11/1/16

David Bowie y yo. Necrológica al paso.

                Hoy me enteré de la muerte de Bowie. No me lo esperaba, y más que desconcierto, no tuve ninguna reacción en un principio. Cometí la torpeza habitual de entrar a los diarios del mundo para cerciorarme de la magnitud de la pérdida. Vi necrológicas apuradas y obligadas, celebratorias de su figura, reiterando argumentos que ya se ensayaban en vida, es difícil hacer un balance al ritmo de la perplejidad y la sorpresa. Vi la recapitulación de grandes momentos. Escuché de nuevo lo que ya sé de memoria, vi fotos con otros próceres de juventud que no había visto nunca. Todo me ayudó a reafirmar mi fascinación por el personaje. Me fui sugestionando una emoción triste. Antes era un ídolo inmaculado y legendario, en los últimos tiempos ya era un señor grande que vivía lejos y apenas por poco me duplicaba en edad. Toda esta persuasión de las horas no termina de explicarme por qué un tipo cínico y escéptico como yo tiene ganas de llorar como en una telenovela.
                Bowie no fue uno de mis primeros héroes de juventud, si bien llegó temprano, se sumó a una lista que ya existía. En esa época, muchas glorias ya estaban muertas, otras fueron desapareciendo, otras quedan. Pero yo los fui enterrando en mi vida, si bien su recuerdo me resulta simpático, no significan en la actualidad más que una identificación pasada. El rock, en su sentido amplio –Bowie para mí era un rockero, una distinción con el pop que ya no me interesa- ya no tiene mucho para darme. Fue un proceso de desencantamiento, supongo que largo, pero puedo encontrar un hito que -aunque sea una reconstrucción en retrospectiva- me sirve para entenderlo en una escena: fui a ver The Wall a River hace unos años, pero no encontré una belleza maldita, sino un musical de Broadway, o lo que supongo que es un musical de Broadway. No dejo de valorar a Roger Waters, pero el ritual melancólico no me conmueve. Con Bowie siempre fue ligeramente distinto.
                Durante mucho tiempo, muchos años como hábito y muchas horas cada vez, escuché rock. Solo, en reuniones sociales, viajando, en diversas situaciones. Antes también tenía el absurdo hábito, cuando estaba solo, de tomar whisky durante largas horas nocturnas, fumando cigarrillos y poniendo discos de los Beatles, Zeppelin, Bowie, la Velvet Underground y varios más pero no tan constantes. Tenía el absurdo hábito de ir controlando la borrachera, esparciendo los discos de modo tal de dejar los más intensos para cuando tuviera ya una sensación de embriaguez. Tenía el absurdo hábito de demorar el encendido del cigarrillo hasta que viniera alguna canción especial para mí. Solía dejar los discos de Bowie para el final, sobre todo mis favoritos: El hombre que Vendió el Mundo, Sobre Ruedas (o, como me gusta más, De Puta Madre), Ascenso y Caída de Ziggy Caspa de Estrellas y las Arañas de Marte -en una jerarquía siempre cambiante y que a veces incluía otros discos, como los que hizo con Brian Eno, Bajo y Héroes, y los que produjo para Iggy Pop y Lou Reed. Como a esa altura podía estar ya algo borracho y cansado, solía ponerme brevemente eufórico. Elegía las canciones para fumar los puchos, pero no las ponía a sonar, esperaba a que llegaran con el correr de los discos: La Anchura del Círculo, Rock del Campo Negro, Cambios, Vida en Marte, Andy Warhol, Perra Reina, y de Ziggy no podía elegir entonces me fumaba un pucho atrás de otro con un vaso atrás de otro para reventar ese placer dilatado las horas previas. También me encantaba un disco doble en vivo en la radio que editó la BBC y que tenía, entre otras joyas, una versión de la canción de Reed, Estoy Esperando Un Tipo, quizás la que más me gusta de Bowie, la que no puedo escuchar sin sentir deseos de beber y fumar, o de ser feliz. Al otro día, por supuesto, no me acordaba nada de la revelación del mundo y me sentía como si me hubiera inyectado burbujas de hidrógeno en la cabeza.
                Pasó el tiempo y ahora que soy una señora gorda que come medialunas en la oficina, que ya no toma ni Jameson ni Famous Grouse ni, como alguna vez, Glenlivet –el lujo irresponsable preferido de ese joven que fui-; ahora que el rock me parece una golosina para adolescentes; ahora que la música no suele frotarme ninguna fibra –aunque hay excepciones-, ¿por qué no dejé atrás a Bowie con los demás? Por eso me afecta la noticia de la muerte, porque yo no lo había velado todavía. Hoy me enteré, en mi fiebre necrológica, que mi canción predilecta –que, como dije, es de Reed-, Estoy Esperando Un Tipo, la tocó Bowie en vivo antes que saliera el disco de la Velvet, porque su productor le había mostrado ese disco inédito todavía. Me acordé que alguna vez, como el personaje de la canción, subí unos pisos en la Avenida Lexington, pero ahí termina la coincidencia, en mi caso era un turista que subía una escalera alfombrada sucia y vieja. Eso me llevó a pensar que una vez caminé mucho por Berlín, como el hombre perdido en el tiempo al lado de Kadewe, que aparece en una de las últimas canciones, ¿Dónde Estamos Ahora?, y que para el turista suspendido ese edificio, afuera de la canción, no significa nada. Me ahorré la visita al 23 de la calle Heddon, donde se sacó la foto de la tapa de Ziggy –en la versión que yo tengo-, y que ahora me entero por internet que el lugar ya no se parece –quizás porque pasaron más de cuarenta años y esa zona de Londres tuvo una evolución de precios que excede la melancolía-, pero que si se hubiera conservado descontextualizado como museo me hubiera resultado incluso más distante.

