28/6/16

El trabajo de la memoria

"Me gasté la mayor parte de mi fortuna en mujeres, alcohol y coches deportivos. 
El resto lo dilapidé"

George Best



            Por la ventana entraba la luz de la tarde y gastaba el viejo cuadro del fundador del pueblo. Como con frecuencia sucedía los domingos de marzo, estaban allí reunidos los notables. Bebían aperitivos ingleses, apostaban en juegos de cartas ingleses. Charlaban. No había mucho de qué hablar en esas citas, el calor de la plaza principal se filtraba por las ventanas de las narices, la mansedumbre dominical desbocaba a sorbos el vermouth, el rocío del atardecer exudaba por los pómulos, las axilas. Las moscas aprovechaban la pesadez de cuadro y se demoraban en un largo beso al dulce canto de las bocas de las copas.
            El intendente se puso de pie, llamó discretamente la atención de los presentes y señaló el retrato de su abuelo.
            -Hace noventa y nueve años, este ilustre señor fundaba nuestro pueblo. Es un doble orgullo para mí ser un descendiente directo y continuar su legado. Sepan que la administración pública de nuestro pueblo es un servicio que ejercito con mucho gusto.
            Los notables celebraron el contenido y la brevedad de estas palabras. Uno de los señores sugirió pensar en los festejos del centenario que acontecería al año siguiente. Todos convinieron en recaudar fondos para embellecer la ciudad. Para no generar malestar entre los pobladores vecinos y campesinos aledaños, acordaron que financiarían el gasto extraordinario con una moderada contribución sobre la renta de la hacienda, de modo que sólo afectaría a los productores rurales y patricios benefactores, todos allí reunidos. Discutieron con amabilidad el monto, subieron un poco el tono correntino para esclarecer la implementación y quedaron todos relativamente satisfechos.
            Cada mes el secretario del intendente informaba sobre el estado de las cuentas. La caja creada para el aniversario aumentaba con la placidez de lo previsible. Cuando vino el invierno, la mayoría de los notables se retiraron a sus fincas y olvidaron un poco el asunto, de modo que en primavera tuvieron que ponerse al día, desembolsar un monto más significativo. Lo hicieron, sin chistar pero con íntimo disgusto. Será por eso que en la reunión extraordinaria de septiembre nadie se quedó jugando al bridge en la galería cuando el secretario se presentó en la sala de reuniones. Será por eso que nadie alzó la voz, nadie opinó, será por eso que el asunto del aniversario dejó de ser un juego inocente.
            En el pueblo ya había corrido la noticia del gran acontecimiento, y no faltaban los comentarios oportunamente fantasiosos. Las habladurías tenían sin cuidado a los notables. Salvo la sequía, ningún hecho igualaba los intereses de los habitantes. Hasta cuando se casaba alguna dama hermosa, sea con un respetable hacendado conocido, sea con un torpe administrador de la capital, los chismes dependían del ámbito de resonancia: unos calculaban la dote, otros inventaban historias de deshonra mientras esperaban ver la gran fiesta de los señores. Pero hacia octubre surgió un brote que reunió a todos los habitantes: la competencia. Llegaba el rumor de plazas espléndidas en un pueblo vecino, a la vera del Uruguay. Los viajeros comentaban el desarrollo urbano que sucedía cerca de Entre Ríos. No faltó la noticia de un artista francés que obsequió, a pocos kilómetros, una escultura moderna de Urquiza desnudo sobre un caballo, ambos geométricos hasta lo irreconocible. “Deconstruido”, decían los entendidos. En el pueblo se sonrieron, entre la burla y la envidia, claro que era una audacia ridícula para los correntinos, típico de los porteños afrancesados, pero no faltaba el resentimiento hacia una ciudad que recibía regalos y se volvía pretenciosa. No tardaron en rivalizar, primero en secreto, luego abiertamente en las asambleas.
            Resolvieron enviar a Buenos Aires al hijo del intendente, no sin discutir, y con alguna decepción por parte de los que se oponían. Lo enviaron con algunas directivas vagas, encomendaron destinar lo recaudado en algún ornamento distinguido y sobrio para celebrar el centenario.   
         El enviado emprendió su cometido con ambición. Esa noche en la capital no faltaron las tentaciones. Estaba prevenido de los embaucadores y facinerosos, pero no pudo evitar los palacios del juego, la solícita conversación de inverosímiles mujeres que dilataban vanas expectativas, la compañía de la larga noche y sus erogaciones. Pasar por tonto le hubiera resultado doloroso, pero pasar por amarrete era un deshonor indecible. Al otro día se despertó con el ruido de la gran ciudad. Su asistente, afectado por un grave dolor de cabeza, tardó en calcular lo que les quedaba de presupuesto. Ante el resultado, el ayudante sintió mero terror. El hijo del intendente no se permitió siquiera la perplejidad. Paseó por las calles del sur. Entró a un infame almacén de antigüedades. A precio de chatarra, quizás proveniente de la demolición de un antiguo edificio, encontró un busto inmenso, de algún acaudalado inmemorial y desconocido, que bien podía pasar por cualquier prócer del siglo diecinueve, de segunda línea o cuya figura no estuviera debidamente fijada en la imaginación del pueblo correntino. La escultura tenía una ejecución tradicional, a la usanza de cualquier monumento público. Pensó que si el pueblo vecino había logrado justificar la novedad de una escultura geométrica, bien podía él, en el viaje de vuelta, encontrar palabras que emplazaran el busto. Ubicaría el epígrafe en una placa de bronce sobre la base de mármol con la que ya contaba en algún depósito. Pensó que la incierta expresión del busto representaba al correntino en general, a todos los del pueblo, incluso a los ridículos vecinos con los que competían. Gracias a su diligencia, su pueblo se impondría. Mandó a su asistente a comprar, con lo que había sobrado, una bebida para celebrar el éxito de la empresa. Descorcharon. Bebió de a sorbos, como una mosca. Emprendió el viaje de vuelta con secreto orgullo.


