El hombre que me abrió la puerta fue
evasivo. Mientras entraba noté que me miraba de costado, no pudiendo evitar
cierta curiosidad, aunque enseguida se volvió para el otro lado. Me di vuelta
en el pasillo para atraparlo mirándome, pero ya había cerrado la puerta. Me
dirigí al centro de la habitación, donde ella estaba acostada. No la conocía. Acaricié
su cuerpo sin decir una palabra. El primer contacto tuvo el encanto del
descubrimiento. Metí una mano por debajo de la sábana, sentí su pecho, su
vientre. Arrastré el revés de la mano, con suavidad, por sus hombros. Después
me desnudé mirando hacia la pared, dándole la espalda. Quería cierta intimidad
para ese trámite. Me metí en la cama sin mirarla. Después sí, miré de cerca su
pelo, le besé el cuello al costado, al lado de un lunar que me gustó. Me subí
encima, sosteniéndome con los brazos para no aplastarla con mi peso. Luego
empecé la cópula, con cierta torpeza, algo levemente vergonzoso, pero poco a
poco sentí cómo los cuerpos se iban acoplando, aunque no demasiado, porque me
gusta algo de ese extrañamiento del otro cuerpo. Sin embargo, con la repetición
de los movimientos se fue mitigando la rudeza del coito. Allanados los
primeros pasos en falso, el baile sexual comenzó a desenvolverse sin contratiempos
notorios. Mi transpiración ya mojaba el contacto de nuestras pieles. Me
maravillaba que solamente podía sentir las partes de mi cuerpo que eran tocadas
por el de ella. Estando yo boca abajo, mis rodillas sentían la rigidez de sus
muslos, pero tenía que concentrarme para advertir que mi espalda existía. Eso
me distrajo un poco de mi deseo y pasó algún tiempo hasta que me sorprendí pensando
en estas cuestiones anodinas, sobre su cuerpo, sobre el apasionante misterio
del otro, es decir, pensamientos que a veces tengo cuando me distraigo en un
taxi, en una sala de espera. Volví a mi cuerpo como un despertar. Me concentré
en sus rasgos y, sobre todo, en sus gestos. Otra vez el deleite de la pelea entre, por un lado, la sincronización amable y, por el otro, los movimientos tímidos, titubeantes frente a un
cuerpo desconocido. El encuentro contradictorio de ambas situaciones me llevó a
eyacular algo antes de lo previsto. Me quedé unos segundos abrazado a su
cuerpo. Si no hubiera sido por la temperatura de su cuerpo, casi podía olvidar
que estaba muerta. Me levanté, me vestí otra vez de espaldas a ella, y me fui
sin decir palabra, aunque antes me detuve un segundo a ver su cara tensa, su
pelo algo alborotado. Caminé por el pasillo blanco y abrí la puerta. El hombre
ya no estaba.
28/11/16
25/11/16
La flor violácea del jacarandá
Me crucé con Lin y Chen en un vagón
del subte B. En ese momento no sabía sus nombres. Me los dijeron cuando se
despidieron. Todo pasó en minutos.
Volvía del trabajo, me acerqué a la
puerta para bajarme en Malabia y ahí lo vi sin verlos. Lo miré a Lin, la miré a
Chen, y no los reconocí. Fue su mirada, la de él, la que me marcó la pauta de
que ellos eran ellos. Cuando se miraron entre sí me di cuenta de que yo era yo. No entendía cómo no los había reconocido. Todos los jueves íbamos a su restaurante
a cenar. Todos los jueves se acercaba Chen a tomarnos el pedido. Lin saludaba desde
la cocina cuando entrábamos y cuando salíamos. Estaban casados. Chen era la
moza. Casi no hablaba español. Le señalábamos lo que queríamos del menú y ella escribía
idiogramas en la comanda, siempre sonriendo. Lin era cocinero, pero también
hacía las veces de administrador y encargado. Trabajaban con los padres de Lin.
La especialidad eran unas empanaditas a la plancha de cerdo y akusay, tofu
frito con picles chinos picantes y pollo kun pao. Lo que más se destacaba igual
eran las empanaditas. Todos las pedían.
Lin me preguntó cómo estaba y también a qué me
dedicaba. Era la primera vez que intercambiábamos palabras, más que un hola,
chau, gracias, o hasta luego. Mentira. Una vez les regalé un libro que había
editado. El primer libro que había editado. Le estaba mostrando el libro a mi
mujer y Chen se metió en el medio, miraba y miraba. Le aclancé el libro y se lo
llevó a la cocina. Era la primera novela de un autor argentino que era chef en
Hong Kong. Ellos nunca entendieron que yo era el editor. Traté de explicarles. Chen
quería que le dedique el libro. Lo firmé. Más allá del malentendido, se dieron cuenta
de que ese objeto tenía un significado especial para nosotros. Ese fue el
primer y único libro que autografié.