                Y la muerte de Bowie me recuerda también a mis muertos más cercanos y a mi extrañeza frente a eso que nunca entendí pero que parece escaparse de la cultura y del discurso como si fuera un hecho incontestable, y por eso interrumpe el discurso y me deja siempre sin palabras. Por eso sólo puedo hablar de nuestra vida, David. Ahora que me embarqué en esta trampa, que me infundí este estado sensiblero.  Ahora que los jóvenes son cada vez más jóvenes y se muere gente que antes no se moría, ahora que recuerdo que un amigo olvidó acá hace unos meses una botella abierta de Bushmills Single Malt –un culito nomás, pero vale, hace mucho que no me importa o no accedo al whisky porque se puso más caro o yo más pobre o gasté mucho en turismo y discos- esta señora gorda que soy ahora se va a tomar un poco, David, a tu memoria, para despedirte y para terminar de despedir a ese que fui y que ya no me convoca y que hoy va a entrar por la puerta al pasado. Take it, David.

28/12/15

La manipulación de Clara


¿Por qué Clara cuidaba a mamá Doris? En un principio a mamá Doris le alquilaban un monoambiente en Colegiales entre los tres hermanos, pero una vez que Clara se divorció, de un momento a otro tuvo que arreglárselas para mantenerse. Si bien se quedó con el departamento sobre Avenida Lacroze, si bien Lucio aportaba exactamente lo que le correspondía para mantener a Lula, es decir, un porcentaje de lo que declaraba que ganaba en la mueblería, si bien la vida de Clara era austera, en fin, que algunos gastos tenía que solventar, jamás se le ocurrió dejar de ver TV por cable, y la TV le insinuaba que ella necesitaba comer, vestirse, limpiar, y todo preferentemente con algún producto en especial, amén de ir al cine, o tomar el té con masitas con amigas, y ni hablar de obsequiarle algún detalle a Lula, aunque sobre este punto sólo para hacerse querer un poco, toda la ropa y las golosinas y las chucherías electrónicas se las regalaba Lucio los fines de semana. Todo esto para decir que el alquiler del monoambiente de mamá Doris pasó a ser un diezmo imposible, sobre todo porque Clara había dejado la docencia para cuidar los primeros años de Lula, y mientras se acomodaba a la nueva situación el monedero la esperaba paciente pero vacío. Claro que el primer mes que no pudo aportar, los hermanos la cubrieron, pero en esos momentos mamá Doris empezaba a manifestar esas picardías típicas de la vejez como olvidar o confundir cosas, o sentirse descompuesta con inoportuna puntualidad, entonces los hermanos empezaron a conversar más seguido y a evaluar la situación. Mamá Doris necesitaba una enfermera o un geriátrico, pero claro que mamá Doris era fóbica y no quería oír ni hablar de casas de ancianos, entonces había que acrecentar unos gastos que ya de por sí eran imposibles por el momento para Clara. Entonces convinieron en que Clara se ocuparía provisoriamente de mamá Doris en el departamento de Avenida Lacroze, ya no tendría que pagar más alquiler y, como dadas las cosas no podría trabajar, los hermanos le pagarían una mensualidad en concepto de alojamiento y cuidado, incluyendo remedios. Así es como mamá Doris ocupó el lugar de Lucio en el departamento, y fue para Clara como volver a estar casada, ya que otra vez tenía en su hogar alguien que la acompañaba y la exigía y le significaba un ingreso estable. De hecho, Doris se pasaba las horas sentada en el sillón de Lucio.

