25/5/11

Azar



Justo esta semana, en la tantas veces reconocida y fatigada esquina, tuve un encuentro imprevisto –aparentemente- con mis tantas veces vistos cofrades. La noche precedía al fin de semana ocioso, la noche propiciaba el tiempo incierto. Uno de entre el grupo, pudo ser cualquiera, ofreció dirigirnos a un piso vacío a improvisar las horas. En el establecimiento había dardos y blanco en la pared, bebida fría y una barra, cartas, mesa larga y dados. Faltaban mujeres. Bebimos para dilatar la decisión y, antes de deliberar la actividad a realizar, ya me encontraba, quién sabe por qué, lanzando los dados en un grupo reducido pero no selecto, mientras los demás se distraían con los naipes, los dardos o la charla. En nuestro juego, quien había propuesto reunirnos allí, y que por algún motivo nunca supe su nombre, tal vez por el mismo motivo por el cual siempre supe que lo llamaban Yeta, ese sujeto casualmente ganaba la partida de dados. Casual, pero categóricamente, digo, porque nunca había visto que alguien sacara en cada primer golpe una escalera, un full house, un poker, una generala –es decir, una generala servida, que significaba la victoria y obligaba a reiniciar el juego. Tanta era su buena racha, coincidencia de cifras favorables, que casi nos vimos obligados a reconocer la magia de su muñeca, a no ser porque en contadas ocasiones había demostrado todo lo contrario, una suerte adversa, expansiva además a todos quienes lo acompañaban al casino, una mala fortuna por la cual había perdido alguna plata, por la que había hecho perder presumiblemente mucha plata a sus compañeros, y por la que se había ganado el mote de Yeta.
En esa noche, tal vez perplejo por la tenacidad con la que se imponían las bajas probabilidades a su favor, el verborrágico Yeta callaba. Un contrincante, que se encontraba en ese momento comprometido en sus apuestas, dijo al pasar que la repentina suerte del desafortunado se debía a una imbricada justicia divina, lo que derivó en una suave polémica entre jugadores, aunque no interrumpió ni la bebida ni el juego. Todos los implicados invocábamos, algunos risueños y otros biliosos, una multiplicidad de causas simultáneamente irreductibles e imposibles de aislar. Hasta que otro tahúr logró accidentalmente una jugada formidable y sugirió que la mano de los dioses estaba librada al azar. A este punto la bebida ya había corrido por cauces certeros, y la conversación se tornó súbitamente tan relevante como el juego, a lo que los hablantes más pertinaces dieron sus espontáneos pareceres, hasta que Yeta zanjó el asunto con una temeraria ocurrencia de la cual, posteriormente consultado, no sabía reconocer su origen más allá de la inspiración: dijo que, si el dictamen divino procedía de probabilidades, detrás de los dioses debía haber otros dioses hasta el infinito, o hasta el Uno, que dispusieran de qué lado debía caer la moneda en última instancia.
Mientras nosotros bebíamos y jugábamos y disertábamos, y antes y después, los dioses supremos que calibran los dados, que saben infinitas formas de nombrar el azar, crean una eterna cadena de casualidades que, justamente, por no tener fin, es idéntica en magnitud e intensidad al golpe de dados ejecutado por el cubilete macilento de Yeta en un tapiz desgastado, cubierto de ceniza de cigarrillo, en un abril porteño. Una eternidad igual a girar en la esquina y descubrir que siempre está la misma calle, no por necesidad, sino por costumbre.

2 comentarios:

Torri dijo...

Iba a decir que Arlt y Borges se chocaron en una esquina, después que unos amigos de Arlt llevaron de timba a Borges, después que Arlt y Borges tuvieron un hijo que admira a su tío Bioy, pero al final me decidí por no decir nada más que me encantó.

Anónimo dijo...

Si no me acuerdo mal, esto lo leí en la revista El Hogar con la firma de Borges. Chorros!