Salimos de la boca del subte. Lin me
dijo que nunca pudieron leer el libro. Que él hablaba bien, le costaba leer,
pero que su mujer era un desastre. Nunca dijo desastre. Levantó una mano y negó
levemente con la cabeza. Lin obligaba a Chen a ir adelante nuestro. Ella se
daba vuelta y me hablaba. Yo lo miraba a Lin pidiendo que me tradujera. “Quiere
que le mandes saludos a tu mujer”. Asentí sonriendo. Ella también sonreía, con los
ojos, con la boca, tratando de expresar lo que no podía decir.
Cuando cruzamos Corrientes Lin me
preguntó si había vuelto al restaurante. Le dije que dos semanas atrás, pero
que no reconocí a nadie. Él agachó un poco la cabeza. En ese momento me confesó
que habían vendido el fondo de comercio. Solamente su madre había quedado
trabajando con los nuevos dueños. Iban a visitar a sus padres que todavía viven
arriba del restaurante. Cruzamos Scalabrini Ortiz y me dijo qué lindos esos
árboles, señalando los jacarandás en flor. Había varios a cada lado de
Corrientes Eran realmente hermosos y delicados. Me pidió que repitiera la
palabra jacarandá. El trató de pronunciarla. Se detuvo mucho en la jota y en la
ce. Chen dijo el nombre en Chino. El ruido de los autos no me dejaba escuchar
bien. Lin me repitió la palabra que para mí podía ser asfalto, cocodrilo o
transeúnte. Me explicó cómo se componía el término: flor-azul-ciruelo. Cuando
dijo “flor”, Chen le dio forma de flor a su mano. No sabía si hablábamos del
mismo árbol, pero elegí creer que había jacarandás en China y que se llamaban exactamente
como decían Lin y Chen. En la esquina nos despedimos. Me dijeron sus nombres y
yo les dije el mío y el de mi mujer.
28/10/16
El ángel del atardecer
Salí
del estudio jurídico. Íbamos a jugar al tenis con uno de mis socios. En el
camino comentábamos el caso que le había tocado. Una señora mayor había dañado
una obra de arte en un museo. Eso es lo que reclamaba el museo, por lo menos,
aunque permitía otras interpretaciones menos comprometidas con el patrimonio,
como aquellos que comentaban livianamente que la vieja había hecho una
intervención, es decir, había producido arte. Era el primer caso en el país, por
lo menos que tuviera lugar en la atención de los medios, pero ya había pasado
en España, donde una anciana restauró durante meses, con un criterio muy
particular y a escondidas, un fresco antiguo de Cristo en una iglesia; había
pasado en Alemania, donde otra señora añosa, en una retrospectiva de arte
moderno del siglo XX, frente a la exhibición de una obra en forma de
crucigrama, siguió la aparente consigna y completó los casilleros vacíos.
Mi
socio, Mariano, tenía que lidiar con el seguro en favor del museo, nuestro
cliente. Además, como la obra era un préstamo por convenio del exterior, tenía
que resarcir a la institución propietaria, un museo norteamericano, aunque el
pintor fuera noruego. Se veía obligado, por contrato con el seguro, a demandar
a la vieja. Nada escapaba a las tareas con las que cualquier abogado serio se
enfrenta habitualmente. Pero la particularidad del asunto y su publicidad lo
hacían el tema de la semana para nosotros. Además de sentir ambos simpatía por
la anciana, recordé que mi amigo, el contador Francisco Lazariaga, me había comentado,
con ironía, su enfoque frente a los casos anteriores: los viejos eran la nueva
vanguardia. Como Mariano ahora, yo me había reído. Como yo exponía ahora,
Francisco se había explicado. Frente al arte callejero, reducido al vandalismo
o a cierta decoración no distinta de los anuncios publicitarios; frente a la endogamia
del arte contemporáneo de galerías y museos, cada vez más encerrado sobre sí
mismo, incomprensible, cuando no risible para los demás; frente a la insipidez
de la industria de la cultura, segmentada por consumidor y previsible… la
tercera edad tenía algo para decir. Parecía un disparate, pero, según había
dicho el contador Lazariaga, decía yo ahora, no era de extrañar que con la
extensión de la esperanza de vida se formara un grupo social ocioso y
demandante, es decir, un ejército de reserva de artistas. Sólo hacía falta
indagar la historia y reconocer que el arte surgía en ciertos grupos
emancipados del yugo del trabajo: los brujos paleolíticos, los nobles griegos,
algunos hijos de banqueros alemanes, aristócratas argentinos. A Mariano le
pareció interesante el planteo porque combinaba una argumentación a la vez
verosímil y ridícula, según su parecer.
