28/2/17

Jinete de autopistas

                Tuve que ir a Capital por el fin de semana largo de carnaval. Le debía un favor a Franco. Me pidió alojamiento en mi casa en la isla para tomarse unos días de vacaciones, sabiendo que él, su pareja y yo no cabíamos todos juntos, ni en las camas disponibles, ni en sus planes. Le expuse el razonable argumento de la incomodidad, a lo que ofreció la solución que ya tenía planeada: me prestaba su departamento. En definitiva, intercambiábamos domicilio por cuatro días. Acepté sin ganas. Desde que me fui a vivir al Delta mantuve mis vínculos con la ciudad, pero este tipo de situaciones era algo de lo que quería librarme para siempre. No todo era tan malo: Franco, a quien estimo mucho, podía disfrutar de una aventura moderada, y yo revalidaba mi derecho a contar con él, sobre todo para pedirle plata, cosa que ocurría a veces. Además, me convencí de que sería una oportunidad para disfrutar de los lujos de la gran ciudad.
                El sábado acomodé los últimos detalles de la casa, que ya había limpiado, y salí en el bote hacia el puerto de Tigre, donde lo encontraría. Me acerqué por los canales a tierra firme. Los ruidos de insectos y pájaros –a los que Franco confunde con el silencio- fueron cambiando por ruidos de embarcaciones. En el muelle me esperaban Franco y una chica con la que no tuve el espíritu de ser amable ni siquiera cuando me dio las llaves de su auto –me habrá tomado por un isleño huraño y hosco, aunque me crié en Colegiales hasta hace dos años-. Me prometí ser más cortés a la vuelta. Ella –Celina- me dio las llaves del auto, Franco las del departamento. Los ayudé a subir al bote, a ellos y sus infinitas provisiones y equipaje para tan sólo cuatro días. En el auto pensé cómo el asfalto aplastaba un terreno que debió ser similar al exuberante Delta, en algún momento remoto: ahora, bajo el monstruoso peso de la construcción urbana, si alguna desgracia mítica la removiera desde sus cimientos, por debajo de los ladrillos y cemento y caños y túneles de desagüe y cableado y estaciones de subte, debajo de toda esa gran piedra, pensé, sólo habría ciempiés, lombrices y bichos bolita cobijados por su fresca sombra.
                Dejé el auto en la cochera subterránea. Subí. Me habían dejado comida, unas cervezas frías, y unos papeles con contraseñas para acceder a todos sus entretenimientos. Pasé todo el sábado viendo películas, con la persiana baja y el aire acondicionado. A la noche, un ruido medieval llegó desde afuera. Abrí la ventana y me asomé al balcón. Por la calle, allá abajo, pasaba una procesión con antorchas y tambores. La revolución vista desde la ventana, pensé, hasta que recordé que era carnaval y que no era más que un corso: busqué una cerveza y miré el ritual desde arriba, primero irritado por la repetitiva percusión de los tambores, después sosegado por la alucinante repetición de los tambores. Las chicharras de la ciudad, pensé, eufórico, y me sentí, contra todos mis pronósticos, feliz. Cuando terminó la murga se hizo un silencio similar al que acontece cuando se callan los insectos. Todavía alegre, miré el resto del paisaje por la ventana con más atención y descubrí recién en ese momento que el balcón daba a la autopista. Varios carriles suspendidos en el aire, iluminados y vacíos a esa hora. Podía ver el solitario recorrido de algún auto por unos segundos. Atrás de la autopista, otros edificios, con algunas ventanas iluminadas, y encima los tanques de agua, y encima el cielo porteño, escaso de estrellas y enmarcado por la limitada perspectiva de un balcón, pero un cielo nocturno inmenso y unánime. Antes de ir a dormir resolví pasar el resto de los días recorriendo la ciudad como un turista.
                Me desperté el domingo con el entusiasmo de la noche anterior todavía fresco. Me preparé el desayuno y postergué mis paseos para ver otra película. Después demoré mi salida para después del almuerzo. Con la excusa del calor me quedé en el departamento, revisando alternativas para visitar en la comodidad de una pantalla. Después de una siesta, cuando ya me quedaba poco del día, me dije que nada me apuraba, que podía dejar los planes turísticos para el lunes. Esa noche sonó la murga otra vez, pero no salí a mirar, ni me impidió dormir.
                El lunes desperté con calor. Se había apagado el aire acondicionado. Poco tardé en comprender que se había cortado la luz. Era el estímulo perfecto para salir. Tuve que bajar por la escalera los ocho pisos y uno más hasta la cochera, donde descubrí que sin corriente eléctrica no podía abrir el portón. No disponía del auto. Resolví salir caminando, pero un vecino me aconsejó en la puerta de calle que cargara agua: con el corte de luz, la bomba dejaba de funcionar y era cuestión de horas que se vaciara el tanque y nos quedáramos también sin agua. Subí los ocho pisos. El calor era bochornoso. Con fastidio llené de agua los baldes y ollas que encontré. Volví a bajar. La calle estaba vacía, el feriado y el calor no invitaban a exponerse al cemento caldeado. Sabía que podía tomar un colectivo, caminar. Pero el calor y el fastidio me aplastaban. No disponía de la imaginación necesaria para encontrar las alternativas que en cualquier otro momento –el día anterior- se despliegan con claridad: el sol de media mañana me ofuscaba y encandilaba. Volví al departamento, otra vez por la escalera, resignado a una transpiración pegajosa. Pasé el resto del lunes embotado, esperando que vuelva la electricidad. No volvió. A la noche sonó otra vez la murga. Odié a Franco, y en él a Celina y toda la ciudad y este ingrato carnaval. Como estuve dormitando todo el día, no tenía sueño. Comprobé que las cervezas no estaban frías, y cerré rápido la heladera para conservar los alimentos en ese hábitat aislado.
                Solo con ollas de agua, pasé la noche en el balcón. No entendía del todo mi furia. Pese a la incomodidad, estaba acostumbrado a vivir en el Delta con servicios precarios, soportando la humedad. Vivir así en la ciudad, por algún motivo, me sublevaba. En la autopista tampoco había luz. Vi pasar autos que recortaban con sus faros esa cinta oscura, a veces esporádicos, a veces en pequeños grupos, descubriendo la línea punteada de los carriles en el asfalto que los suspendía en el aire. Con el correr de la noche, empecé a sentir vértigo por la inmensidad que pasaba desapercibida en mi retiro en la isla, por la profusión inabarcable de diminutas vidas que cruzaban por la autopista. Cada auto que pasaba iluminando el camino, con sus pasajeros en el interior oscuro, insinuaba historias que se perdían para siempre por el borde del balcón. Insinuaciones perversas, que no me sugerían nada concreto: ni de dónde venían, ni dónde iban, ni quiénes. Y lo mismo me ocurrió con los edificios del otro lado: inmensos bloques oscuros, bajo un cielo milagrosamente más estrellado, contenían algo que era fácil de enumerar –departamentos, propietarios, inquilinos- pero cuya dimensión inmensa me superaba y quebraba todos los cimientos de mi ciudad. Se me cayeron unas lágrimas. Me sentí ridículo, pero me sentía invisible en mi balcón en penumbras, y me dejé llorar. No me sentía así desde la primera vez que vi los lagos del Sur desde el cerro Campanario: como una rotura de diques mentales, la percepción desbordada. Y, en definitiva, sólo una autopista a oscuras, atravesada por conos de luz, moles de hormigón apagadas, el cielo nocturno acechando, un barrio iluminado, exento del corte, allá lejos.
                El día siguiente, martes, me desperté tarde. Acepté el calor, todavía sin corriente, a la espera de volver a la isla, el miércoles. Ya no me importaba mucho la electricidad. Saqué la comida ya descongelada y apenas fría, comí un poco y bajé a ofrecerla a los mendigos, bajo la autopista. No sé por qué lo hice, quizás para evitarle olores a Franco en su vuelta: la idea de que algo se echa a perder es algo citadino, para mí la podredumbre hubiera sido provecho de bacterias. Volví a subir, a encerrarme en ese cubo allá colgando del octavo piso. Me preocupaba cómo despertarme a tiempo la mañana siguiente sin ayuda eléctrica, cómo sacar el auto de la cochera. Tenía que encontrarme con Franco, él tenía que ir directo a su trabajo. Me costó dormir. Pensaba en la rara belleza que había presenciado la noche anterior, el agotamiento que me produjo.

