28/11/14

Asado de mediodía

Las brasas ardían, grises, no rojas, era mediodía. La parrilla estaba protegida por una pared de calor. De la carne iba goteando grasa que se acumulaba y caía densa por las canaletas hasta ser contenida por una canaleta mayor, transversal. Esta a su vez estaba pinchada en uno de sus extremos, entonces nuevas gotas de grasa, más oscura, algo más frías, caían sobre el piso de la parrilla y de ahí al suelo. Los chorizos marcados descansaban apartados a un lado, mientras que la morcilla reventada en una de sus puntas dejaba salir el relleno; a medida que la tripa se achicaba, más y más se asomaba hacia afuera. Pero el parto no acababa ahí. Después de lo que parecía una cabeza, aparecieron pedazos duros, cartílagos, la sangre granulada, oscura y coagulada. Los chinchulines chirriaban en espiral, el cuero del vacío había formado un cuero que crujía, duro como un caparazón. Alejandro se puso un cigarrillo en la boca, palmeó los bolsillos del pantalón buscando el encendedor. Al no encontrarlo tomó con la pala una brasa, la acercó y comenzó a aspirar hasta prenderlo. En la parrilla el calor era insoportable. Isabel y Susana estiraban un mantel a cuadros cubriendo la mesa de madera. Entraban y salían con bandejas: vasos, platos, servilletas, cubiertos. Susana abrazaba un balde con hielo y una botella de vino blanco. Isabel traía vino tinto y soda. Después volvió a la cocina por una cerveza que le había pedido Alejandro. Traete el destapador, gritó enseguida él para evitar otro viaje más, para no esperar más tiempo con la garganta seca. Susana lo miraba en cuero, a él, su Alejandro, tostado por el sol, con pelos enrulados en el pecho, algo canosos, que bordeaban sus pezones negros. Miraba ese cuerpo que tantas veces había estado encima de ella, penetrándola, lamiéndola, y le provocaba rechazo. No por ese cuerpo mismo. Tenía la molesta sensación de que el maquinista que lo manejaba desde el interior de su cabeza era otro y no el de siempre. Los brazos, el pecho, el ombligo eran los mismos, sin embargo su mirada era otra, se enredaba con furia en Isabel, y claro, ella, porque es una pendeja y tiene todo duro, nada se le cae. Y lo peor que le gusta, a ella le gusta que la miren, que la toquen con los ojos, que respiren fuerte con desesperación, que la agarren con manos venosas del brazo, queriendo retenerla. La mirada de ellos la hacía fuerte y poderosa, la hacía levitar, mientras los otros dos babosos ahí con cara de nada. Dejen de mirarla, dejen-de-mirarla.
−Isabel, venís un segundo. Hay que condimentar las ensaladas−. “A ver si me la llevo y la cortan de una vez”, decía para sí Susana mirando las pantorrillas marcadas y el culo suave de Isabel que caminaba delante de ella. Una vez en la cocina Susana echaba aceto, oliva, sal, pimienta sobre la ensalada de lechuga y tomate
−¿Te cortás un limón?
 No, si no la ven es peor. No está y la desean más. Ellos llenaban sus cráneos de la sombra que dejó, del halo de su presencia, de su estar ahí, de su ser-deseada-por-ellos-dos. Una sombra que les entorpece el pensamiento y el mirar. Una estela que divide cualquier intento de las neuronas de hacer sinapsis. Isabel hacía fuerza para cortar el limón con un chuchillo algo desafilado. Levantaba el hombro un poco de más, y agachaba la cabeza, mientras serruchaba. Una gota de transpiración recorrió su perfil hasta detenerse en la punta de la nariz. Después cayó, salada, sobre el mármol frío.