-Los
jóvenes no entienden nada-, cerré con las palabras de Francisco Lazariaga.
Terminado
el partido de tenis, cuyo resultado no importa, me duché y fui a esperar al
auto de Mariano. Cuando él llegó, unos minutos más tarde, me dijo que si la
teoría de era cierta, la presunta novedad del arte senil, en sus palabras, no
tardaría en incorporarse al mercado. Por las mismas razones: la creciente
población de jubilados era un apetecible segmento de consumo, el de mayor
potencial de crecimiento. Además de la salud, se vislumbraban nuevas
oportunidades. Era cuestión de tiempo para que alguna idea convierta el
desconcierto en un negocio. Cuando estábamos llegando a casa, y yo ya pensaba
que me había olvidado la raqueta nueva en el vestuario, con la que todavía no
había ganado ningún partido, Mariano me dijo que tendría que ser yo el defensor
de la señora. Sí, el museo estaba obligado a iniciarle acciones legales, pero
no quería dar la imagen de una institución que persigue a sus visitantes más
desprotegidos, eso iba en contra de cualquier criterio, sobre todo pensando en
los programas de fomento del propio museo y del ministerio a nivel nacional,
cuyo objetivo consistía en convocar a la ciudadanía. El mismo ministro había
llamado al museo para pedir una solución. La situación podía desencadenar una
reacción incontrolable, incluida la temida reducción presupuestaria, siempre al
acecho. Me fui a dormir pensando en que no estaría mal, ambos a la vez en el
mismo bando pero enfrentados. No tenía por qué preocuparme, Mariano no sería
tan necio de ir a buscar en los bolsillos de la vieja, más allá de la
formalidad de la denuncia. Era una tarea previsible y además podía seguir de
cerca el asunto, que me daba curiosidad. Le mandé un mensaje a Mariano. “No se
te ocurra hacerte el gracioso y pedir un embargo o algo parecido, que la cara
la pongo yo”.
Al
día siguiente pasé a buscar a Florencia por el hogar de ancianos donde vivía,
en la zona de Colegiales. Mientras esperaba en la puerta, no podía hacerme una
idea de lo que me iba a encontrar, entonces me dejé sorprender. Las hojas
amarillas caídas sobre la vereda daban una sensación de calma, por lo menos en
contraste con mis días habituales por el centro. Apareció sola al lado del auto,
como esperándome, y me di cuenta que la hubiera imaginado acompañada. Era una
señora difícil de describir. Más allá de la edad, no encontré rasgos que
pudieran distinguirla. Se desplazaba con soltura y parecía conservar la razón y
el criterio de realidad. Esa señora había coloreado la Madonna de Munch con su
pintalabios y su maquillaje. Un poco de color en los cachetes, para darle vigor
de madre a una figura más bien pálida y mortecina. Mientras íbamos al museo,
donde la haría firmar unos papeles de rutina, le comenté que esta acusación era
obligatoria para exigir el seguro, que no debía preocuparse ni creer que se
enfrentaba a una situación hostil. Parecía creerme, aunque no mostraba el mayor
entusiasmo. Estoy acostumbrado a comunicar la situación sin involucrarme en las
emociones del cliente, pero esta vez mi trabajo era mostrarme solidario con la
vieja. Me hubiera gustado ver en ella una expresión de tranquilidad y
agradecimiento que no aparecieron. Me tomaba por lo que en verdad era: un
abogado que tenía que cumplir una misión acotada. Le aclaré que, en el peor de
los casos, si querían algo de ella, su jubilación era legalmente inembargable
porque era su sustento.
En
el museo no la dejaron ver la obra dañada que ella decía no recordar, aunque
luego yo insistí en que debía verla en calidad de defensor. Me llevaron solo a
un depósito y vi algo magnífico. Un cuadro famoso, valuado en millones, que en
su versión original podía conmover. En su estado actual, la figura maquillada
de un modo torpe y aniñado, como cuando las nenas juegan a ser grandes. Una tristeza
muerta reclamada inútilmente a la vida. Un activo económico severamente dañado.
Cuando volví a la oficina, estaba la vieja acompañada por el director del
museo, a su lado Mariano, y frente a la mesa, charlando con Mariano, el abogado
del seguro, Roberto Z. Un viejo conocido, un depredador. Me preocupé un poco
por la vieja. No le sacarían nada, pero podían someterla a ciertas
incomodidades, audiencias, embargos, un juicio interminable que quizás yo debía
enfrentar sin ver un peso. No podía evitarlo alegando sensatez, cada uno debía
ocuparse de su labor. Prefería liquidar el tema lo antes posible. Firmamos los papeles
necesarios. Me sorprendió que el documento de identidad de Florencia tenía
fecha de expedición de ese mismo año. Lo habría perdido y lo tuvo que renovar,
pensé. Florencia tenía 81 años, domicilio en Colegiales. Roberto Z. me miró con
una de sus sonrisas, entre cómplice y desafiante. Quizás solo quería
incomodarme para después burlarse en alguna de las cenas que a veces nos
reúnen.