El carácter provisional de la convivencia de las tres generaciones -Doris, Clara, Lula- duró cuatro años, y se interrumpió con la muerte de mamá Doris. Muerta mamá Doris, Clara otra vez en la misma, pero un poco más grande, con menos ganas de empezar otra vez. Ya no tenía la madre, ni su compañía, ni sus demandas, ni el aporte de sus hermanos. Uno de ellos, el varón, Juan Carlos, se compadeció de Clara y le buscó una salida. Lo primero que se le ocurrió, ya que sabía que en esto ella tenía experiencia, fue recomendarla a un hogar de ancianos en Villa Urquiza, donde habían instalado a la madre de un amigo y en ese momento necesitaban una persona confiable para cubrir una vacante en el cuidado de los viejos. No tardó en adaptarse a lo que le tocaba, incluso a encontrarle el gusto, siempre le había gustado sentirse útil y pronto entendió que para los ancianos ella era importante. Por otro lado, la exigencia de los viejos era, para ella, imprescindible. Su ocupación en el geriátrico duró varios años y a Clara no le costaba pensarlo como definitivo. Por eso, cuando empezó ella misma con los olvidos, y luego los dolores, no fue difícil para Juan Carlos, a quien a esta altura le tocaba resolver la organización de la familia, encontrarle una solución. Habló con los administradores del hogar para que le ofrecieran un retiro voluntario a Clara, y acordaron darle un cargo vitalicio, es decir, un retiro que le permitía continuar con sus tareas pero la libraba de las responsabilidades más pesadas. Era una solución ejemplar, Clara seguía con una ocupación que la contenía y la protegía de envejecer de golpe, y el hogar podía reclutar a alguien que considerara más idóneo. Cuando Clara se mostró más cansada, le ofrecieron alojamiento a cambio de las tareas que todavía realizaba. Se negó, prefería su sueldo reducido de vitalicia para ver a Lula las pocas veces que ella aparecía en el departamento de Lacroze, o para pasear por Avenida de los Incas hasta los adoquines de Belgrano R.

Clara se había adaptado ya a su vida austera cuando su hermana, Alejandra, le comentó que Juan Carlos había tenido un accidente cardio o cerebro vascular, o algo parecido, ella no sabía, pero ahora requería atención porque había perdido algo de su motricidad y por el momento estaba en silla de ruedas. Alejandra pensó en el hogar, donde Claro podía cuidarlo junto a los demás. Lo alojaron en una habitación privada, y Clara se ocupó de él en el primer período de rehabilitación en la silla de ruedas. Claro que el alojamiento no era gratuito, y los hijos de Juan Carlos no parecían interesados en resolver el asunto, eran jóvenes y querían ocuparse de sus cosas. Hablaron las hermanas y acordaron que Clara se ocuparía provisoriamente del hermano Juan Carlos en el hogar "Atardecer" y como dadas las cosas no podría trabajar, la hermana Alejandra le pagaría una mensualidad en concepto de alojamiento y cuidado, incluyendo medicamentos. El resto de los costos corría por cuenta de reintegros para jubilados y pensionados.

Entonces Clara le dejó el departamento de Lacroze a Lula. A Clara le dieron una habitación para ella y su hermano y ella nuevamente tenía a alguien en su dormitorio que la necesitaba y le exigía y le significaba un ingreso y se pasaba horas sentado, esta vez en una silla de ruedas en Urquiza. No se levantaba ni progresaba en la recuperación motriz ni neurológica. Claro que la hermana Clara no mandaba a hacerle los ejercicios que recomendaba el kinesiólogo, ni le acercaba la sopa de letras y crucigramas que prescribía el clínico. Ella sabía cómo cuidar y proteger, por eso Clara cuidaba a su hermano Juan Carlos.