            Eduardo encendió un fósforo y salió del baño. Apoyó la caja sobre una mesita lateral y caminó por el pasillo, hasta la cocina. A través del mosquitero se podía ver a los lejos a Isabel andando con una ensaladera en cada mano. Susana tenía la mirada perdida. ¿Estás bien? Ella cambió la cara y sonrió exageradamente. Sí, Edu, ¿Por? No, nada, me pareció que estabas rara. No, nada que ver. ¿Acaso me veo mal?, y sonrió. No, nada mal, nada mal…
            ¡Ya sale!, gritó Alejandro con los brazos en jarra y otro pucho entre el índice y el mayor. ¡Traigan el pan! Eduardo, Isabel y Susana se sentaron en la mesa. De un lado, Eduardo, del otro las chicas. Alejandro apoyó la tabla con chorizos mariposa y morcilla. El chorizo lo atenazaban con pan; a la morcilla la acompañaban con ensalada de papa, huevo y mayonesa. ¿Está rico? Pero ni nos dejaste probar bocado. Está bien, rico, dijo Isabel. Yo me quemé el paladar. Esperá un poco, nena. Nada peor que asado y paladar quemado. Alejandro e Isabel le dieron un sorbo al tinto con soda casi al mismo tiempo. ¿Y qué se cuenta? ¿Cómo la están pasando? Lindos días vienen tocando ¿no? Un calorcito. Te diría que demasiado calorcito. Esta -mientras revoleaba un pulgar hacia Isabel sin dejar de mirar el plato- en seguida está en bolas tirándose agua con la manguera. ¡Eduardo! Si es verdad. Dos minutos más y pelas tetas. Ya te desubicas otra vez. Bueno, mal no la están pasando. ¡Una envidia! yo en el estudio todo el día, cagado de calor. Bueno, pero los fines de semana estás como un lagarto al sol, agregó Susana. ¿Me servís soda?
            Una mariposa que daba vueltas se posó en el vaso de Susana. Ella la miró. Todos seguían hablando, masticando. En la parrilla, la grasa de los chinchulines chirreaba. La mariposa volvió a volar yéndose cada vez más alto, pasó la enredadera y se acercó a uno de los eucaliptus. Subía y bajaba, con un vuelo irregular, acercándose a las glicinas y a la Santa Rita. Se elevó un poco y dio una vuelta a la fuente hasta posarse en la frente de la estatua. Se quedó quieta unos segundos y después siguió su camino hacia la fila de pinos.
Charlaron largo rato hasta estar amodorrados por el vino. El sol le calentaba la mollera y sus cuerpos despedían un vaho de alcohol que los rodeaba como una nube invisible que entorpecía la comunicación y también la comprensión de los otros. Susana era la más entera, pero la que menos aguante tenía. Así que una vez que cruzó el umbral de cuarto o quinto vaso de vino blanco, se empezó a quejar que tenía dolor de cabeza y mucho sueño, que se quedaba dormida. El resto la miró reprochándola por tratar de interrumpir la sobremesa con una siesta. Así que se esforzó unos minutos más hasta que empezó a cabecear.
−Andá a tirarte ahí querés −le dijo Alejandro, fastidiado, señalando la  reposera−. Una momia. No sé ni para que la traigo. 
−Bueno, tranquilo, no pasa nada. La seguimos nosotros tres.
−Sí, charlamos nosotros. Se tira un ratito y listo, después vuelve −dijo Isabel.
Susana dejó caer su cuerpo muerto sobre la reposera. El corte carré se le había venido encima de la cara. No tenía ni la lucidez ni la fuerza suficiente para correrse el pelo, ni tampoco para levantarse y moverse de lugar, aunque el sol diera de lleno sobre la reposera. El graznido de las cotorras, es parloteo multiforme, no le permitía desconectarse del todo y transpiraba.