                Me despertó un sonido de bocinas temprano. Supe después que eran los automovilistas que se quejaban cuando se formaban largas colas en el peaje, allí cerca. Franco no usaba nunca despertador, tenía su cantar de gallo todos los días en la autopista. Había vuelto la corriente. La calle bullía abajo, como negando el apagón y los feriados. Pude bañarme, hacer de cuenta que la extrañeza de esos días encerrado era un delirio de un isleño torpe. Tuve tiempo de consultar en internet la sensación de inmensidad que tuve el lunes. Me conformé con una “inadecuación de la imaginación en la estimación estética de magnitudes respecto a la estimación por la razón”: una idea de la razón que reclama algo que la imaginación no puede representar, un fracaso emocionante. En el auto recordé la frase “me movió el piso”. En el muelle saludé a Franco, me pareció magnífico que hubieran pasado unos días excelentes. Me mostré locuaz, expansivo. Incluso le dije a Celina que estaban invitados a venir cuando quisieran a la isla, y saludé a Franco con un abrazo, dándole a entender que mi ofrecimiento era sincero.

24/2/17

A la sombra del desierto

El sol estaba bien alto contra el azul, enorme, luminoso. Nada lo contradecía. Los rayos secaban la tierra, la rajaban, la quebraban. Nunca nadie pude explicarse el crecimiento del sol. Si fue un acercamiento de la tierra o si simplemente creció y terminó siendo insoportable. Ahí estaba ese techo de fuego, ese horno constante que no dejaba pensar, que secó los ríos y los mares. Después de un tiempo ya nadie se preguntó más. Sostener un hilo de pensamiento era una tarea imposible.
Un árbol grueso sin hojas, achaparrado, todavía se mantenía en pie. Frecuentemente ese árbol era motivo de conflicto entre los habitantes del desierto. Más allá de no tener hojas era el punto de descanso, una posta necesaria y fundamental, para atravesar desde las cuevas hasta el cañón que se encontraba entre las mesetas. El piso quemaba, el sol calcinaba. Los hombres improvisaban con sandalias de madera y cuero. Usaban sombreros con hojas. Algunos tenían pieles de animales para taparse. El problema era que estar demasiado cubierto podía llegar a ser también contraproducente.
Había un punto en el que casi imposible dar marcha atrás, sin un descanso previo bajo la sombra del ancho tronco. Para los valientes que seguían tampoco era sencillo avizorar a quienes se aventuraban desde el otro lado. Una mala decisión, un encontronazo se traducía en una pelea a muerte. Si el contrincante no lo mataba lo hacía el sol. Cualquiera que quedara expuesto más de veinte minutos moría.
Alrededor del árbol había varios esqueletos tirados. Nadie se tomaba el trabajo de enterrar los cuerpos. Tampoco se contaba con la energía suficiente. Se achicharraban al sol hasta que no quedaba nada. Los ritos habían quedado atrás.
Todos los hombres sabían que, en algún momento, cuando menos los esperen, les tocaría el duelo. Así que tenía que estar preparados.
Molina estaba por emprender la travesía. Iba a buscar a su hijo mayor, que había salido hace unos días y todavía no había vuelto. Tenía puesto un gorro de plumas de paloma, dos hombreras de cuero, algunas hojas grandes que le envolvían el torso, el taparrabos y unos zapatos de piel. De la cintura le colgaba una bolsa, con piedras. También llevaba una cantimplora cruzada. Dio un paso, después otro y se tambaleó por el mareo. Miró hacia el árbol y le pareció que nunca iba a llegar hasta ahí, pero se frotó las manos y deseó que se alejaran los malos pensamientos. Dio el tercer paso y se adentró al desierto. No dejaba de mirar el árbol y más allá. Tenía que estar preparado para lo peor. Por momentos sentía que caminaba en el lugar. La transpiración le recorría todo el cuerpo. Su cabeza hervía.  Las piernas comenzaron a pesarle, el cuero y las pieles con las que estaba cubierto a pegársele. Tenía la cara repleta de pequeñas gotas de sudor, una al lado de la otra. A cada segundo aparecían más gotas hasta que se juntaban formando una gota mayor que caía por el peso recorriendo desde la sien, pasando por las patillas, hasta el cuello. Algunas caían al piso, formando mínimas bolitas que duraban segundos antes de secarse.
Miraba el árbol tratando de no perder de vista su objetivo, el calor que salía del piso lo deformaba. Por momentos parecía una llama oscura que bailaba en el desierto. De repente tropezó y se golpeó la rodilla contra una piedra. La sangre empezó a brotar. Estuvo unos segundos tirado en el piso, mirando el cielo enmarcado por las plumas de paloma que tenía de sombrero.  Se levantó. Le costaba doblar la rodilla. Rengueaba un poco. Se miraba la pierna. De repente le pareció ver un punto en el horizonte. Trataba de sacarse la transpiración de las pestañas. Se desesperó y apuró el paso. Tenía que llegar antes, ocupar la sombra. La tierra y la transpiración le hacían arder la herida. Casi no doblaba la pierna y, después de andar un poco más, ya le empezaba a molestar la otra por cargar con todo el peso.
A medida que se acercaba el árbol le parecía más real, si es que algo puede ser más o menos real. Se le hacía concreto, sólido, palpable. Estaba ahí y él lo miraba: sus vetas, su rugosidad como si se tratara de un aparecido. Lo primero que hizo fue tirarse a la sombra a descansar unos largos minutos. Abrió la cantimplora y trató de no tomar más que la mitad. Todavía le faltaba un largo trecho. Después se tentó y tocó el árbol. Del lado del sol hervía de caliente, del lado de la sombra estaba tibio. Ahora sí podía mirar en derredor. Aquel punto negro que había visto en el horizonte había desaparecido. No entendía ni cómo ni por qué. Lo más probable es que el desierto o su cabeza le hayan jugado una mala pasada.  Estaba sentado a la sombra. Se fue sacando todo lo que le cubría para poder respirar. Esperaba un viento que le enfríe la transpiración. Recién ahora podía detenerse a mirar el camino que había hecho y el que le faltaba por recorrer. Veía los esqueletos tirados alrededor del árbol, las piedras, una lata roja de gaseosa desteñida por el sol y un cuerpo que por su estado daba la impresión de que su muerte había sido relativamente reciente. Largaba un olor dulce. Se había cocinado y de a poco la carne se iba deshidratando. Nunca llegaban a pudrirse.
Molina se quedó dormido.  Las hormigas tenían el tamaño de caniches. Iban y venían en hilera trayendo unos ramas, verdes, jugosas; otras tenían sandías y melones en el lomo que sujetaban con una pata contra la espalda; las últimas llevaban una ramas blancas que parecían huesos. Una de las hormigas esperó a que pasará la fila y se paró para tomar envión y atacarlo.  Molina atinó a cubrirse y rodar para esquivar el ataque.
Una sombra lo despertó. Vio un hueso en lo alto que tapó el sol y que iba a caer directo sobre su cabeza. Molina le pegó una patada en la pierna izquierda y lo tiró al piso. Después de tumbarlo trató de levantarse, pero le rodilla lastimada no le respondió. Y cayó al piso cerca de dónde estaba quien trató de atacarlo. Los dos quedaron despatarrados por unos segundos. Un humo negro salía del pecho. El sol comenzaba a quemar las pieles que lo cubrían. Molina trató de volver a la sombra arrastrándose. El otro lo detuvo. Los dos gritaban por las quemaduras. Molina agarró  un fémur que estaba cerca y dándose vuelta lo reventó en la cabeza de su contrincante hundiéndole el cráneo. Fue hasta la sombra y se acurrucó tratando de que ninguna parte de su cuerpo quedara expuesta. Miraba el horizonte deformado por los vapores del piso y cada tanto la sangre que rodeaba esa cabeza desconocida. Sentía un nudo en el pecho y ganas de llorar. Era la primera vez que había matado a alguien. Siempre había tenido suerte. Juntó sus manos nervioso y, en silencio, moviendo los labios trató de esbozar una oración. La oración no tenía palabras, no las sabía, la oración era ese acto reflejo latente en su cuerpo, en su memoria. Separó las manos y se sentó junto al tronco.
En el horizonte, cerca de las mesetas, apareció una nube blanca, de contornos redondeados, tan perfecta como la sed.