El sonido del mar

      Robot se quedó parado frente a la ventana del dormitorio del amo Nelson. Los rayos inundaban el habitáculo cuadrangular y estallaban en mil fragmentos dorados al cruzarse con la coraza metálica del sirviente. En un instante, Robot abrió los brazos, el sol chocó contra el marco plástico de la ventana, fluyendo oblicua y subrepticiamente adentro, como una ola, y sin pedir permiso, un acorde grave se coló desde el living hasta lo profundo del circuito electrónico del mayordomo. Robot suspiró largamente, intuyendo las manos amarillas de Kaiutsi sobre las teclas blancas y negras del gran piano de cola.
      Una melancólica incomodidad lo sobrecogió. Se figuraba de manera borrosa la imposibilidad de intentar algún gesto de amor hacia ella, como una barrera inquietante, una carga lúgubre que contenía un movimiento indefinido de desenlace atroz.
      Kaiutsi lo llamó. Se dio vuelta y se sorprendió en el espejo: un objeto entre otros objetos. Acudió corriendo.

      Robot preparó las valijas y cargó el vehículo. Desde la ventana del living, vio su cabellera negra perdiéndose entre los edificios, batida por el viento. Se iban una semana a la playa. Para Robot era lo mismo que un instante, o una eternidad. Volverían mugrientos. Se sentó en el piano. Aprendería a tocarlo, a tocar su canción favorita, la que murmuraba al despertar, la de notas graves y profundas. Un día, así, le enseñaría todo.

      Se hallaba sumido en la limpieza de las hendijas del mueble de madera y vidrio, una de sus tareas programadas, cuando llegaron. Le ordenaron que bajara las cosas. Los oyó conversar con sus familiares y amigos, contando pormenores y generalidades de su estadía fuera de casa. Kaiutsi repitió algunas veces que el mar sonaba como su canción del piano. Se sintió ajeno. En un descuido, Nelson lo encontró mirando el espejo. Algo en la mirada del amo le dio miedo. De una manera instintiva, extraña a su naturaleza, rompió el vidrio y saltó por la ventana.

      Huyó escondiéndose de la gente. Mucha gente. Algo le indicaba la dirección hacia donde debía avanzar, más allá de los edificios. Era un sonido, casi imperceptible al principio, que fue haciéndose más fuerte con el transcurso de las horas.
      Corrió por las rocas y la tierra, hasta que el sonido se convirtió en una melodía nítida, muy grave, y entonces lo vio: un campamento de robots, junto a un gran pozo. Lo recibió un viejo modelo, V725, que le explicó la filosofía y el funcionamiento del lugar. Ellos vivían en libertad, emancipados y unidos, trabajando en común por y para todos. Robot le preguntó si eso era el mar, pero no supieron responderle.
      V725Le presentó a Luck, como le llamaban, el primer rebelde, el pionero, el iluminado, el inspirador. Estaba muy desmejorado, casi no podía moverse, pero su sonrisa franca y plena infundía esperanza. Luego le presentó a MacZ, el encargado de extaer el equipo de monitoreo interno y desviarlo, para que no los ubiquen. Era algo doloroso, pero necesario, le aclaró, sin margen de opción.
      Robot acompañó a MacZ a una gran sala equipada con máquinas. La luz blanca y potente borraba los perfiles de las cosas. MacZ encendió un aparato que emitía un sonido grave y le dijo que todo iba bien. Robot cayó al piso, inanimado. Un instante después, un carro llevó sus restos al pozo de chatarra, donde separaban las piezas y las enviaban a los centros de reciclado.

28/11/15

La belleza del muerto.

Género: contratapa de los viernes.