El silencio del calor y la digestión era salpicado por comentarios y conversaciones mínimas. Cuando ya no sabían de qué hablar Alejandro y Eduardo empezaron a hablar de trabajo: juicios, alegatos, acuerdos, resoluciones, ad hoc, ad contrario sensu, ad limine. Isabel no entendía nada de lo que decían, jugueteaba con un corcho entre los dedos, los amasaba con la palma, aburrida, hasta que se paró y empezó a levantar la mesa. Pasaba todos los restos a un solo plato y los apilaba. Todos los cubiertos también los ponía ahí. Agarró una bandeja y comenzó a caminar hacia la cocina. Susana sufría desmayada de calor. Entre los arbustos del cerco una figura miraba atentamente todo lo que pasaba.

Doble vida

     Wilson miró a ambos lados del pasillo reluciente, giró la llave y entró. El atardecer enrojecía el ventanal, esparciendo un entramado de naranjas y lilas en la cama y las paredes.
     De memoria, apoyó sobre la repisa de vidrio los anteojos negros, el teléfono bueno, el reloj plateado, las llaves del trabajo. Se descalzó: cada pie con un suspiro. Colgó prolijamente el saco de lino rosa antaño, la camisa gris perla, la corbata azul oscura y el pantalón beige.
     Tres segundos, pensó Wilson, con los ojos cerrados, mientras dejaba caer su cuerpo saturado de cansancio en el acolchado de seda. No pudo evitar una leve perturbación: todavía se percibía algo del aroma exquisito y sutil, Orquídea Negra.
     Un par de minutos más tarde fue al baño, se lavó la cara, se peinó al medio. Se abrochó la camisa a cuadros, frente al espejo, mientras el desodorante barato y penetrante, inexorablemente, lo envolvía.
     Se colocó el jean y los lentes ópticos, y antes de salir corriendo, escudriñó por un instante el profundo horizonte azul petróleo, sin luna, que se derramaba entre las sombras mudas de los edificios atiborrados de ojos rectangulares, vidriosos, oscuros, titilantes, empañados, luminosos…

     Mientras estacionaba la camioneta, vio a su esposa en la cocina. No era particularmente hermosa, pero tenía ese algo indefinido que tenía que tener.
     –Hola amor, llegué –anunció Wilson al cerrar la puerta.
     Alexia se acercó y lo besó con detenimiento, sin pasión, inhalando profusamente, casi olfateándolo.
     –¿Estás listo? –le preguntó sonriente.
     –Como siempre –contestó él, resignado.
     Alexia lo llevó de la mano hasta el sillón, con solemnidad, lo empujó para sentarlo y le colocó el detector de mentiras, subrepticiamente alterado por Wilson, en la mano derecha, la del anillo. Desfilaron las preguntas de todas las noches de la semana: dónde estuviste, qué hiciste, a qué hora, con quién…
     –Teléfono –ordenó Alexia, extendiendo la palma con gesto demandante.
     –De pie –le indicó después de revisar el aparato, impasible, e introdujo las manos en cada bolsillo del jean.
     Alexia lo empujó de nuevo al sillón, pero esta vez riendo.
     –Amor, andá a lavarte las manos que la cena te va a encantar –le rogó, rebosante de ternura–. Me salió exquisita.
     Mientras se dirigía hacia el toilette, obediente, Wilson escuchó todavía la voz aflautada de su esposa, que le aclaraba en tono de advertencia:
     –No creas que se me pasó que llegaste un par de minutos tarde.
     Frente al espejo del baño, mientras corría el agua, Wilson sonrió entusiasmado.


28/10/14

La aventura de un olvido


                Ya había sacado la basura a la calle y vuelto a entrar como siempre por la escalera de baldosas cansadas, había barrido y purgado con diversos trapos las superficies antes de sepultar los productos de limpieza en la morgue del lavadero. Había ordenado la habitación con pericia criminal, había tersado las sábanas de la cama donde en algún pliegue del pasado se había dejado abrazar, había cerrado la puerta del dormitorio para dedicarse con afán al living.
                Acomodó el mobiliario con pulcritud geométrica. Aisló en un rincón inofensivo la lámpara, separó del sillón la mesa ratona a una distancia irreparable, superior a una brazada en busca del vaso de whisky; en la mesa a la deriva apoyó el control remoto contra el borde, en escuadra, y levantó los posavasos para guardarlos en la gaveta de bebidas antes de volver a cerrarla definitivamente; después el modular: sacó del cajón los cubiertos que dejaba siempre a mano y los devolvió a la cocina, y en su lugar puso las revistas que habían quedado apiladas y sólo dejó en la superficie exhibidos el televisor y dos velas aromáticas; enderezó los libros en la biblioteca, los que dormían hacía años y los que había visitado últimamente, y dispersó estratégicamente los portarretratos y los ceniceros entre los estantes.

                Ya estaba todo listo, en su lugar propio, borrada la memoria, las cosas despojadas de relaciones clandestinas, como en un museo, o como recordaba la sala de su abuela. Unas palmadas suaves a los almohadones vencidos del sillón para devolverles la turgencia perdida. Cerró la llave de paso de agua. Cortó la luz. No se volvió para ver por última vez la disposición en penumbras. Cerró la puerta con doble llave. Se fue de vacaciones.