Cuando
volví al estudio pedí que me averiguaran si Florencia, mi cliente, tenía
bienes. Al otro día ya tenía la información. Ella no disponía de propiedades ni
bienes, solo una cuenta bancaria vacía donde le depositaban la pensión porque
era viuda de un cónsul. No era pobre, Florencia, pero no podrían sacarle mucho.
También supe que había vendido a su hija –calculo que en un valor simbólico, ya
que la plata no estaba en ninguna cuenta- una casa en el Bajo Belgrano y un
departamento en Palermo. Las fechas de venta coincidían con la que yo había
visto en su documento. No era raro. La hija la habría visto desvariar un poco,
por seguridad habría desplazado la titularidad de los bienes, la habría puesto
en un hogar de ancianos razonablemente alegre y cómodo. Le habría cambiado el
domicilio a su nueva residencia en Colegiales.
Ese
día me llamaron del hogar “Mañanitas”. Me decían que un huésped quería hablar
conmigo. No lo llamaban paciente ni cliente. Fui hasta ahí. No la vi a
Florencia porque Rubén me recibió en un banco del jardín frontal, cerca de
recepción. Por la puerta abierta podía ver cómo nos miraba la encargada del
lugar. Rubén me dijo que Florencia lo había hecho a propósito. Ella misma se lo
había confesado. En ese momento la encargada se acercó y me dijo que Rubén
estaba cansado, y le pidió que fuera a dormir la siesta.
-No
está bien últimamente. El asunto de Florencia lo tiene un poco perturbado.- Me
despidió amablemente.
Fui
perplejo hasta mi auto pisando las hojas secas.
La
semana siguiente el asunto estaba resuelto. El seguro había desistido de
perseguir a Florencia. El desenlace era razonable. La rapidez, inédita. No me
extrañaba que se hubiera resuelto en alguna esfera de poder cuyos engranajes
escapan mi comprensión, pero capaces de destrabar situaciones. Florencia tenía
que ir a firmar. Y sacarse una foto con el ministro. La fui a buscar a
Colegiales. En el camino le comenté que el trámite estaba terminado. Sólo tenía
firmar y saludar al ministro. Esperaba que no fuera un problema para ella. Me
regaló la primera sonrisa. Después me comentó que estaba preocupada porque a
Rubén lo habían llevado al ala más restrictiva del hogar, donde los horarios y
el control eran rígidos, las salidas eran muy difíciles. No se explicaba por
qué. Me enterneció que en medio de un conflicto millonario y comentado en todo
el país y más allá sus preocupaciones siguieran restringidas al perímetro de “Mañanitas”.
Llegamos al museo.
Un
funcionario de gobierno quiso sacarme a la vieja, pero Florencia lo rechazó y dijo
que estaba conmigo. Amo esos triunfos. Necesitaría uno así contra Mariano.
Volver a pensar en el tenis me devolvió a mi rutina de esa semana extraña en la
que me sentí el ángel protector de Florencia. Un ángel en traje negro.
Firmamos
los documentos. Florencia saludó al ministro nacional, con tiempo para las
fotos. Su representación de vieja inofensiva me pareció impostada. Quizás ya la
veía a través de la lente de la cámara, como cualquiera que viera la noticia. Después,
parecía eufórica. Le dije que un taxi la iba a llevar de vuelta al hogar, que
había sido un placer conocerla. Se negó y me obligó a llevarla.
-Tenés
tiempo. No me vas a dejar irme sola.
Mientras
la acompañaba al auto hice un llamado para aplazar una reunión imaginaria. Mi
secretaria estaba acostumbrada, nunca pude hacer ese número sin hablar con
alguien real. En el camino le conté un poco mi vida. Cuando por fin la dejaba
en la puerta, me pidió que la invitara un café en la esquina. En el hogar no la
dejaban comer torta, y además quería aplazar su encuentro con Rubén.