28/1/17

Las ruinas que vi


            Yo había llegado en avión de madrugada. Me había despertado pataleando poco antes de aterrizar, como sacudido por una descarga. Es un reflejo que tengo a veces, entonces no lo tomé como una premonición onírica en ese momento. Lo único que me inquietaba, como siempre cuando me ocurre el espasmo, era no saber sus dimensiones, si mi sacudón era perceptible para los demás. Miré a los pasajeros vecinos, que me devolvieron una mirada aburrida. En contraste con mi aspecto de turista, iban vestidos con rigurosa homogeneidad de funcionarios.
            Desde la ventana del avión apareció la ciudad entre las nubes. Primero a lo lejos, interrumpiendo la manta rugosa de montaña y selva, se distinguía un valle. Formas geométricas emergiendo de a poco sobre un tablero del mismo color terroso. Todo pegado a la orilla de un mar azul oscuro, apenas veteado de celeste por unos rayos de sol, sobriamente decorado por herrajes de espuma blanca, estáticas.
            La voz de la azafata pidiendo que enderece mi asiento y ajuste el cinturón de seguridad me devolvió al interior del avión, el asiento de adelante, el techo bajo, mis compañeros de fila. Cuando volví a mirar la ciudad tuve que reconcentrarme en lo que se me ofrecía a la vista. Dentro del modesto y azaroso encuadre de la ventana, descontando el campo obstruido por el ala en la parte inferior, descartando la mitad superior de la ventana (que disecaba el interior de una nube), había una parte mínima, todavía recortada por nubes más bajas, en donde podía volver a ver la ciudad, ahora mucho más definida y coloreada. Pude volver mi atención a ese pequeño espectáculo. Podían verse como dibujadas las aristas de los cubos de las casas y de los paralelogramos: un bloque de rascacielos en dominó acomodados con paciencia en la costa. El acercamiento del avión era palpable, ya no había nubes que recortaran el marco, distinguía las delimitaciones de los terrenos, las autopistas y avenidas de esa maqueta ridículamente prolija. Debe haber un efecto óptico que de lejos hace ver una ciudad construida tal como se ve en la proyección de esas maquetas diminutas de los arquitectos. La victoria de una visión controlada sobre el terreno.
            Pasamos los rascacielos, que se ocultaron bajo el ala, y se desplegó una pequeña periferia de casas bajas, lo que supuse barrios pobres, interrumpidos por un río fangoso que volcaba al mar sus sedimentos y lo teñían de un barro oscuro, en el único punto donde el continente visiblemente irrumpía en el agua. Me pareció un símbolo de algo, aunque no supe bien de qué. Después seguían las casas y galpones más espaciados y ya bajábamos al aeropuerto.
            La ciudad estaba vacía, tal como se veía desde el aire. Nadie pisaba las veredas, ni conducía por las calles, ni asomaba por las ventanas. Las palmeras regalaban su sombra de mediodía en estrellas inútiles sobre las baldosas desiertas de la rambla. Ni siquiera palomas había en la fuente de la plaza. ¿Estaría la espuma del mar también inmóvil acá abajo? El taxi me dejó en la puerta del hotel y se volvió en dirección al aeropuerto, como escapando de una peste. El hotel estaba custodiado por dos militares soñolientos que, si es que efectivamente respondieron a mi saludo, lo hicieron con un ahorro de movimientos cercano a la avaricia.
            Me alojé, para mi sorpresa, en el mismo hotel que los burócratas del avión. Imaginé alguna emergencia sanitaria de la que mi agente de viajes jamás me previno. Esperé la camioneta que me trasladara a la playa donde tenía previsto bucear. El conductor se llamaba Carlos. Yo era el único pasajero. No hablamos en el viaje de ida. Tampoco vimos a nadie: un área de servicios abandonada, un puesto de control cerrado al costado de la ruta, selva desmontada por el camino que me llevaba. En el centro de buceo había algunos empleados, yo el único cliente. La excursión fue fascinante. No logré establecer ninguna conversación. Regresé a la camioneta, pasado el mediodía. Emprendimos el retorno al hotel. Carlos todavía no parecía dispuesto a romper el silencio de esa ciudad muerta. La barrera de un control militar nos demoró. Carlos bajó y se dirigió a la casilla. Cuando volvió, se apiadó de mí y me regaló sus primeras palabras: debíamos esperar que revisaran el interior del vehículo. Con el correr de los minutos, pensé que para lograr tal control, primero debían dignarse a aparecer. Sospeché que la casilla estuviera vacía y que las palabras de Carlos fueran parte de un plan. Si era así, no podía manifestarle abiertamente mi desconfianza. Abordé el asunto dándole una vuelta. Le pregunté para qué se custodiaba una ciudad vacía de sus alrededores despoblados.
            Me respondió una historia con detalles que puede resumirse del siguiente modo: por furia de los dioses, o desmonte agrícola tierra adentro, el río fangoso que yo había visto desde el avión había desbordado y sumergido barrios enteros con sus casas y los habitantes que allí se encontraban. Los alrededores de la inundación habían sido desalojados por el ejército para contener las enfermedades que nacieron de los cadáveres del pueblo hundido. Muchos sobrevivientes se marcharon fuera de la ciudad y formaron colonias en la hostilidad de la selva. Se formaron los primeros malones, que bajaron a la ciudad en busca de alimentos y bienes. Los que todavía eran ciudadanos comenzaron a nombrar a los habitantes de estas colonias con una voz indígena kuna, irreproducible para mis competencias, pero que significa pescado, o proveniente del río. Esa designación fue pronto sinónimo de un peligro. Carlos hablaba de las colonias con distancia, como si fueran una peste lejana.
            Revisaron la camioneta y seguimos nuestro camino. Carlos me pidió el snorkel que llevaba en la mano. Me dijo que debía sumergirse en donde había estado su barrio para recuperar algunas cosas de su casa. Le dije que era peligroso y que ya no quedaría nada de valor. Me convenció diciendo que toda su familia había muerto y todos sus recuerdos estaban hundidos, y que recuperar aunque más no fuera un retazo de un objeto cotidiano sería para él no sólo valioso, sino lo único realmente importante que le quedaba. Desconocía si era verdad su historia personal. El snorkel no me importaba, pero no entendía cómo él seguía trabajando y no se había ido para las colonias. Antes de bajar, en la puerta del hotel, le pregunté dónde vivía. Vaciló, miró el snorkel con el que me gané su confianza, y me dijo que había una comunidad viviendo en el Kuna-Mall, un centro comercial de tres pisos. Resistían el desalojo con armas que habían pescado del barrio hundido, como los buscadores de perlas. Aprovechaban que la edificación contaba con dos únicas entradas, trabas interiores en las salidas de emergencia, y prescindía de ventanas. Carlos salía a trabajar por una rendija oculta en la tapia que habían colocado los ocupantes al estacionamiento.
            Incluso bajo el influjo de aventura de la historia de Carlos, caminar la ciudad era desolador. En el hotel me exhortaron a evitar los centros comerciales, sobre todo el Kuna-Mall. Adelanté mi regreso a casa. Cuando subía el avión, pude ver por la ventana el ancho río que tragaba poblaciones, la ciudad costera amurallada desde la colonia, los rascacielos geométricos que, a medida que me alejaba borroneaban sus ventanas. Cuando estuve de vuelta en casa, en mi país, me enteré, mientras tomaba café y palmeaba a mi perro, que el shopping Kuna-Mall había sido incendiado con todos sus habitantes dentro, y que los funcionarios extranjeros habían sido degollados en el mismo hotel que yo había abandonado hacía días. El café me sugirió olor a cuerpo quemado, tuve que abandonarlo. Aflojé la correa de mi perro. Ni siquiera en casa estaba del todo a salvo.