La disputa

Desde la ancha butaca marrón de cuero sintético, a través de sus lentes tornasolados estilo aviador, el Sr. Eaton Gilsen vio el pedazo de papel gromery de 250 gramos, color púrpura, cruzar su despacho y estirarse hacia él.
Las gruesas y bruñidas lombrices que lo cargaban, pintadas de rojo rabioso en las puntas, lo mantuvieron suspendido en el aire todavía un momento. Modales espantosos, pensó Gilsen. Cuando la tarjeta fue puesta en libertad, finalmente, flotó hasta el escritorio de melamina negro y se recostó aliviada sobre unas familiares carpetas de contenido ignoto. La Srta. Willett pronunció una frase indescifrable, practicó una mueca torpemente misteriosa, dio media vuelta y salió.
El Sr. Gilsen inspiró a pulmón lleno y ojos cerrados, recapturando la paz recuperada de su frágil soledad. Expiró abriendo los párpados y tomó el papel con su pequeña pinza de aluminio. “Por supuesto, por su puesto, usted ha repuesto lo depuesto, ¿o esto es solo un supuesto? Atte., Dr. Simman”. Eaton miró por la ventana: la ciudad deslizándose hacia el horizonte, el río serpenteando entre el asfalto, el sol salpicando los edificios y automóviles, las hormigas humanas correteando por todas partes, desesperadas y ansiosas…

Despertó con la vista fija en la estrella navideña de la Torre 25, su preferida. ¿En qué estábamos?, se preguntó. Ah, sí, el Sr. Simman. Miró la tarjeta rectangular y repasó cuidadosamente las frases idiotas y rimbombantes que había tenido que soportar durante los últimos tres meses, desde el ingreso de Simman a la firma. Antes no teníamos esta clase de problemas, concluyó, estrujando el precioso papel con suma lentitud, palmo a palmo.

Esperó a que el canario mecánico azul, lengua larga, diera las siete: cú cú, cú cú. Se abrochó el cinturón puntual, cruzó el despacho y el pasillo, abrió la puerta doble de caoba de la oficina de legales y le advirtió, mientras lo encaraba: “¿Sr. Simman?”.
El abogado se puso de pie y recibió una seguidilla de golpes de puño a gran velocidad, certeramente dirigidos a la cara y las costillas, para caer rápidamente devuelta en su asiento, descuajeringado.
Eaton se volteó con la guardia en alto y las gafas al borde de la nariz, y trazó una visión panorámica del espacio circundante: tres oficinistas boquiabiertos, cuatro escritorios sepultados bajo papeles inútiles, un cesto carmesí con forma de cabina telefónica inglesa, el ventiluz de fondo, resplandeciente de sol, atravesado por una mancha chorreante de excremento de paloma diarreica…
En ese preciso instante apareció repentinamente la figura pequeñita del Sr. Blackburn en el vértice de la puerta, y con su tono impersonal, indiferente, informó al aire: “Sr. Gilsen, está despedido, le enviaremos las cosas a casa”. Luego desapareció. ¡Mala suerte!, pensó Eaton.

En el vidrio de su vaso de spritz, Eaton Gilsen observó el reflejo del espacio en “v” que dibujaba en su pecho lampiño el cuello sin botones de la camisa floreada, su favorita, ya agostada por el tiempo. Tomó las puntas inferiores de la prenda, estirándola, y la observó con detenimiento: tan gastada, manchada de sangre...

El correo devolvió los objetos personales del Sr. Gilsen y la Srta. Willett tuvo que telefonear a su hermana, único contacto que tenían. Hacía días que no sabían nada, no estaba en su casa, al parecer ni siquiera había pasado por ella, no había pagado sus cuentas: estaban desesperados.
La Srta. Willett no mencionó el episodio, por supuesto, y antes de cortar, fraternalmente, le aconsejó: “Que vuelva lo antes posible a la oficina. Esto es extraoficial, pero su situación es casi irreversible”.

Lo único que supieron después fue que Eaton Gilsen había retirado los magros fondos que le quedaban en la cuenta bancaria, desde un cajero ubicado a pocas cuadras del domicilio del Dr. Simman, en el lejano barrio del sudeste.
“Gracias muchacho. Y ni una palabra, esto es confidencial”, le aclaró el Sr. Blackburn al contador, tomándolo del hombro, mientras lo acompañaba hasta la puerta de la oficina.
A solas, Blackburn se sirvió un whisky y apretó el intercomunicador. “Srta. Willett, llame al Dr. Simman, dígale que la gerencia le otorgó diez días más de licencia”.
Eso fue todo.


28/9/14

Naaa

Maldito partido de River, no llego, pensó el autor.