Mientras
esperábamos en la mesa, no parecía prestarme atención. Estaba absorta como una
viejita. Hice un esfuerzo por ser cortés, acoplarme a sus tiempos de residencia
de ancianos, de hojas amarillas en el cordón de la vereda. Apagué mi teléfono
para dedicarle mi atención completa. Cuando llegó el pedido, empezó a contarme
todo. El folleto con la exhibición itinerante de Munch. La preparación de una
acción radical. Los cálculos: la cesión de las propiedades y el auto a su hija,
el cambio de domicilio al hogar, el ocultamiento de sus ahorros que ahora podía
volver a depositar en el sistema bancario. Como si hubiera esperado para
confesar que ya no hubiera tiempo de cancelar el pedido del café y la torta de
chocolate con merengue italiano. Me sentí derrotado. Pero no estaba enojado, me
halagaba ser el ángel de ese demonio. Le dije, ya que ella por fin establecía
un vínculo de confianza, que al contárselo a Rubén había arriesgado su plan. Al
contrario, dijo. Ella le tenía bronca. Entonces preparó una pequeña venganza.
Rubén no era bueno con los secretos. Entonces se lo confesó para hacerlo
hablar. Sus comentarios cada vez más fantasiosos lo tenían al borde de la
mudanza al ala de observación de “Mañanitas”. Ya había pasado algún mes
confinado. Esta vez nadie le iba a creer, y su penitencia estaba asegurada.
Le
pregunté cómo se sentía ahora que todo había salido según lo planeado. Me dijo
que tenía distintas motivaciones, pero que ya no sabía si lo había hecho como
una picardía resonante para llamar la atención como un artista, si lo había
hecho como una estrategia para castigar a Rubén y demostrarse su poder, o si
simplemente lo había hecho porque era una vieja que ya no tenía nada que hacer,
como seguramente el noruego que había hecho el cuadro.
Me
pareció increíble. Se lo quería contar a mi socio Mariano, al depredador
Roberto Z. Sobre todo al contador Francisco Luzuriaga para refrendar su teoría.
No era el momento. Eran millones. Yo podía quedar como un inocente. Ya habría
tiempo. Pero tenía que volver a casa a escribirlo. Me quise despedir otra vez
de Florencia, y le dije que la acompañaba los metros que nos separaban de “Mañanitas”.
Me dijo que ella no vivía ahí, que ahí vivía Rubén, su amante. Ella ocupaba el
departamento de Palermo.
-Llevame.
28/9/16
Vida imaginaria de Facundo Quiroga
No
importa el linaje de un hombre que inventó su destino, ajeno a la seguridad de
un modelo en el que inspirarse. El caudillo Facundo Quiroga fue deliberadamente
impredecible, forjó sus acciones bajo el sino de un tahúr. Si el coraje es un
lujo, Facundo vivió en el esplendoroso derroche de la temeridad. Vestía poncho
y llevaba una larga barba. No deseaba simbolizar la tradición frente a la
levita ciudadana, la cara despejada de los ilustrados. Ocultaba sus brazos bajo
la lana tejida, mitigaba sus expresiones en la oscura barba. Su atuendo y
apariencia eran herramienta y seña del jugador. Había acumulado botines en los
campos de batalla y en las partidas de baraja.
En
Oncativo, la derrota frente al general Paz le enseñó a palpar lo que la humillación
enciende en los corazones. El deseo de venganza, el temor a verse nuevamente sometido.
El temor lo había gustado antes, en los llanos. Un tigre lo persiguió por la tierra
riojana, lo obligó a trepar un árbol a esperar la muerte. El tigre, en el
bestiario decimonónico de las Provincias Unidas, consistía en la morfología
feroz de un bicho que combina una cabeza de puma arenoso con un cuerpo de puma
dorado. Este tigre ya se regodeaba por su vencida presa, lamía el borde húmedo
de sus fauces sobre la costra seca de la tierra, centelleaban sus ojos
extasiados de deseo, cuando llegaron amigos de Quiroga a caballo y lo
enlazaron. Entonces Facundo bajó del árbol y vengó su pavor hundiendo su cuchillo
en el tigre atado, ganando en la última mano la partida. Estas experiencias
templaron su astucia.
Una vez
encontró a un oficial suyo propasándose en su autoridad, dando golpes a dos
jóvenes. Como castigo, Facundo intentó atravesarlo con su lanza, pero el
oficial logró empuñar la punta y retener la lanza en su poder. La devolvió con
mano ensangrentada a Facundo en signo de lealtad, y éste otra vez intentó
hendirla en el oficial. Se repitió el forcejeo, la victoria del oficial.
Nuevamente devolvió la lanza a su verdugo. Entonces Facundo mandó a atar al
oficial estirado en una ventana y mojó su lanza en la sangre caliente del
oficial hasta cerciorarse del final del juego. No sació un espíritu indómito y
ciego, cumplió con la obstinación simple de un jugador que no quiere perder.