29/4/16

comprobante

Son las 11.24 en ny. Esta publicación se destruirá.

Ensoñación de los mares del Sur

Te ruego, amable lector, que tengas fe en lo que digo como si lo hubiese demostrado a costa de tu paciencia y de la mía.
Thomas De Quincey.  Confesiones de un comedor de opio inglés.

Se llama enseguida al rastreador, que ve el rastro y lo sigue sin mirar, sino de tarde en tarde, el suelo, como si sus ojos vieran de relieve esta pisada, que para otro es imperceptible.
Domingo Sarmiento. Facundo.

PA PA PA PARARARÁ
Take the A train. Versión de Clifford Brown

Soy comerciante. Vendo ropa y recuerdos, principalmente a los turistas que vienen desde extremo Occidente, desde atrás de la puesta del sol, a la isla de Koh Samui. Vine de Israel, pero pasé por algunos puertos antes de llegar a Tailandia, antes de llegar a este lejano Oriente. Tengo templada la paciencia del que espera sin desesperar. Me gusta la última frase, voy a encargar que la graben en placas imitación madera con imán, algún detalle simple que dé sensación de sabiduría oriental, puede venderse de a cientos. Tengo delineada en mi cara la fisonomía de lo que ciertas imágenes reiteradas fosilizaron en la estampa de un persa milenario. Sé muy bien de esta economía de imágenes, por un lado debido a mi oficio, que me educa y me obliga en el ejercicio de rastrear, en los gestos concurrentes de los compradores, su interés por el intercambio, en la constitución del hábito de su semblante, el precio que desean pagar; y conozco, por otro lado, en virtud de mis inclinaciones literarias, que por otro lado me forjan un histrionismo depurado en la negociación, una dicción que cumple con las exigencias del texto recitado, conozco, decía, la vulnerabilidad de las tipologías de mi costado comerciante, descubro la maravilla del acontecimiento inesperado en la venta reiterada a oleadas de visitantes siempre iguales como granos de arena, siempre distintos como granos de arena. Yo soy un vendedor más que debe ser único para concitar la atención, el turista que es uno más debe ser único para reclamar las musas de mi esfuerzo. El comprador es una invención mía, un sudamericano que carga con la fofedad de las clases medias. Soy un vago recuerdo, una fabulación esquemática de las memorias del turista. En este juego de incertidumbre, quizás ambos seamos imaginados por un tercero, un inglés comedor de opio del siglo XIX. Pero al descubrir que somos meros fantasmas, al rastrear a nuestro creador, ya no tengo claro quién fabrica a quién en esta migración de avatares. Ya no hay diferencia entre el original y la copia, que es lo que siempre les digo a mis clientes cuando pretenden relativizar el valor de la mercadería y yo puedo ver en un gesto nimio todo el pasado, el avión, la espera para abordar el vuelo, hasta el último chucho de frío al bajar de la línea A de subterráneos en el andén ventoso.



