29/6/17

La aventura del deseo que se muerde la cola

            Tomaba el café ya cambiado, de pie, acercándose a la puerta. No expresaba apuro, pero siempre estaba visiblemente ansioso. Su familia sabía que de todas formas, aunque terminara el último sorbo con el auto ya encendido en el garaje y cargado con su abrigo y maletín, debía volver a dejar la taza a la bacha de la cocina. Cuando eso sucedía sus hijos, ya alistados, sabían que tenían que apurar la chocolatada, mientras la madre les besaba la cabeza y les acercaba la mochila. Darío, liberado de la taza, esperaba amable con la mano en el picaporte, pero paciente con sus hijos. Cuando se presentaban a su lado para salir, abría, los dejaba pasar y besaba a su esposa, se deseaban un buen día de trabajo. Darío ubicaba a los niños en sus asientos mientras abría el portón eléctrico y subía con el motor ya listo para salir. Encendía la radio y buscaba las noticias hasta que sus hijos, sobre todo Guadalupe, la mayor, le pedía alguna música infantil. Darío hacía el simulacro de ceder, lo mismo le molestaban las noticias que la música. Dejaba que Guadalupe eligiera en la pantalla, y recorría con su elección las veinte cuadras que lo separaban de la escuela. Una vez solo, apagaba el sonido y enfilaba al trabajo. No le molestaban los semáforos,  disfrutaba con el placer de demorar la entrada a la autopista. Subía la rampa sin apuro, degustando el ingreso a la ruta, sintiendo ese cambio espacial entre calles interrumpidas por el uso del freno y la relajación del pie en el acelerador de la autopista fluida.
            Pensaba un poco en el trabajo del día, en los quehaceres domésticos a la vuelta, en la situación de sus hijos, alguna salida distendida con su esposa. Y poco a poco, con el correr del viaje, podía ir apreciando el peso de la velocidad del auto, el correr de la línea punteada sobre el gris fijo del asfalto, las velocidades desiguales de los vehículos, la oleada que iba en sentido contrario, a la izquierda, del otro lado de la valla de protección del camino. Ese gusto del viaje que era su placer permitido de cada día laboral. Por eso iba sin música ni noticias. Para experimentarlo mejor, sin distracciones.
            A la vuelta, cansado, se abandonaba a esa maravilla regular que es la hora pico, infinitas luces hacia ambos lados, compartiendo ese corredor que surcaba la ciudad, para luego perderse cada cual en una parcela de espacio distinta. La cabina fija del auto y los barrios desplazándose del parabrisas a las ventanas. Olvidaba preocupaciones, se dejaba arrullar por ese espectáculo. Renovaba su entusiasmo para volver a casa, compartir con su mujer, atender las inquietudes de Guadalupe, cuya mente de niña de siete años bullía en preguntas, descubrir que Manuel, que hacía tan poco ni hablaba, ahora a los tres años ocupaba un lugar de peso en las conversaciones. El recorrido de la vuelta del trabajo, generalmente más lento que el de la ida, ayudaba a Darío a olvidar frustraciones y a considerar que su vida estaba bien. Y mientras se demoraba más la vuelta, congestionada la bajada de la autopista, sentía que estaba más que bien, es decir, la evaluación que hacía se cargaba de emociones positivas, se embargaba recordando preguntas incisivas de Guadalupe, reía solo por los gestos del pequeño Manuel, saboreaba por adelantado el beso que le daría a su mujer. Se imaginaba, mientras manejaba, ya más cerca, los ojos despiertos de su mujer envolviendo con su mirada cálida a sus hijos, y él presente en la plácida escena junto a la mesa. Es decir, distraída la mirada en el parabrisas, veía a un hombre que veía a una familia.
            Tanto era el solaz de los viajes en auto, solo, sin música, que los esperaba con ansias. Por eso preparaba el motor, apuraba el café. No quería arruinar la placidez de los desayunos, de hecho le dejaban un grato sabor en el auto, mientras iba a la oficina. Pero no se permitía extenderlos ni abandonarse a ellos en el momento, sino que deseaba los desayunos familiares para llevárselos como recuerdo y como imagen a la soledad del auto, donde parecía que un autómata conducía el vehículo a través del dominio del parabrisas mientras la mente se perdía en una visión de vidriera hasta que un detalle del camino o un llamado de atención recompusiera el camino frente a sus ojos.
            Esperaba esos viajes. En su casa. Durante los momentos apasionados de los encuentros sexuales, que habían logrado mantener con ímpetu, al abrigo de las exigencias de padres, Darío anticipaba su próximo viaje, como el amante que anhela un cigarrillo o el comensal que codicia el postre. En las reuniones sociales, en las que se mantenía cordial pero desinteresado. En los momentos compartidos con sus hijos, que disfrutaba, pero con una sonrisa ausente, deseando la sonrisa amplia que les dedicaba a sus hijos en el auto. Entendió que los viajes pasaron a ser algo deseable, cuya espera desplazaba su presencia entera de otros momentos. Lo veían distante. Serían las responsabilidades, el cansancio, el desánimo, pensaban en su entorno.
            Incluso durante los viajes, cuando algún accidente cercano demoraba el tránsito y extendía el recorrido, en la larga espera se distraía pensando en futuros viajes. En esa postergación no podía exprimir todo el placer del viaje. Entonces, a veces, se pasaba de su bajada en la autopista y continuaba unos kilómetros, para imponerse el disfrute, y después daba la vuelta y finalmente llegaba a destino. Como una adicción, a veces dejaba de ser un momento grato y pasaba a ser un ansia. Aunque le parecía ridículo que echara a perder el placer de un viaje presente por la previsión de uno futuro, aunque le llamara la atención que sobre todo en los viajes más largos por los embotellamientos se distrajera y tuviera que extenderlos con rodeos, no modificaba sus hábitos: los extremaba.
            Pensó en multas inexplicables, kilómetros afuera del recorrido razonable. Temió remolques obligados por una falla técnica en parajes inverosímiles. Imaginó lo que imaginaría su esposa, su jefe, si se enteraran de su posición geográfica cuando ampliaba su recorrido, sin explicación aparente, por el hecho de querer cada vez más, sin disfrutarlo ya, sólo manejando compulsivamente. Viendo el resto de los vehículos de a montones que lo complacían pero también le daban asco en la inmensidad rutinaria de desplazamientos. Y pensaba que esta afición le hacía mal, que debía cambiar de vida, pero esa reflexión requería de ese espacio quieto del interior de un auto desplazándose. El malestar era el precio que debía pagar cualquier adicción. Este reproche le duraba poco, y ya retomando el camino que lo llevaba a la oficina, que lo devolvía finalmente a su casa, se regocijaba en las conjeturas a las que podría dar lugar: encuentros con amantes en barrios desconocidos, asuntos ilegales en galpones ciegos, al lado de la autopista. Pensaba en lo que podrían pensar los demás, desde su asiento del auto, y este entretenimiento le devolvía el placer y las ganas de seguir manejando.
            Y volvía a su casa, donde era feliz, pero sobre todo era feliz porque podía rememorar esa felicidad en el siguiente viaje. Y volvía al trabajo, donde se sentía a gusto, pero sobre todo porque tenía presente que a la vuelta iba a tener ese espacio demasiado largo hasta su casa, ese tiempo que se expandía.