28/12/16

Gnoseología del chiste


“Y quizás no hay nada más enigmático que un pene glorioso,
nada más espectral que una vagina puramente doxológica”
Giorgio Agamben, El cuerpo glorioso.



            De golpe, Pedro despierta. De golpe, porque en algún momento la historia comienza. Y en este punto inicial, suponemos la preexistencia de Pedro. Por lo tanto, la irrupción de Pedro es tranquila para él, que todavía duerme. Pero está a punto de despertar porque suena un grito, Peeedro. Ya nos hacemos una idea.
            Pedro despierta, intuye sin mayores complicaciones que la voz viene de Adriana en la cocina, abajo. Ni siquiera se detiene a desandar el camino del ruido por la puerta entornada, el pasillo hasta la boca de la escalera y allí en un envión hacia abajo, rebotando en la pared para volver hasta la garganta venosa de Adriana. Sin duda es Adriana. Eso lo sabe Pedro (y ahora que conocemos la casa, también nosotros), mientras recuerda que es domingo. Podemos suponer ya el contexto político y, aún así, la intimidad de esta casa.
            Otra vez el cuello de Adriana se hincha para gritar, otra vez el llamado sube como pedo caliente por el hueco de la escalera, se bifurca quizás en el pasillo (pero la historia descarta los caminos alternativos), llega reptando las paredes hasta la puerta entornada y se asoma, pero Pedro lo escucha débil porque una situación inesperada reclama su atención. Tiene una erección tremenda. Puede que sea una pierna gangrenada, pero no. Para asegurarse, se yergue, se frota los ojos, mueve las piernas, las cuenta. Es una erección. De tal magnitud, que Pedro está alborotado: puede ser la excitación, puede ser el pánico. (Abundamos un poco en el asunto para retener la atención sobre esta situación, que es el núcleo del relato). En definitiva, una erección tremenda. El grito de Adriana le llega acolchado, quizás por la sorpresa, quizás por la cefalea que le provoca el coágulo. El sentido de la historia que se fue formando se enfrenta a un quiebre: de ahora en adelante, el conflicto reclama la constatación del desenlace.
            Y Pedro hace lo que tiene que hacer, se enfrenta a su destino de género menor (sigue por el pasillo la huella del grito que ya recorrimos nosotros): se pone una camisa larga hasta los muslos, apenas disimula su empalme (sinónimo español para no repetir “erección”), sale de la habitación, palpando las paredes con las manos, todavía dormido o mareado, acercándose por la escalera al final de la historia.
            Entonces Pedro entra a la cocina sin ser visto, Adriana silbando sobre la mesada, el delantal ofreciendo la espalda descubierta, las piernas desnudas bajo la tela mínima. Pedro se acerca sin ruido porque va descalzo, caminando despacio por el mero gusto de desplazar la resolución, despacio sobre todo para generar incertidumbre, reteniendo la evacuación del final (su lentitud no es un recurso narrativo, de hecho es exasperante). Ahora la tensión sexual es explícita para nosotros: Pedro asoma su pene debajo de un botón de la camisa, se sonríe por las dimensiones de su excitación, con la vista recorre la espalda apenas transpirada, con la mano extendida sorprende un hombro, y antes que Adriana reaccione, acerca sus labios al lóbulo de la oreja de ella y le dice, muy cerquita, una frase que a Adriana le llega envuelta en la respiración caliente que le empaña el aro de plata: mirá, mirá lo que te perdés por ser mi vieja.
            Cualquier reacción inquietante corre por cuenta del lector.



NOTA: El presente es un ejercicio aplicado de Narrativa abstracta, del 28/4/2015

28/11/16

Una visita

            El hombre que me abrió la puerta fue evasivo. Mientras entraba noté que me miraba de costado, no pudiendo evitar cierta curiosidad, aunque enseguida se volvió para el otro lado. Me di vuelta en el pasillo para atraparlo mirándome, pero ya había cerrado la puerta. Me dirigí al centro de la habitación, donde ella estaba acostada. No la conocía. Acaricié su cuerpo sin decir una palabra. El primer contacto tuvo el encanto del descubrimiento. Metí una mano por debajo de la sábana, sentí su pecho, su vientre. Arrastré el revés de la mano, con suavidad, por sus hombros. Después me desnudé mirando hacia la pared, dándole la espalda. Quería cierta intimidad para ese trámite. Me metí en la cama sin mirarla. Después sí, miré de cerca su pelo, le besé el cuello al costado, al lado de un lunar que me gustó. Me subí encima, sosteniéndome con los brazos para no aplastarla con mi peso. Luego empecé la cópula, con cierta torpeza, algo levemente vergonzoso, pero poco a poco sentí cómo los cuerpos se iban acoplando, aunque no demasiado, porque me gusta algo de ese extrañamiento del otro cuerpo. Sin embargo, con la repetición de los movimientos se fue mitigando la rudeza del coito. Allanados los primeros pasos en falso, el baile sexual comenzó a desenvolverse sin contratiempos notorios. Mi transpiración ya mojaba el contacto de nuestras pieles. Me maravillaba que solamente podía sentir las partes de mi cuerpo que eran tocadas por el de ella. Estando yo boca abajo, mis rodillas sentían la rigidez de sus muslos, pero tenía que concentrarme para advertir que mi espalda existía. Eso me distrajo un poco de mi deseo y pasó algún tiempo hasta que me sorprendí pensando en estas cuestiones anodinas, sobre su cuerpo, sobre el apasionante misterio del otro, es decir, pensamientos que a veces tengo cuando me distraigo en un taxi, en una sala de espera. Volví a mi cuerpo como un despertar. Me concentré en sus rasgos y, sobre todo, en sus gestos. Otra vez el deleite de la pelea entre, por un lado, la sincronización amable y, por el otro, los movimientos tímidos, titubeantes frente a un cuerpo desconocido. El encuentro contradictorio de ambas situaciones me llevó a eyacular algo antes de lo previsto. Me quedé unos segundos abrazado a su cuerpo. Si no hubiera sido por la temperatura de su cuerpo, casi podía olvidar que estaba muerta. Me levanté, me vestí otra vez de espaldas a ella, y me fui sin decir palabra, aunque antes me detuve un segundo a ver su cara tensa, su pelo algo alborotado. Caminé por el pasillo blanco y abrí la puerta. El hombre ya no estaba.