            Hay una larga tradición de mitificar al destructor de mitos pasados, es siempre tentador burlarse, arrellanado en pantuflas, de los viejos tabúes caídos en desuso sin siquiera preguntarse por las insospechadas normas por las que nuestros hijos se avergonzarán de nosotros. Quisiera darme ese gusto.
            La historia oficial de Ornette es más o menos conocida, o previsible. Un trillado cuento de perseverancia con final feliz. Vemos al venerable viejo, con su sonrisa amable, fijado en el estereotipo de quien luchó por sus sueños contra las adversidades. No importa mucho que haya nacido en 1930 en Fort Worth, estado de Texas, ni a qué edad de la adolescencia le dio por el saxo alto y muy pronto también el tenor. Es fácil imaginarse, con ayuda de imágenes sacadas de películas vintage de ciencia ficción, a un joven Ornette a principios de los años 50, recién llegado a Los Angeles, trabajando de ascensorista, estudiando libros de teoría musical en los tiempos muertos dentro de la cabina, bajo la calurosa luz en su impecable uniforme, un aprendizaje incluso menos glamoroso que el de Charlie Parker diez años antes, cuando era bachero en un club de Nueva York y sólo una pared –real y simbólica- lo separaban de Art Tatum. De un salto –con imágenes reiteradas de ensayos en sótanos, discusiones con otros músicos, lectura autodidacta en el interminable tempo del ascensor, negativas de clubes y grupos, vueltas a casa arrastrando los pies (si es con lluvia, mejor), y en cada nueva imagen Ornette un poco más adulto- resumimos los contratiempos que forman el arco narrativo de este cuento de hadas. Finalmente, subrayada la dificultad para formar grupos que soportaran su presumida originalidad, ensalzada la tenacidad, lo vemos desembarcar triunfal en la Costa Este, sacudiendo el Five Spot neoyorquino con su Free Jazz, que consistía en dar un paso más allá del bebop de Charlie Parker, prescindir de las escalas en la improvisación.
            Estamos llegando a la resolución, pero todavía puede demorar. Aunque algunos yankees celebraban la audacia, el final feliz debía esperar porque aún faltaban obstáculos. Para empezar, no todos lo consideraban un genio, sino que algunos se inclinaban a pensar lo contrario. Como mandan estas historias, Ornette no se rindió, y después de grabar los discos que con el tiempo serían clásicos de la historia del jazz, dobló la apuesta. Como intérprete, al saxo le sumó la trompeta, incluso el violín, al que más que tocarlo lo golpeaba. Cuando se sintió despreciado por las discográficas, creó su propio sello. Una historia inspiradora.
            En Un tal Lucas, Cortázar describe así la resaca de su protagonista: “No es inútil agregar que Lucas regresa a su casa con la sensación de que arriba de los hombros tiene una especie de zapallo lleno de moscardones, Boeings 707 y varios solos superpuestos de Max Roach”. Es una humorada sobre el jazz de aquella época a la vez liberador y víctima del imperativo de innovar, de morder los bordes del género.

            Ahora quiero darme el gusto de mitificarlo. Sacar a Ornette del orden alfabético de leyendas del jazz. Imaginarlo joven, frustrado, sintiéndose un genio incomprendido. Mal dormido, alterado por la extenuante lectura de teoría bajo el zumbido de la luz del ascensor. De golpe, con el ascensor lleno de ejecutivos blancos, un día de semana, el ascensorista alienado subiendo y bajando por el alto edificio, deteniendo la cabina en los entrepisos, fuera de escala, y volviendo a subir y bajar a toda velocidad, sin detenerse en los números enteros de los pisos, sólo abriendo las puertas a la percepción de la estructura del edificio, orillando la euforia, con los rehenes del ascensor realmente teniendo una experiencia del derrumbe de lo establecido. Luego, el presumible despido del ascensorista Ornette Coleman, su incertidumbre, su búsqueda de empleo en algún oficio, podría ser cualquiera, como la música.

28/10/15

El genio de la caja

No era el ahogo del calor lo que me apretaba, aunque la temperatura era elevada en el sopor misionero, era mi posición en el tren del parque nacional lo que me circunscribía a la posición del turista de la derecha de la fila cuatro, observando un recorrido inviolable de plantas selváticas. Cuando por fin el tren se detuvo, el previsible descenso todavía me tenía atrapado, pero a medida que nos arrastrábamos cada uno de nosotros, los turistas, íbamos recuperando algo de nosotros mismos, nuestro andar diverso, los rodeos infantiles, los desplazamientos económicos en línea recta de cuerpos adultos, mi particular forma de arrastrar los pies. Ya me sentía algo más aliviado, podía elegir el paseo de mi mirada, o eso creía, cuando un cartel sobre un poste se impuso: "¿Querés saber quién cuida este Parque?", decía, seguido de una flecha que terminaba en una caja de madera con la tapa superior cerrada, pero visiblemente apoyada para ser abierta por el curioso. Tuve un rapto de inspiración. Imaginé un espejo que devolviera la imagen del visitante para demostrarle que él era responsable activo del cuidado del lugar. Pensé que, como en todos los parques nacionales, se buscaba comunicar a los turistas que colaboren en la preservación, pero en esta oportunidad había un artefacto que reclamaba la participación del receptor para que el mensaje sea eficaz. Me sentía mucho mejor, librado a mis consideraciones en medio de las Cataratas del Iguazú, capaz de prever la organización racional que gobernaba sutilmente una naturaleza aparentemente librada al azar impoluto. Me felicitaba por mi capacidad analítica, que se había impuesto al calor, la humedad, los mosquitos, el ruido imponente del agua que reduce las fuerzas individuales de la razón a cierto descubrimiento romántico de la fragilidad y fugacidad de nuestras vanidades. En ese momento, otro turista reparó en el mismo cartel y se acercó a la caja, desprovisto de mi clarividencia. Tuve curiosidad por su reacción y por la comprobación de mis previsiones. Levantó la tapa, asomó su mirada hacia adentro y volvió a cerrar. Se dio vuelta y, ante la pregunta de quienes lo acompañaban, dijo: "No hay nada", arqueó los hombros y siguió camino. Este hecho me obligó a acercarme, pensando en la falta del espejo, por descuido o deterioro. La caja estaba hecha de madera clara y liviana y, aunque endeble y barata, no interrumpía la sensación agreste, había sido instalada sin negligencia por los administradores del parque. Levanté la tapa, sin esfuerzo, leve y pequeña y a una altura disponible para un promedio estadístico de mayorías. Cayó la luz en el interior, vi las paredes interiores rugosas, veteadas por ranuras debidas a la irregularidad de las tablas que la componían, vi el fondo un poco cubierto por un espejo en el que se veía mi cara, en definitiva, nada.