            Fueron meses intensos, previos al derrumbe que se avecinaba en su trabajo, en su familia, que acaso le quitaría el sosiego de esa estructura de viajes de ida y vuelta al trabajo de un padre de familia.

26/6/17

Cardumen

Miro las nubes, los árboles.
Los brazos me caen hacia los lados.
rayos de sol motean mis manos,
las hojas dibujan sombras en las muñecas.
Nervaduras, moradas, aparecen debajo de la epidermis, subterráneas,
alimentan mis pelos.
los pulmones se hinchan, abren las costillas, se cierran y vuelven a abrir,
una
y otra
y otra vez
(me sofoco).
Siento la humedad del piso, las rodillas que se hunden, los mosquitos zumbando.
En el cielo cardúmenes de aviones se dispersan y vuelven a juntar con la inercia de las carpas.
Sueltan bombas, flotan.
La tierra tiembla.
El calor inunda la selva marchitando las hojas, quemando las palmeras.
Me acerco al río,
Me acuesto
veo los peces anaranjados entre los juncos,
sus aletas traslúcidas.
Apoyo mi cara en las palmas de las manos,
Brota agua de mis párpados, temo que se me estén derritiendo los ojos.
Hundo la cara entre mis manos,
La sostengo como una máscara de carnaval,

para que no se caiga en el barro.

1/6/17

robe de chambre

Hace unos días murió papá,
Leía acostado sobre el sillón de terciopelo gris.
Murió en pijama, contenido por su robe de chambre
Con los pies desnudos, con las uñas crecidas, sucias, apuntando al cielo
(los dedos y los empeines cubiertos de gruesos pelos negros).
El diario quedó sobre su torso, tapándole la boca y parte  de la nariz.
La corriente hacía vibrar las hojas mínimamente,
parecía que todavía respiraba.
Después se deslizó como un pedazo de seda.
Su brazo izquierdo cayó, rígido, rozando la alfombra con los nudillos.
Barras amarillas de luz se plasmaban en el piso,
envueltas por la sombra de la enredadera,
se quebraban sobre la mesa ratona
y volvían a quebrarse sobre el otro sillón.