Deposición

Porque estaban borrachos, drogados, de joda, apareció el Pelado y dijo que la zona estaba dispuesta, que le habían pasado el dato, que era la oportunidad, que estaba todo bien.
Porque él mucho no quería ir, le dijeron no seas gato, no pasa nada, ¿o vas a seguir con la gilada?
Porque los fierros los vio en el auto, dieron vueltas despacio por el barrio de los ricos, como un tiburón en un acuario, un grupo de pumas hambrientos, de jaguares heridos, de humanos jóvenes saturados de adrenalina, encerrados en una jaula con ruedas esperando el momento, empañando los vidrios de la madrugada de invierno, sin hablar.
Porque el Pelado le dijo al Uri seguilo a ese, tranqui, dale, era un Bora gris polarizado que dobló a la izquierda, a la derecha y a la izquierda, buena señal, y empezó a frenar a unos metros efectivamente, se subió a la vereda y el Pelado ordenó metele.
Porque el muchacho se bajó a abrir el portón, el Uri le cruzó el auto justo al lado y le saltaron él y Cuco, lo rodearon y se metieron los tres al jardín, mientras el Pelado metía el Bora y el Uri esperaba afuera.
Porque Cuco dijo yo me encargo de este, busquen a los demás y llenen los bolsos, el Pelado dio el ok y se pusieron a hacer, hasta que sonó la detonación, un escándalo en la paz de la noche.
Porque salió de la habitación de la madre al pasillo y se topó con el Cuco nervioso, lo tuve que matar explicó, el Pelado ordenó rajemos, cargaron las cosas que habían separado, picaron con los dos autos hasta el arroyo, pasaron todo al Gol y prendieron fuego el Bora, mientras Cuco se lamentaba lo tuve que matar.
Porque el Pelado los apuntó, los amenazó, les dijo desaparezcan y en unos meses repartimos las ganancias, y se fue con el Gol y las cosas.
Porque nadie se quejó, lo vieron irse, caminaron por el barro del descampado en dirección al barrio, se les cruzó un perro que empezó a ladrar, Cucó le metió un tiro en la frente, Uri le gritó qué hacés y  Cuco lo calló, o te mato a vos.
Porque se miraron fiero pero amanecía, él les indicó que tiraran el revólver y la pistola al arroyo, lo hicieron y corrieron por los pasillos hasta guardarse en sus casas.
Porque al día siguiente estaba en la tele y en la radio, todo el mundo hablaba de eso, en el barrio todos hablaban de ellos.
Porque lo buscó a Cuco y estaba drogado, llorando lo tuve que matar.
Porque el Uri no estaba, nadie sabía a dónde había ido.
Porque su novia le dijo andá a la Fiscalía y contá todo, no fue tu culpa mi amor.
Por eso contó todo, así como te dije, dándosela de arrepentido.
Por eso está acá, para largo.
Por eso el Pelado lo anda buscando.

Críticas nuevas para películas viejas: The shinning (1980) – dir: Stannley Kubrick