25/11/16

La flor violácea del jacarandá

Me crucé con Lin y Chen en un vagón del subte B. En ese momento no sabía sus nombres. Me los dijeron cuando se despidieron. Todo pasó en minutos.
Volvía del trabajo, me acerqué a la puerta para bajarme en Malabia y ahí lo vi sin verlos. Lo miré a Lin, la miré a Chen, y no los reconocí. Fue su mirada, la de él, la que me marcó la pauta de que ellos eran ellos. Cuando se miraron entre sí me di cuenta de que yo era yo. No entendía cómo no los había reconocido. Todos los jueves íbamos a su restaurante a cenar. Todos los jueves se acercaba Chen a tomarnos el pedido. Lin saludaba desde la cocina cuando entrábamos y cuando salíamos. Estaban casados. Chen era la moza. Casi no hablaba español. Le señalábamos lo que queríamos del menú y ella escribía idiogramas en la comanda, siempre sonriendo. Lin era cocinero, pero también hacía las veces de administrador y encargado. Trabajaban con los padres de Lin. La especialidad eran unas empanaditas a la plancha de cerdo y akusay, tofu frito con picles chinos picantes y pollo kun pao. Lo que más se destacaba igual eran las empanaditas. Todos las pedían.
 Lin me preguntó cómo estaba y también a qué me dedicaba. Era la primera vez que intercambiábamos palabras, más que un hola, chau, gracias, o hasta luego. Mentira. Una vez les regalé un libro que había editado. El primer libro que había editado. Le estaba mostrando el libro a mi mujer y Chen se metió en el medio, miraba y miraba. Le aclancé el libro y se lo llevó a la cocina. Era la primera novela de un autor argentino que era chef en Hong Kong. Ellos nunca entendieron que yo era el editor. Traté de explicarles. Chen quería que le dedique el libro. Lo firmé. Más allá del malentendido, se dieron cuenta de que ese objeto tenía un significado especial para nosotros. Ese fue el primer y único libro que autografié.
Salimos de la boca del subte. Lin me dijo que nunca pudieron leer el libro. Que él hablaba bien, le costaba leer, pero que su mujer era un desastre. Nunca dijo desastre. Levantó una mano y negó levemente con la cabeza. Lin obligaba a Chen a ir adelante nuestro. Ella se daba vuelta y me hablaba. Yo lo miraba a Lin pidiendo que me tradujera. “Quiere que le mandes saludos a tu mujer”. Asentí sonriendo. Ella también sonreía, con los ojos, con la boca, tratando de  expresar lo que no podía decir.

Cuando cruzamos Corrientes Lin me preguntó si había vuelto al restaurante. Le dije que dos semanas atrás, pero que no reconocí a nadie. Él agachó un poco la cabeza. En ese momento me confesó que habían vendido el fondo de comercio. Solamente su madre había quedado trabajando con los nuevos dueños. Iban a visitar a sus padres que todavía viven arriba del restaurante. Cruzamos Scalabrini Ortiz y me dijo qué lindos esos árboles, señalando los jacarandás en flor. Había varios a cada lado de Corrientes Eran realmente hermosos y delicados. Me pidió que repitiera la palabra jacarandá. El trató de pronunciarla. Se detuvo mucho en la jota y en la ce. Chen dijo el nombre en Chino. El ruido de los autos no me dejaba escuchar bien. Lin me repitió la palabra que para mí podía ser asfalto, cocodrilo o transeúnte. Me explicó cómo se componía el término: flor-azul-ciruelo. Cuando dijo “flor”, Chen le dio forma de flor a su mano. No sabía si hablábamos del mismo árbol, pero elegí creer que había jacarandás en China y que se llamaban exactamente como decían Lin y Chen. En la esquina nos despedimos. Me dijeron sus nombres y yo les dije el mío y el de mi mujer. 

