mientras los cuerpos que tendrían que estar muertos se mueven y pasean por las calles.
28/2/12
Caleidoscopio de plaza
En un banco de la plaza cercana a la facultad, una mujer joven, de unos veinte años, sin duda estudiante, contempla el tiempo. Es del interior y sus padres financian los estudios, así que no trabaja. Como además faltan un par de meses para las fechas de examen, tiene la tarde libre. Eso imagino yo, con la tarde libre, mirándola de espaldas, desde otro banco.
Más allá, sentado en el pasto, también de espaldas, un vendedor de probable origen africano –a juzgar por el color de la piel y la forma de hablar– repite sin parar: “pulsejá, pulsejá”. Parece tonto o loco: nadie le pasa cerca, pero él pregona su fútil producto lo mismo. Uno piensa: qué insoportable, una tarde de primavera tan linda, y el loro este que la arruina para nada. Y piensa después: pobre tipo, inmigrante, vaya a saber con qué chamuyo lo trajeron, o de qué guerra tribal se escapó, para terminar viviendo en un sucucho triste, crucificado en el hambre, la soledad y la nostalgia.
La chica debe haber pensado algo parecido, deduzco, porque ahora camina hasta el loro –que al fin se calla un poco–, mira las pulseras, pregunta precios, se prueba algunas. Son para sus hermanitas, sospecho, porque son un cachivache y porque compra muchas. Cuando está pasando a mi lado, me arriesgo:
– Perdone usted –índice en alto.
– Sí…
– ¿Qué tal?, mi nombre es Eduardo.
– Lucrecia –contesta, con una sonrisa.
– ¿Usted estudia derecho?
– Sí –responde ella, ingenua.
– Disculpe a un viejo chusma, pero… ¿es usted del interior?
– No.
– Ah... ¿Y no acaba de comprar esas pulseras para sus hermanitas, no?
– No.
– Ah… Disculpe, me equivoqué.
– Está bien, no pasa nada –suaviza Lucrecia, pura educación–. Hasta luego señor, que tenga un buen día.
– Gracias joven, igual para usted.
Mientras sus bellas piernas porteñas se pierden entre los árboles, observo al vendedor ubicarse a distancia media de otra mujer, de espaldas, y repetir sin parar su canto de taladro para nadie. Entonces afino la vista y me aplico a calcular si aquella turista –probable brasilera, ejecutiva de acá a la China, quizás divorciada, seguro sin hijos– va a morder también, o no, el oblicuo anzuelo senegalés de Demba, el cazador furtivo de Plaza Francia.
27/2/12
Costa Rica (a la Jacques Prévert)
Dos oropéndolas motezuma de cola amarilla
Tres garzas atigradas,
Un jaguar cruzando un canal del tamaño del río Uruguay,
Un perezoso
Una perezosa (con anteojos).
Un perezoso (sin anteojos).
Un mono tití, uno aullador, trece capuchinos robando comida, un mono araña escondido.
Una ciudad llamada Limón, una ciudad llamada Tamarindo, una ciudad llamada Langosta
Y dos, tres o cuatro mapaches
Un holandés, dos suizos, cuatro americanos, cinco buitres
seis ancianas inglesas
(tres hombres y tres mujeres).
Una sombrilla a rayas,
Cuatro taxistas, una prostituta y doce mil colones.
5 dólares, 9 dólares, 14 dólares y un all inclusive.
Un volcán, un agente de turismo y una mentira.
Un yacaré olvidado, una iguana en una rama, siete baños tapados
y seis o siete mapaches
Suscribirse a:
Entradas (Atom)