En otra
ocasión, tomada la ciudad de Tucumán por las fuerzas del caudillo, unas
doncellas se acercaron, a pasos crepitantes sobre las hojas secas, al lugar
donde descansaba Facundo, salpicado de sol y sombra, tendido sobre su poncho, bajo
los árboles. En ese paraje idílico, las beldades pidieron piedad por los
oficiales prisioneros en la plaza de la ciudad. Facundo las escuchó. El temor
juvenil no encendió su lujuria, el candor de los ojos suplicantes no estimuló
su fantasía, las inocentes expresiones de esperanza no acariciaron su crueldad.
Facundo se mostró sereno e infundió en el conjunto de jovencitas la vana
ilusión. Luego de una hora de conversación sonaron las detonaciones lejanas en
el bosquecillo, huyeron las aves por encima de las ramas, y un Facundo
sonriente se excusó diciendo que ya no había nada que hacer, los fusilamientos
estaban consumados. La ocupación de Tucumán era una exigencia de una partida
más grande y no se podía arriesgar por emociones livianas como la compasión.
En
el llano porteño no entendió el juego y se sintió embotado. Odió la cultura, la
modernidad, la humedad. Se propuso una contienda más grande contra Rosas. Defendió en
sus últimos días la idea de una Constitución. Pensaba volver a Buenos Aires y
degollar al Restaurador de las Leyes y Conquistador del Desierto. Sabía que
sería su última mano. Cuando viera las ovejas en el camino, que ya empezaban a
desplazar a las vacas en las estancias bonaerenses, se dispondría a ejecutar la jugada.
Ordenó ir por Córdoba. Le advirtieron la traición de los Reinafé, sus
amigos de las provincias del norte le ofrecieron escolta. No tenía grandes
probabilidades a su favor, decidió como estrategia mostrar sus cartas. Iría
indefenso y convencería con su palabra a sus asesinos. En la última posta, un joven se acercó desde el bosque para avisarle que en Barranca Yaco lo esperaba la muerte. Inútil. Facundo tenía resuelto su juego, que requería audacia y arrojo.
Cuando sintió detenerse a los caballos y oyó que descuartizaban a la diligencia, asomó su cabeza desde el interior del carro. Con su voz atemorizó al grupo destinado a matarlo. Santos Pérez, doble literario de Quiroga, se acercó. Estaba rendido al influjo del caudillo, parecía seguir sus previsiones. Era el momento de zanjar el azar con la última carta. Santos Pérez reaccionó con el ímpetu incalculable de un jugador: disparó al ojo de Quiroga, desde una distancia tan corta que el fogonazo quemó la barba rizada de un Facundo ya muerto.
Cuando sintió detenerse a los caballos y oyó que descuartizaban a la diligencia, asomó su cabeza desde el interior del carro. Con su voz atemorizó al grupo destinado a matarlo. Santos Pérez, doble literario de Quiroga, se acercó. Estaba rendido al influjo del caudillo, parecía seguir sus previsiones. Era el momento de zanjar el azar con la última carta. Santos Pérez reaccionó con el ímpetu incalculable de un jugador: disparó al ojo de Quiroga, desde una distancia tan corta que el fogonazo quemó la barba rizada de un Facundo ya muerto.
Sociología de los cerdos
Había
una vez tres cerditos: uno pobre, uno ni rico ni pobre y uno rico. No eran
hermanos ni vivían en el corazón del bosque. Su única vinculación era la
especie y la lengua cerdilicia. No había entre ellos una concepción de grupo ni
de comunidad. Se podría afirmar que sólo eran cerdos sociales (un poco
frívolos, un poco indiferentes). Cada uno provenía de un estrato social distinto
y fue educado con modales e ideas disímiles.
El
primero, el más pobre, se construyó una casa de paja. No era la mejor casa:
tenía sus goteras los días de lluvia, pero era lo que este cerdito podía pagar.
Era visto como vago y perezoso por el segundo (que era bastante prejuicioso).
Este último no entendía por qué no se construía una casa mejor. Le parecía que
era lábil y de mal gusto. También le molestaban sus modales bruscos (mostrar
los granos de maíz mientras come con la boca abierta), sus faltas de ortografía
y que ponga la música a todo volumen. “Debe ser un chancho mestizo, salvaje”.
Una sucesión de
hechos hicieron que las cosas cambien. Un anillo bañado en oro rosa de la
esposa del cerdito ni rico ni pobre despareció de su casa. Las miradas cruzadas
y las sospechas comenzaron a hacerse lugar. No encontraron pruebas, pero
socialmente se culpó al cerdito pobre. Había estado arreglando el techo de la
casa del cerdito ni rico ni pobre.