28/3/16

El chamán

Aurelio Estivariz había hecho carrera como abogado, aunque su corazón estaba en la filosofía, la matemática y la música. Se caracterizaba por no creer en lo trascendente. No era agnóstico, mucho menos ateo. Siempre había sospechado que la reencarnación era una opción más viable que el cielo o el infierno. Su pensamiento era un poco falaz y selectivo. Por medio de la navaja de Occam descartaba de plano a Platón y a la mitología cristiana, pero no a la influencia de la filosofía trascendental proveniente de oriente.
Estivariz había conocido a un alazán que lo miraba con odio y tenía la certeza absoluta que se trataba de su profesor de matemáticas de primer año de la secundaria, el señor Larraquy. En otra oportunidad un gato abisinio lo comenzó a visitar: estaba seguro de que era su tía Alberta (la misma mirada, la misma forma arisca). Estas fueron sus primeras pistas, pero no sólo veía este tipo de manifestaciones en animales, sino también en humanos y en objetos. Karl Marx empujaba un carro cartonero y pasaba por el frente de su casa todas las tardes; Voltaire era una rata; Kant, un reloj. Por un momento, moralizó este fenómeno y jerarquizó en una tabla de correspondencias. Los seres virtuosos se convertían en seres nobles: hombres en ángeles; perros en hombres, caracoles en perros. Los seres viciosos perdían su naturaleza. Humanos se transformaban en insectos o en otros seres bajos. Esta teoría ni esta tabla eran novedosas, pero sí funcionales.  
Trató de formalizar su investigación para comprobar su descubrimiento, pero fue un fracaso. La falta de comprobación no le quitaba veracidad al asunto, aunque lo hacía incomunicable e incomprensible para otros. Sin embargo, la fe lo llevaba a creer en la razón. Estaba convencido de que las almas migraban hacia otros parajes, pero no a lugares que estén fuera del mundo.
Aurelio Estivariz murió en medio de su pesquisa. Había sido atropellado por un colectivo, cuando cruzaba mal la calle. Sintió un dolor intenso y después, y después, todo se volvió negro.
Cuando abrió los ojos se dio cuenta que estaba en el partido de Rocha, en Uruguay.
Sus manos eran más grandes, su pecho ancho y plano. Corrió a mirarse en el espejo. Tenía una nariz delicada, cejas pobladas que, sin embargo, no perdían la forma, y una suerte de península capilar sobre el centro del cráneo.
Lo llamativo es que la misma conciencia que tenía previa a su muerte como argentino, lo acompañaba. En la mayoría de los casos, la memoria quedaba tapada y en las reencarnaciones sólo quedaban vestigios de las vidas pasadas. Aurelio tenía plena conciencia. Entendió que había estado algo equivocado. Para ser precisos: la muerte funcionaba como un viaje en el tiempo. Uno moría y se trasladaba a otro cuerpo, a otro lugar, y a cualquier época. Pero la mayoría de las veces la transmigración no se producía con un nuevo nacimiento. Sino que era una invasión. Esto lo llevó a sospechar de la esquizofrenia, de la paranoia y de las posesiones demoníacas. Fue una especie de chamán cimarrón y charrúa. Cuando las personas sentían una presencia, un pensamiento opaco, caían enfermas. Él se encargaba de comunicarse con los distintos espíritus que podían habitar esos cuerpos y calmarlos. Fueron miles de casos los que “curó” con un placebo (una mezcla de vinagre, ortiga, yerba mate y miel). Después murió como uruguayo y le perdimos el rastro. Lo único que quedó fueron sus diarios y anotaciones.

  

24/3/16

Tres estudios

Usted replicará que la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaré que la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis.
Lönnrot. La muerte y la brújula.



                Llegó al auto y vio la ventanilla rota. Hecha un acordeón por el film del polarizado que impidió el desmembramiento del vidrio, pero no el robo. Abrió la puerta y vio, sin sorpresa pero descolocado, que faltaba el estéreo. Su mujer, Eli, seguía saludando en la entrada del edificio y él no sabía si interrumpirla para darle la noticia o dejarla reírse hasta que se acercara unos metros y viera que los habían profanado. No hizo ni una cosa ni la otra, la interrumpió a medias, con un llamado tibio primero, sin respuesta mientras ella seguía hablando, una llamada de atención posterior, más vehemente, para cortar su afectuosa despedida, molesto por el robo, por tener que comunicarlo, molesto porque no sabía qué actitud representar, si la perplejidad, el enojo o la calma de quien está siempre preparado. Sólo atinó a dar la noticia con la postura incómoda de quien mide los efectos de lo que dice, y señaló el vidrio roto para desalentar su protagonismo. Después registró el auto, los alcances del robo, limpió las astillas, pero eso era natural, obligatorio, automático, mientras repasaba la pertinencia de su reacción, la falta de reflejos para conducirse como un ciudadano al que le habían robado. Cruzó un patrullero, lo detuvieron sin esperanza para contarle el incidente.