28/10/16

El ángel del atardecer

                Salí del estudio jurídico. Íbamos a jugar al tenis con uno de mis socios. En el camino comentábamos el caso que le había tocado. Una señora mayor había dañado una obra de arte en un museo. Eso es lo que reclamaba el museo, por lo menos, aunque permitía otras interpretaciones menos comprometidas con el patrimonio, como aquellos que comentaban livianamente que la vieja había hecho una intervención, es decir, había producido arte. Era el primer caso en el país, por lo menos que tuviera lugar en la atención de los medios, pero ya había pasado en España, donde una anciana restauró durante meses, con un criterio muy particular y a escondidas, un fresco antiguo de Cristo en una iglesia; había pasado en Alemania, donde otra señora añosa, en una retrospectiva de arte moderno del siglo XX, frente a la exhibición de una obra en forma de crucigrama, siguió la aparente consigna y completó los casilleros vacíos.
                Mi socio, Mariano, tenía que lidiar con el seguro en favor del museo, nuestro cliente. Además, como la obra era un préstamo por convenio del exterior, tenía que resarcir a la institución propietaria, un museo norteamericano, aunque el pintor fuera noruego. Se veía obligado, por contrato con el seguro, a demandar a la vieja. Nada escapaba a las tareas con las que cualquier abogado serio se enfrenta habitualmente. Pero la particularidad del asunto y su publicidad lo hacían el tema de la semana para nosotros. Además de sentir ambos simpatía por la anciana, recordé que mi amigo, el contador Francisco Lazariaga, me había comentado, con ironía, su enfoque frente a los casos anteriores: los viejos eran la nueva vanguardia. Como Mariano ahora, yo me había reído. Como yo exponía ahora, Francisco se había explicado. Frente al arte callejero, reducido al vandalismo o a cierta decoración no distinta de los anuncios publicitarios; frente a la endogamia del arte contemporáneo de galerías y museos, cada vez más encerrado sobre sí mismo, incomprensible, cuando no risible para los demás; frente a la insipidez de la industria de la cultura, segmentada por consumidor y previsible… la tercera edad tenía algo para decir. Parecía un disparate, pero, según había dicho el contador Lazariaga, decía yo ahora, no era de extrañar que con la extensión de la esperanza de vida se formara un grupo social ocioso y demandante, es decir, un ejército de reserva de artistas. Sólo hacía falta indagar la historia y reconocer que el arte surgía en ciertos grupos emancipados del yugo del trabajo: los brujos paleolíticos, los nobles griegos, algunos hijos de banqueros alemanes, aristócratas argentinos. A Mariano le pareció interesante el planteo porque combinaba una argumentación a la vez verosímil y ridícula, según su parecer.
                -Los jóvenes no entienden nada-, cerré con las palabras de Francisco Lazariaga.
                Terminado el partido de tenis, cuyo resultado no importa, me duché y fui a esperar al auto de Mariano. Cuando él llegó, unos minutos más tarde, me dijo que si la teoría de era cierta, la presunta novedad del arte senil, en sus palabras, no tardaría en incorporarse al mercado. Por las mismas razones: la creciente población de jubilados era un apetecible segmento de consumo, el de mayor potencial de crecimiento. Además de la salud, se vislumbraban nuevas oportunidades. Era cuestión de tiempo para que alguna idea convierta el desconcierto en un negocio. Cuando estábamos llegando a casa, y yo ya pensaba que me había olvidado la raqueta nueva en el vestuario, con la que todavía no había ganado ningún partido, Mariano me dijo que tendría que ser yo el defensor de la señora. Sí, el museo estaba obligado a iniciarle acciones legales, pero no quería dar la imagen de una institución que persigue a sus visitantes más desprotegidos, eso iba en contra de cualquier criterio, sobre todo pensando en los programas de fomento del propio museo y del ministerio a nivel nacional, cuyo objetivo consistía en convocar a la ciudadanía. El mismo ministro había llamado al museo para pedir una solución. La situación podía desencadenar una reacción incontrolable, incluida la temida reducción presupuestaria, siempre al acecho. Me fui a dormir pensando en que no estaría mal, ambos a la vez en el mismo bando pero enfrentados. No tenía por qué preocuparme, Mariano no sería tan necio de ir a buscar en los bolsillos de la vieja, más allá de la formalidad de la denuncia. Era una tarea previsible y además podía seguir de cerca el asunto, que me daba curiosidad. Le mandé un mensaje a Mariano. “No se te ocurra hacerte el gracioso y pedir un embargo o algo parecido, que la cara la pongo yo”.