Otras cosas
empezaron a desaparecer durante la noche. La sociedad de cerdos estaba
preocupada. Escandalizada. Echaron al jefe de la policía. Era un cerdo. Un
cerdo policía. Y decidieron contratar lobos. El oficial Wolfenmalen quedó a
cargo de la comisaría 127. Era famoso por sus dientes y garras afiladas, por su
mal carácter y por tener unos pulmones que podían tirar una casa abajo.
Los lobos
habían rodeado la casa del cerdo pobre. Con un megáfono le insistían para que
saliera, lo amenazaban. El cerdito repetía “soy inocente, hasta que se
demuestre lo contrario”. Y Wolfenmalen
sopló y sopló hasta que la casa derribó. El cerdito pobre salió corriendo y se
metió por la ventana de la casa del cerdito ni rico ni pobre. Este último lo
quería entregar, pero el pobre trabó la puerta y se tragó la llave. “Soy
inocente hasta que se demuestre lo contrario”, les repetía a Wolfenmalen y los
suyos.
La casa de
cerdo ni rico ni pobre era de madera. No tan precaria como la de paja, incluso
algo más resistente. Pero Wolfenmalen aspiró y aspiró arrastrando ovejas,
árboles, cercos inflando sus plumones al máximo. Cuando sopló un remolino salió
de sus fauces y destruyó la casa.
El cerdo pobre
escapó y secuestró al cerdo ni rico ni pobre bajo amenaza (un cuchillo
filoso-filosísimo en la yugular). Se escondieron entre los arbustos. Corrieron
y corrieron. Saltaron un paredón. Hasta que se metieron en la propiedad del
cerdito rico. El mayordomo del cerdito rico, al ver que había intrusos en la
propiedad, soltó a los perros. Los perros se babeaban con sólo pensar dar una
probadita a esa panceta movediza.
Finalmente los chanchos forzaron una puerta y
entraron. Recorrieron la casa en busca de un escondite. Los pasillos eran
interminables, llenos de cuadros, tapices y alfombras lujosas. Estaban
asombrados.
Entraron en un
cuarto y estaba el cerdo rico, leyendo en un sillón. Interrumpió su lectura, se
acomodó el monóculo, y le dijo “¿Qué precisan los señores?”.
“eehh… queremos
aprender un poco acerca de… literatura”. Uno de los cerdos espío el título del
libro que estaba leyendo y mencionó al autor entre otros grandes clásicos como
Honorato de Cerdac, James Joinks y Geoffrey Chanchaucer.
“Qué oportuno”.
El cerdo rico
les explicó acerca de diferentes teorías y posibles lecturas que podían hacer.
Wolfenmalen
amenazaba desde afuera, pero nadie escuchaba nada a través de esos gruesos
muros de piedra. Sus plumones soplaron y
soplaron, aunque no pudieron derribar la casa.
Cuando el cerdo
rico terminó de responder cada una de sus infinitas preguntas. Tocó la campana,
para que el mayordomo los echara.
Los cerdos
fueron a parar a la calle y allí Wolfenmalen los apresó. Al cerdo pobre lo
arrestaron por ladrón y fugitivo, al cerdo ni rico ni pobre por encubrimiento.
Esta es la
historia de los tres cerditos sociales y del autoritario lobo feroz.
Y colorado
colorín, esta historia ha llegado a su fin.
28/8/16
Foto de grupo
Volvió
del velorio. Había soportado todas las provocaciones a las que se expuso. La
muerte de un amigo, el reencuentro con viejos conocidos, los recuerdos que se suscitaban.
La aceptación del hecho parecía tan fácil que lo preocupó. Sabía que, aunque su
tristeza estaba controlada y no tenía mucho ánimo, no se podría dormir con
facilidad. La excepcionalidad de ese día había acumulado infinidad de
impresiones que todavía burbujeaban desordenadas. Buscó fotos viejas, quizás
para imponerse un duelo. Las repasó. Sabía que esa felicidad de juventud irradia
más por los años acumulados que por la imagen misma. Una foto en especial: hacía
30 años, en Córdoba, en la sala de una casa de piedra, con los cinco amigos.
Recordaba el momento de la captura. No estaba pasando un momento
particularmente feliz, aunque ahora parecía que ese viaje había sido mágico. Pero sabía que en esas vacaciones había descubierto algo entre las piedras de la casa. La
certeza, infundada para esa edad, la atemorizante e intensa premonición de la
melancolía. Dejó la foto de nuevo en su álbum. Lamentó que ya no podía sentir nostalgia como antes. Se fue a dormir con los avaros movimientos de una costumbre.