28/9/15

El encuentro

Todo empezó con una o dos miradas furtivas a través de un espejo. Por la forma en que bajó sus ojos, la descubrí tímida, incómoda, confundida. Era joven y cautivante. Casi en el acto me propuse comprenderla, conseguir su amistad.
Me fui acercando de a poco. Presté especial atención a lo que de manera espontánea decían sus conocidos sobre ella, de cuando en cuando, a la pasada, sin sospechar de mi interés. Con paciencia junté esos retazos oblicuos de su existencia, armando y rearmando la figura imposible de un rompecabezas formado por muchos rompecabezas distintos e incompletos.
Esos meses de acecho distante me infundían un placer terrible, difícil de dominar, porque todo era posible y porque el afán secreto que guiaba mis acciones subvertía el sentido rutinario de las situaciones cotidianas de la vida. En dos o tres oportunidades me puse a su lado, disimulando la corriente de adrenalina que fluía por mi cuerpo y logrando comportarme de un modo deliberadamente distraído. Hubiera sido un pecado generar suspicacias a esa altura.
No tardó en llegar la oportunidad de avanzar. En la sobremesa de una reunión íntima organizada por unos amigos en común, debajo de un farolito al fondo de un patio sofocado por el aroma que las flores y las frutas exudan en las noches de verano, aproveché su necesidad de arreglar un vestido viejo para un casamiento al que había sido invitada… Le alcancé, guiñándole un ojo y esbozando una sonrisa, un pedacito de papel en el que tracé un nombre, un mail y la aclaración: modista excelente y accesible.
Contesté su requerimiento desde la identidad de Renata, la falsa modista, ofreciéndole una cita en mi departamento, el viernes a última hora. Le aclaré que los otros horarios estaban tomados, al menos hasta dentro de unos quince días. No pudo más que aceptar. La esperé con música y velas, un vestido fatal, rouge furioso y el pelo suelto y perfumado. Como tardaba –me había advertido que podía retrasarse– me preparé uno de los tragos que iba a convidarle. Después me tomé otro y otro más, y me puse a bailar sola, loca de ansiedad.
Pronto se hizo tarde. No había noticias en el mail. Apagué la música y las velas, y me serví la última copa, cargada de alcohol y despecho. Apenas la terminé me puse a llorar. Arrastré mis pies hasta el baño. Me estaba sacando la pintura cuando la vislumbré, parada en la puerta, con un vestido fatal, rouge furioso y el pelo suelto y perfumado. Me sonrió a través del espejo. Tuve que bajar la mirada.


Ocaso

Tengo un vago recuerdo del día en el que llegué. Eran pasadas las seis de la tarde. Di unos aplausos y nada. Después apareció Vicente, algo amodorrado, y me mostró el lugar. Recuerdo las distintas tonalidades de verdes del parque, una atmósfera silenciosa, el velo del ocaso y una fuente en el  fondo, mientras él, de bigotes entrecanos y los dientes chuecos, me explicaba el funcionamiento de la casa. No presté especial atención, pero estaba seguro de haber visto una estatua sobre la fuente. Durante los días sucesivos miraba en esa dirección con la esperanza de que no se tratara de un error de mi memoria o un engaño de los sentidos. Paseaba y la buscaba no sólo allí, sino detrás de cada arbusto que se movía por el viento, como causa de cada graznido inesperado.