                Al día siguiente pasé a buscar a Florencia por el hogar de ancianos donde vivía, en la zona de Colegiales. Mientras esperaba en la puerta, no podía hacerme una idea de lo que me iba a encontrar, entonces me dejé sorprender. Las hojas amarillas caídas sobre la vereda daban una sensación de calma, por lo menos en contraste con mis días habituales por el centro. Apareció sola al lado del auto, como esperándome, y me di cuenta que la hubiera imaginado acompañada. Era una señora difícil de describir. Más allá de la edad, no encontré rasgos que pudieran distinguirla. Se desplazaba con soltura y parecía conservar la razón y el criterio de realidad. Esa señora había coloreado la Madonna de Munch con su pintalabios y su maquillaje. Un poco de color en los cachetes, para darle vigor de madre a una figura más bien pálida y mortecina. Mientras íbamos al museo, donde la haría firmar unos papeles de rutina, le comenté que esta acusación era obligatoria para exigir el seguro, que no debía preocuparse ni creer que se enfrentaba a una situación hostil. Parecía creerme, aunque no mostraba el mayor entusiasmo. Estoy acostumbrado a comunicar la situación sin involucrarme en las emociones del cliente, pero esta vez mi trabajo era mostrarme solidario con la vieja. Me hubiera gustado ver en ella una expresión de tranquilidad y agradecimiento que no aparecieron. Me tomaba por lo que en verdad era: un abogado que tenía que cumplir una misión acotada. Le aclaré que, en el peor de los casos, si querían algo de ella, su jubilación era legalmente inembargable porque era su sustento.
                En el museo no la dejaron ver la obra dañada que ella decía no recordar, aunque luego yo insistí en que debía verla en calidad de defensor. Me llevaron solo a un depósito y vi algo magnífico. Un cuadro famoso, valuado en millones, que en su versión original podía conmover. En su estado actual, la figura maquillada de un modo torpe y aniñado, como cuando las nenas juegan a ser grandes. Una tristeza muerta reclamada inútilmente a la vida. Un activo económico severamente dañado. Cuando volví a la oficina, estaba la vieja acompañada por el director del museo, a su lado Mariano, y frente a la mesa, charlando con Mariano, el abogado del seguro, Roberto Z. Un viejo conocido, un depredador. Me preocupé un poco por la vieja. No le sacarían nada, pero podían someterla a ciertas incomodidades, audiencias, embargos, un juicio interminable que quizás yo debía enfrentar sin ver un peso. No podía evitarlo alegando sensatez, cada uno debía ocuparse de su labor. Prefería liquidar el tema lo antes posible. Firmamos los papeles necesarios. Me sorprendió que el documento de identidad de Florencia tenía fecha de expedición de ese mismo año. Lo habría perdido y lo tuvo que renovar, pensé. Florencia tenía 81 años, domicilio en Colegiales. Roberto Z. me miró con una de sus sonrisas, entre cómplice y desafiante. Quizás solo quería incomodarme para después burlarse en alguna de las cenas que a veces nos reúnen.
                Cuando volví al estudio pedí que me averiguaran si Florencia, mi cliente, tenía bienes. Al otro día ya tenía la información. Ella no disponía de propiedades ni bienes, solo una cuenta bancaria vacía donde le depositaban la pensión porque era viuda de un cónsul. No era pobre, Florencia, pero no podrían sacarle mucho. También supe que había vendido a su hija –calculo que en un valor simbólico, ya que la plata no estaba en ninguna cuenta- una casa en el Bajo Belgrano y un departamento en Palermo. Las fechas de venta coincidían con la que yo había visto en su documento. No era raro. La hija la habría visto desvariar un poco, por seguridad habría desplazado la titularidad de los bienes, la habría puesto en un hogar de ancianos razonablemente alegre y cómodo. Le habría cambiado el domicilio a su nueva residencia en Colegiales.
                Ese día me llamaron del hogar “Mañanitas”. Me decían que un huésped quería hablar conmigo. No lo llamaban paciente ni cliente. Fui hasta ahí. No la vi a Florencia porque Rubén me recibió en un banco del jardín frontal, cerca de recepción. Por la puerta abierta podía ver cómo nos miraba la encargada del lugar. Rubén me dijo que Florencia lo había hecho a propósito. Ella misma se lo había confesado. En ese momento la encargada se acercó y me dijo que Rubén estaba cansado, y le pidió que fuera a dormir la siesta.
                -No está bien últimamente. El asunto de Florencia lo tiene un poco perturbado.- Me despidió amablemente.
                Fui perplejo hasta mi auto pisando las hojas secas.
               