                Empezó a sentir bronca, en primer lugar contra la estadística y el azar, por qué a él. Después, contra el abstracto ladrón, pensó en la improbable magia de encontrarlo por la cuadra, hacerle limpiar el auto de astillas, obligarlo a hacer buches con el vidrio molido de la ventanilla, romperle los huesos con ruido uno a uno, empezando por los más grandes, el fémur, cúbito, radio y demás, la mandíbula, por qué no. Se demoró un poco en el placer estático de la violencia, la venganza desmesurada, ese cenit de música clásica. Después escuchó comentarios clasistas que siempre le resultaron estúpidos, pero en su estado enfurecido lo enceguecieron de ira contra la humanidad en general, lo transportaron a la dicha del odio puro, el deseo de sangre que sabía quedaría insatisfecho. Quiso recomponer la escena para personificar la víctima de su enojo, pero más que el golpe al cristal, el gesto para bajar el vidrio y abrir la puerta del lado de adentro, la requisa rápida de los objetos de valor, más que eso no pudo dilucidar, una vaga imaginación del recorrido rápido del ladrón borroso hasta un lugar donde precariamente guardaría su botín antes de ofrecerlo por un ínfimo valor a un reducidor, pero todo esto sin asidero, una incertidumbre de los indicios que atizaba su bronca. Apareció un patrullero, Eli lo detuvo para contarle el episodio, él vacilaba entre confiar en su ayuda o dudar de su complicidad. Ante la pregunta del oficial, dijo que, además del estéreo cuyo hurto estaba a la vista, en la guantera había 7 mil dólares escondidos que habían sustraído. Quizás no lo iban a ayudar los policías, pero si eran cómplices, el ladrón iba a tener problemas en compartir ese botín imaginario. Su venganza hipotética estaría saldada en un evento incomprobable. (El ladrón perplejo ante el error del policía; el ladrón en duelo de coraje por la verdad contra el cobrador injusto; el ladrón que enfrenta estoico el malentendido como posibilidad y su absurdo abatimiento a manos del socio advenedizo. El policía incrédulo ante la denuncia inflamada; el policía que calcula su parte del pillaje; el policía calmo que comprende el juego y asume con resignación que la falsa denuncia es una sospecha contra él.)

                Comprendió al ladrón de estéreos. Evaluó una denuncia fraudulenta, se regodeaba en la posibilidad del conflicto entre el policía y el ladrón por un botín imaginario de 7 mil dólares. Un ajuste de cuentas feroz y mediocre dentro del crimen organizado. Todavía tenía la angustia de no saber más allá de un vidrio roto. Tomó distancia del asunto. No justificó al ladrón, claro, le daría una paliza, pero comprendió el movimiento involucrado. Su posición de personaje, en parte auxiliar –el tipo marginal que es víctima del robo del protagonista-, en parte principal –el tipo furioso porque se siente un bufón de un personaje auxiliar y busca saldar el asunto-, pero, sobre todo, armó su posición del narrador que todo lo miraba desde afuera, un escepticismo estético que juzgaba a la distancia, un poco por actitud, un poco porque el auto era de su mujer y el estéreo lo pagaba ella. Con aplomo, abrazó a su mujer y dijo: "Eli, nos robaron, no te preocupes, no pasa nada, yo me ocupo". Y revisó el auto y acompañó a su mujer cuando paró a un patrullero.