Traducida al español como El resplandor, The shinning es una película que relata el drama familiar de la familia Torrance. Jack Torrance un trabajador de clase media, ex profesor, se ve en el aprieto de tener que tomar el trabajo como cuidador del hotel Overlook, ubicado en el medio de las montañas de colorado y al que no hay acceso posible durante todo el invierno por las fuertes nevadas. Jack moviliza a su familia hacia allí por necesidad laboral y por un viejo anhelo de trabajar en una novela, ignorando la advertencia acerca de lo sucedido con el anterior cuidador y su familia (asesina a su familia y se suicida).
La familia está compuesta por Jack Torrance (Jack Nicholson), un hombre pelado de mal carácter; Wendy (Shelley Duvall), una mujer bastante corta; Danny (Danny Lloyd), un chico con cara de croqueta que lo único que hace es mostrarse asustado y temblar (también tiene poderes, pero sirven de poco en la historia); y, por último, Tony, el amigo imaginario de Danny, encarnado en su dedo índice (el dedo de Danny Lloyd).
La familia llega el día del cierre al público. Una vez instalados allí arranca el invierno. El administrador les muestra ese inmenso hotel y les revela que fue construido sobre un antiguo cementerio indio. Mientras era construido los obreros se tuvieron que defender de los terribles ataques de estos.
Un personaje secundario fundamental, Dick Hallorann, el jefe de cocina (Scatman Crothers), les enseña las enormes cocinas a Wendy y a Danny. Adentro de una de las despensas, Halloran, sin dejar de hablar con la Wendy acerca de los víveres disponibles, invita telepáticamente a Danny a tomar un helado. Una vez a solas, Dick, ahora con una expresión llamativamente más seria, le explica que él y su abuela compartían esta habilidad telepática, que él llama «el resplandor». Luego Danny le pregunta si hay algo a que temer en el hotel, sobre la habitación 237. Según Hallorann, el propio hotel «resplandece»: guarda entre sus muros una gran cantidad de historias y no todas son buenas. Después le ordena que se mantenga alejado de esa habitación.
Pasa el tiempo y Jack se encuentra bloqueado para escribir. Madre e hijo disfrutan de la nieve y recorren el inmenso laberinto de arbustos. Por su parte, Danny tiene unas horribles visiones de las niñas asesinadas por el anterior cuidador, olas se sangre saliendo de un ascensor, etc. Jack, frustrado por la imposibilidad de escribir, comienza a comportarse de forma extraña y cada vez más agresiva. La curiosidad, o una cierta posesión cuyo origen aparente son las fuerzas malvadas del hotel, lleva a Danny a meterse en la habitación prohibida. Después aparece con heridas en el cuello. Wendy se altera y culpa a Jack. Este, harto de su mujer, se va a tomar un whisky con el camarero fantasma, al que llama Lloyd (como si lo conociera de antes).
Más tarde, Wendy habla con su hijo. Danny dice que la responsable es la señora de la habitación 237. Jack entra en la habitación y se encuentra con una hermosa mujer bañándose. Comienza a besarla y se convierte en una horrible vieja podrida. Después le dice a su mujer que no ha visto nada allí. Vuelven a discutir. Jack se va al bar a seguir tomando con Lloyd. Esta vez el lugar está atestado de fantasmas en una fiesta de disfraces. Ahí es cuando conoce al fantasma del antiguo cuidador, Grady,  que le dice que tiene que tiene que tener más corta a su mujer y su hijo, que tiene que ser más mano dura de lo que venía siendo. Dice específicamente que los tiene que “corregir”.
Wendy descubre que todo el trabajo de Jack en su novela es una repetición al infinito  (hojas y más hojas) de la misma frase: "All work and no play makes Jack a dull boy" ("Mucho trabajo y nada de juego hacen de Jack un tipo aburrido"). Ella se enfrenta a Jack. Él la amenaza ella se defiende y lo golpea con un bate. Él cae por una escalera y queda inconsciente. Wendy lleva el cuerpo hasta la cocina para encerrarlo en la despensa. Esta es una solución momentánea, pero con esto no resuelve el problema: ella y Dannny están atrapados, Jack saboteó la radio del hotel y el trineo a motor. Después, Jack habla a través de la puerta de la despensa con Grady, que desbloquea la puerta, liberándolo.
Danny escribe "яedяum" con labial en la puerta del baño, mientras repite la palabra hasta el hartazgo con la voz de Tony (el amigo imaginario). Cuando Wendy se despierta ve a través del espejo, la palabra “murder” (asesinato). Jack comienza a golpear la puerta del cuarto con un hacha, y Wendy, cada vez más asustada, coge el cuchillo de cocina y se encierra con Danny en el baño. Esa es la famosa escena de la película en la que Jack dice “¡Here is Johnny!”, después su mujer le clava un cuchillo. Danny escapa por la ventana. El ruido del motor del trineo de Halloran  hace que Jack vaya a buscarlo. Le termina clavando el hacha en el pecho al pobre negro. Después va a buscar a su hijo al laberinto. El astuto del cara de croqueta engaña a su padre, se escapa, y Jack queda encerrado en el laberinto y muere congelado por la nieve y el frío. Madre e hijo huyen del hotel en el vehículo de Halloran.
En la escena del final, la cámara se acerca lentamente a una foto en blanco y negro mientras suena jazz de los años veinte. En el centro de la misma se puede ver a un sonriente y jóven Jack Torrance. Al pie de la foto dice que se trata de la fiesta del 4 de julio celebrada en el Hotel Overlook en el año1921.
Con respecto al argumento, la película da la impresión de no cerrar por ningún lado. Es maravillosa. Por momentos, es difícil de clasificarla en un género determinado: no sabemos si se trata de un drama familiar, un drama psicológico, una película de terror, una drama de terror familiar o todo junto a la vez.