                La semana siguiente el asunto estaba resuelto. El seguro había desistido de perseguir a Florencia. El desenlace era razonable. La rapidez, inédita. No me extrañaba que se hubiera resuelto en alguna esfera de poder cuyos engranajes escapan mi comprensión, pero capaces de destrabar situaciones. Florencia tenía que ir a firmar. Y sacarse una foto con el ministro. La fui a buscar a Colegiales. En el camino le comenté que el trámite estaba terminado. Sólo tenía firmar y saludar al ministro. Esperaba que no fuera un problema para ella. Me regaló la primera sonrisa. Después me comentó que estaba preocupada porque a Rubén lo habían llevado al ala más restrictiva del hogar, donde los horarios y el control eran rígidos, las salidas eran muy difíciles. No se explicaba por qué. Me enterneció que en medio de un conflicto millonario y comentado en todo el país y más allá sus preocupaciones siguieran restringidas al perímetro de “Mañanitas”. Llegamos al museo.
                Un funcionario de gobierno quiso sacarme a la vieja, pero Florencia lo rechazó y dijo que estaba conmigo. Amo esos triunfos. Necesitaría uno así contra Mariano. Volver a pensar en el tenis me devolvió a mi rutina de esa semana extraña en la que me sentí el ángel protector de Florencia. Un ángel en traje negro.
                Firmamos los documentos. Florencia saludó al ministro nacional, con tiempo para las fotos. Su representación de vieja inofensiva me pareció impostada. Quizás ya la veía a través de la lente de la cámara, como cualquiera que viera la noticia. Después, parecía eufórica. Le dije que un taxi la iba a llevar de vuelta al hogar, que había sido un placer conocerla. Se negó y me obligó a llevarla.
                -Tenés tiempo. No me vas a dejar irme sola.
                Mientras la acompañaba al auto hice un llamado para aplazar una reunión imaginaria. Mi secretaria estaba acostumbrada, nunca pude hacer ese número sin hablar con alguien real. En el camino le conté un poco mi vida. Cuando por fin la dejaba en la puerta, me pidió que la invitara un café en la esquina. En el hogar no la dejaban comer torta, y además quería aplazar su encuentro con Rubén.


                Mientras esperábamos en la mesa, no parecía prestarme atención. Estaba absorta como una viejita. Hice un esfuerzo por ser cortés, acoplarme a sus tiempos de residencia de ancianos, de hojas amarillas en el cordón de la vereda. Apagué mi teléfono para dedicarle mi atención completa. Cuando llegó el pedido, empezó a contarme todo. El folleto con la exhibición itinerante de Munch. La preparación de una acción radical. Los cálculos: la cesión de las propiedades y el auto a su hija, el cambio de domicilio al hogar, el ocultamiento de sus ahorros que ahora podía volver a depositar en el sistema bancario. Como si hubiera esperado para confesar que ya no hubiera tiempo de cancelar el pedido del café y la torta de chocolate con merengue italiano. Me sentí derrotado. Pero no estaba enojado, me halagaba ser el ángel de ese demonio. Le dije, ya que ella por fin establecía un vínculo de confianza, que al contárselo a Rubén había arriesgado su plan. Al contrario, dijo. Ella le tenía bronca. Entonces preparó una pequeña venganza. Rubén no era bueno con los secretos. Entonces se lo confesó para hacerlo hablar. Sus comentarios cada vez más fantasiosos lo tenían al borde de la mudanza al ala de observación de “Mañanitas”. Ya había pasado algún mes confinado. Esta vez nadie le iba a creer, y su penitencia estaba asegurada.
                Le pregunté cómo se sentía ahora que todo había salido según lo planeado. Me dijo que tenía distintas motivaciones, pero que ya no sabía si lo había hecho como una picardía resonante para llamar la atención como un artista, si lo había hecho como una estrategia para castigar a Rubén y demostrarse su poder, o si simplemente lo había hecho porque era una vieja que ya no tenía nada que hacer, como seguramente el noruego que había hecho el cuadro.
                Me pareció increíble. Se lo quería contar a mi socio Mariano, al depredador Roberto Z. Sobre todo al contador Francisco Luzuriaga para refrendar su teoría. No era el momento. Eran millones. Yo podía quedar como un inocente. Ya habría tiempo. Pero tenía que volver a casa a escribirlo. Me quise despedir otra vez de Florencia, y le dije que la acompañaba los metros que nos separaban de “Mañanitas”. Me dijo que ella no vivía ahí, que ahí vivía Rubén, su amante. Ella ocupaba el departamento de Palermo.

                -Llevame.