28/2/16

En la ruta

Ninguno de los dos habló por un buen rato. Las manos agarraban el volante con firmeza. Eran manos grandes, un poco oscuras, manchadas por el sol y con pelos negros. La prolijidad y el cuidado que tenía en las uñas saltaba a la vista. El velocímetro marcaba ciento diez kilómetros por hora. Mientras, las isocas se estrellaban contra el radiador y el parabrisas. Un chorrito de agua y el vaivén del parabrisas empeoraban la situación empastando y desparramando los insectos por todo el frente. Pronto iban a tener que parar a cargar nafta, así que aprovecharían para que el playero les limpie a fondo el vidrio. Ella dormía, tirada, con el cuello doblado y los rulos oscuros sobre la cara. El cinturón de seguridad apretaba la remera dejando entrever las copas del corpiño. El cuadro lo completaban una minifalda de jean y  unas all-stars chuecas que hacían que las rodillas se toquen una con la otra. Pasaron de largo la YPF y frenaron en una Isaura que estaba a la salida del pueblo. Él la despertó apretándole la pierna con cuidado, pero sin suavidad. “¿Qué pasa?”, “tenemos que cargar nafta. Aprovechá para ir al baño”, “Bueno”, se dio vuelta. La pollera se le levantó mínimamente. Él trató de acomodársela, y ella rápidamente metió su mano en el medio y la bajó por su cuenta, un poco brusca, pero también fastidiada. Estacionaron el Renault, cerca de los baños. Ella fue al baño y él a cargar el termo con agua. Una vez lleno, volvió al auto y lo acomodó, parado en el piso, entre la puerta y el asiento, como para que no se caiga. Después cerró el  auto y fue al baño.
Cuando salió la encontró hablando con unos chicos de su edad, tal vez un poco mayores, pero no pasaban de los diecisiete. Pegó un grito, ella saludó rápido, y caminó rígida, refunfuñando hasta el auto. “Nunca me dejás hacer nada”. “Vos no sabés cómo son. ¿Pensás que quieren ser tus amigos?”. Ella cerró de un portazo y no dijo una palabra más. “cuidado con la puerta, nena, que no es giratoria”, repuso retándola. Las horas pasaron en silencio. El sol se fue moviendo, arrastrando los rayos de luz lejos de ahí, dejando un aura gris-violácea. Los campos de soja se intercalaban con el trigo y el maíz. A veces aparecían algunas Aberdeen-angus desparramadas de forma aleatoria. En el cruce de Santa Fe a Córdoba, la policía los frenó y le pidieron los papeles del auto. Querían revisar el baúl. Uno de los oficiales lo hizo bajar y lo acompaño hasta la parte de atrás, mientras el otro se quedó en la ventana del asiento del acompañante. “Te rompe mucho tu viejo?”. Ella lo miró a los ojos. Primero circunspecta con un mechón que le atravesaba la cara. Después se lo acomodó con la mano llevándose la seriedad y dejando ver una mueca pícara. “No es mi viejo”. La cara del policía estaba esperando una aclaración para acomodarse de la forma más apropiada “Es…es…”, y ella se río, “…es mi papá”. El policía abandonó esa incomodidad pasajera, pero la incertidumbre se instaló en su pecho. Una vez que revisaron el baúl volvieron a la parte de adelante. Él se metió en la cabina, y el policía fue hacia a donde estaba el otro que lo llamaba. Ellos veían cómo conversaban de espaldas, gesticulando. Tenían un semblante grave, por un momento parecía que estuvieran discutiendo. Tardaron varios minutos. Después volvieron y pidieron los documentos: Alberto Rutman, dni 15.742.110 (Géminis, pensó el oficial); Carolina Rutman, dni 33.091.527 (Aries. Sí, parece Aries). Después de algunas cuantas preguntas los dejaron ir. Alberto no dijo ni una palabra. Ella tampoco, hasta que se alejaron un par de kilómetros. “Sos boluda, pendeja, no ves que si me agarran soy boleta” y le dio una cachetada. “Sos un hijo de puta. Te odio”. Ella lloró, hasta cansarse, y dejó la mirada posada sobre la puerta, flotando sobre el campo anochecido sin involucrarse de ninguna manera. Quería que el auto choque y que él se muriera. Quería que la sacaran de ahí de una buena vez. Se acariciaba las muñecas y los brazos. De la nada salió un perro que quedó petrificado frente a las luces del auto. Sus ojos amarillos resplandecieron, dorados, ante del impacto. Rodó por encima del capó, del parabrisas y cayó detrás de ellos. Alberto frenó de golpe, dejando la marca de las gomas sobre el asfalto. Él tampoco se esperaba eso. Estaba muerto. Los dos bajaron. Él iba adelante y creía que ella lo seguía, pero volteó y no la vio. Asumió que se quedó en el auto. Movió al perro con el pie derecho. No había chance: muerto, muerto. Volvió al auto y ella no estaba. Pensó que era un chiste. La llamaba pero no aparecía. Se vio obligado a pasar el alambrado y buscarla entre los maizales, pero nada. Volvió al auto, sin saber muy bien qué hacer. Un rato más tarde, se dio cuenta que no tenía otra opción más que esperar en la banquina. Se quedó dormido. A la mañana siguiente, Carolina abrió la puerta del auto. Él se despertó sobresaltado y dijo su nombre, “no me digas así”. Lo besó. Los dos lloraron abrazados. “Nunca más me hagas eso”. Alberto puso el auto en marcha y volvieron a la ruta.