28/7/16
La velada con el señor Pedra
No
pude en ese momento –lo llamo con esa vaguedad temporal porque no fue ni de
mañana ni de tarde ni de noche en la ubicuidad de la luz del aeropuerto, en el
interminable tiempo de la incertidumbre y de la espera- no pude, digo,
comprender nada del señor Pedra. Lo vi en una fila de sillas cercana, de
espaldas, con la cabeza ladeada: podía estar durmiendo, esperando resignado,
pensando en los sucesos cuyas consecuencias nos retenían allí, quizás
recordando algo. No le presté mayor atención, yo estaba cansado -aunque este
verbo me parece ahora que está reservado a una sola persona, Pedra- y me dormí.
Cuando
desperté, fui al baño, demoré un largo rato en los controles para ingresar al
cubículo, salí, y volví a verlo de espaldas en la misma posición. Por un
momento pensé que estaba muerto, y que en la locura generalizada nadie lo
notaba. Lo último que necesitaba era un descubrimiento de aquella naturaleza. Traté
de olvidar el asunto, pero la posibilidad de tener un muerto a unos metros y no
decir nada, pese a mi sopor, me resultaba inquietante, tanto que resolví
aproximarme. No estaba muerto, ni dormido, ni presente. Respiraba con una
frecuencia acusada. Sus ojos no eran tristes ni alegres. Cuando me vio,
demostró una civilidad mesurada y por ello confiable. Ensayó una insignificante
conversación de aeropuerto de la que no recuerdo ni una palabra. Parecía
agotado, pero no tenía intenciones de dormir. El descanso parecía una
alternativa hacía largo tiempo descartada.
Era
diplomático, o representante internacional de algún organismo profesional. Iba
bien vestido, aseado. En su juventud, pero esto lo conjeturé después, había
aprendido a darse una estructura para evitar desarreglos. Pronto, pero esto lo
contaron las noticias, logró resultados en sus estudios, una posición de
certidumbre en su carrera, una familia que se parecía tanto a las otras que
podía ser cualquiera. Ese tipo de abstracciones parecía dominarlo. No distinguía
que el café que tomaba debía ya estar muy frío y distinto al humeante vaso de
cartón que había comprado hacía horas, quizás antes del atentado, cuando no sólo
el café sino todo el lugar y quizás todas las cosas eran distintas. Le hice una
observación sobre su café, a la que respondió con un gesto que todavía se
desvanece en mi memoria, una indiferencia educada y ejecutada con meticulosa imprecisión.
Su posición en la silla también parecía incómoda, abandonada a una indolencia
protegida por unos analgésicos que sacó del bolsillo para tomar mientras
conversábamos.
La
voz unánime de los parlantes anunció que se reanudarían los vuelos. Aproveché
para preguntarle al señor Pedra de dónde venía, hacia dónde iba. No enumeró,
sino que reunió en palabras vagas unos asuntos en apariencia abstractos que lo
habían traído a la ciudad; proyectó con claridad una cargada agenda de
congresos, contratos, reuniones y ponencias que lo requerían en Bruselas y
luego en Zúrich. El horror que se vivía en esos momentos y su consecuente
contratiempo le vedaban los compromisos más próximos. No parecía ansioso, ni
preocupado: mi incertidumbre por la reprogramación de la escala en San Pablo me
pareció pequeña como una vida. Tampoco se mostraba melancólico ni aferrado al
presente ni afectado por él. Una piedra no se pregunta cuáles son las fuerzas
que impulsan su caída ni los planos que detienen su trayectoria. Por eso las
piedras tienen ese aire ausente. Por eso el señor Pedra estaba listo para el
futuro pero no lo esperaba, lo traía un pasado que se perdía detrás.
Lo
saludé y busqué mi vuelo. Ya en San Pablo, mientras esperaba mi conexión, vi
las noticias de un hombre que había sido demorado en el aeropuerto europeo. Era
el señor Pedra. No quedaba claro si era sospechoso de complicidad con el
terrorismo o si había quedado desorientado por el ataque. Se lo consideró tanto
víctima como cómplice, según cómo se dibujaba la línea de su perfil uniendo la
constelación de puntos dispersos que se sabían de él. Una vez en Buenos Aires,
no tuve noticias. Su caso había cobrado interés por el caos de los
acontecimientos. Descubierta su irrelevancia, su historia se perdía. Pude
averiguar que estuvo detenido pocas horas y luego lo dejaron salir. Este
contratiempo le habrá costado perderse otra de sus actividades.
No
lo imagino indignado ni resignado. Lo mismo podía estar en una sala de
interrogaciones que en una sala de espera de un aeropuerto alterado o que en
una mesa navideña de la infancia, llena de regalos y padres vivos y olores a
especias; todas cosas diferentes sólo para quienes recuerdan y ven los matices
de la luz del sol sobre las hojas de los árboles.
Pero
el señor Pedra lo mismo podía durar un día que mil noches. Podía estar en cualquier
lado porque nunca estuvo como estamos nosotros.
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