Coronado de espinas

    Las tipas del bosque supuraban una resina que no manchaba pero dejaba un olor persistente, inolvidable para quienes lo conocen, el olor que deja un estigma en los niños que molestaron a las tipas y sufrieron la humillación de sus escupitajos, como las estatuas son disuadidas de su pretensión de inmortalidad por la caca de las palomas que continuamente les recuerdan su frágil temporalidad.  Bosque de tipas donde jugábamos y buscábamos hongos hasta que Olegario se descompuso y casi se va del otro lado, que casi se muere, quiero decir. Y en parte vio algo, pasó por alguna puerta de ese bosque protegido por árboles babeantes, pero no por eso se quedó ahí, muerto, sino que se recuperó en el hospital, le lavaron el estómago, al menos en parte volvió de ese lugar donde estuvo, podría decir que amplió su campo de operaciones, todavía más acá pero también un poco más allá. Otros consideraron que efectivamente pasó del otro lado, pero no el salto frío al Hades sino que hizo el salto al otro lado de la luna, o sea que se volvió un lunático, pero loco a secas, sin volver jamás a este lado donde supuestamente estamos todos. En esa época se volvió algo místico y quisquilloso, hubo que sacar de su vista los crucifijos de la familia que mostraban a un Cristo ensangrentado, se tomaba más tiempo para considerar la luz que ampliaba los espacios y estallaba en las flores, en los tallos, en los pomos de las puertas, en el juego de sombras de los marcos, en la duplicación del baño en el espejo. Más allá de ganar esta particularidad, no se volvió definitivamente diferente, todos en el pueblo lo tomamos con naturalidad, un cambio de personalidad que coincidió con el reptar lento del tiempo que, visto desde ahora, pareciera que nos separa por un umbral de ese pasado, y aunque es traslúcido y no está cerrado, tiene la luz enceguecedora del mediodía y exige aislar los objetos para recordarlos en sus contornos. Es decir, que Olegario, salvo sus lentos hábitos de ensimismamiento y de una incapacidad para la charla que hacía que el resto le huyera para evitar la incomodidad, cuando no el tedio de su compañía, más allá de eso no resultó en algo extraordinario. De hecho, sabiendo las dificultades económicas familiares, consintió, como uno de los herederos, en lotear el bosque y venderlo, y aceptó con melancolía que la oferta de los chacareros para desmontar y sembrar era una oportunidad indeclinable. Asumió el hecho, incluso tuvo ánimo para ir un mes después a ver lo que habían hecho del bosque de tipas, fue a enfrentar la caída del bosque mágico de la infancia y las alucinaciones y el susto. Pero esta visita, según los que ya lo consideraban loco pero aceptaron su firma, lo volvió definitivamente loco, estaba obsesionado con visitar el aserradero para ver las manos de los trabajadores, entonces la familia se las arregló para conseguirle alojamiento en la ciudad más cercana, San Antonio de Areco, donde una enfermera lo atendía en un casco colonial que conservaba un pasado que Olegario no había tenido pero podía imaginar y disfrutar. En esa estancia, además de cuidarlo y darle de comer, le ofrecían un confitero lleno que le permitía dormir el sueño plácido de los desmemoriados, aunque a veces, y esto quizás era un efecto secundario de las pastillas que le daban o una secuela de aquellos hongos, a veces, decía, escuchaba gritos y golpes que venían del interior de la estancia, como si fuera una casa de locos, decía. Y cualquiera que supiera que era un asilo le creería que estaba rodeado de perturbados si no fuera porque luego hablaba de los troncos de las tipas, sangrantes y coronados de espinas de sierra. Y decía que había visto sangrar a las tipas, y decía que esta visión era producto de la confusión de las pastillas, que sabía que no era posible tal visión de un bosque encantado profanado, y volvía sobre su deseo implacable de visitar a los aserradores para comprobar que no habían perdido ningún dedo en la deforestación, que no habían sangrado en los cortes de los troncos, asegurarse que ellos no habían coronado de sangre ese altar del pasado que eran los troncos ladeados sobre la hierba que empezaba a crecer porque ya no tenía la resistencia de la copa de los árboles, ese altar que lo aterraba, mitad a la luz del sol, mitad a la sombra de la noche que avanzaba.