Mamá en la cocina,
 apretaba los párpados,
Contraía los labios
Chirriaba los dientes
Las lágrimas le dibujaban los pómulos.
Y después hundía la cara en el delantal.
Llamaba por teléfono, cortaba,
llamaba y cortaba sin decir
una palabra.

Papá no respiraba
estaba azul.
no respiraba
azul, como la bandera de Francia.
De todas formas, giró la cabeza, abrió los párpados

Y me dijo: “estoy muerto”.

28/5/17

Bilis

            Parece que tengo un problema con mi ira, o con la administración de mi ira. No es que estoy más irritable ahora que antes. Enojarme no es para nada una emoción nueva. Al contrario, cuando estoy al borde de la furia, me conecto con situaciones similares del pasado. Ya de joven tenía arranques tremendos. La novedad es que ahora le estoy prestando atención al tema. Cuando estoy entrando al terreno de la bronca me doy cuenta. Entonces es más fácil detenerse a tiempo, pensar más sereno, tomar distancia, reírse de uno mismo: la vida no se arregla, pero me evito la mala sangre. A veces.
            Otras veces, claro, aunque vea que estoy recayendo, no me importa, porque tengo unas ganas tremendas de enojarme como un desquiciado. Enfurecerme cada vez más. Eso requiere conservar un ambiente, no dejarse persuadir por la calma. (Como cuando el empleado del banco o el conductor de al lado pide disculpas. Eso me frustra. Necesito pensar que el otro disfruta con su acción si quiero enfurecerme. Entonces tengo que aceptar las disculpas y quedarme con el insulto atragantado. La frustración es chata, me quedo con las ganas de enojarme.)
            Me habían recomendado un médico famoso, de métodos excéntricos, que lograba curar dolencias en una sola visita. Entre su clientela se contaban deportistas profesionales, personas adineradas. Sin mucha esperanza, fui. Estaba dispuesto a cualquier cosa con tal de sacarme el dolor de espalda. El médico me atendió, me aplicó unos golpes ridículos, después unas ventosas –que no eran más que unas sopapas en la piel- y en menos de cinco minutos me despidió diciendo que ya estaba curado. No tardé mucho en volver a sentir dolor. Eso me molestó, por supuesto. Después, calculé los ingresos del médico, multiplicando lo que me había cobrado a mí por una jornada completa con turnos de cinco minutos. Ahora, además del dolor de espaldas, me hervía la sangre. Aunque sabía que la ira no me iba a servir, no lo podía evitar, y estuve todo un día dominado por un ruido interno que no me dejaba ni pensar ni concentrarme en mis cosas. Eso es lo que conté en el café a mis amigos el domingo, para desahogarme y para lastimar la reputación del médico. No podía entender cómo seguía atendiendo una clientela tan nutrida. Mis amigos no lo tomaron muy en serio. Destacaron casos de éxito de ese médico en conocidos nuestros. Aunque, claro, la curación no estuviera garantizada para todos. Era posible que muchos optimistas se sugestionaran y encontraran satisfactoria la experiencia, por más que no tuvieran resultados tangibles. O que quienes se sintieran decepcionados no lo comentaran para no pasar por tontos, dados los elevados honorarios que habían pagado. Y aquellos que, como yo, se quejaban con furia, eran tomados por insatisfechos crónicos, personas irritables y paranoicas, exageradas. Es decir, no eran tenidos en cuenta: la conversación me demostraba que mi punto de vista no importaba, se lo tomaban con gracia. Mis amigos celebraron la genialidad del médico: concluyeron que su reputación y negocio estaban asegurados. Este enfoque no me devolvió la plata ni me curó el dolor de espalda, pero me calmó. Con el correr de los minutos, pude ir viendo desde afuera mi bronca, cómo se desvanecía. Me quedaba el descontento por no poder evitar ese día de furia.

            Volví a casa, más relajado. Es raro que un domingo esté de buen humor, pero cuando pasa no pregunto, acepto. Hace rato que no me planteo por qué de golpe me siento tan a gusto, como si todo encajara: lo contrario de los remolinos de la ira. Ese día ni siquiera barrí el patio, dejé que los platos del desayuno se queden mansos en la mesa, sin levantar, con las migas desbordando hasta el individual. No le pasé el trapo al círculo mojado de café con leche que dejó la base de una taza sobre el vidrio de la mesa. El orden podía esperar. Fui a buscar un vaso de agua a la cocina. Encontré, sobre la mesada, la punta pequeña que se le recorta a un sachet cuando se abre. Es típico de mi hija, no tirar esa punta a la basura, dejarlo tirado, como si por su tamaño no existiera. Es el único de los desórdenes de mi hija que no me molesta, creo. Ni ese día, ni nunca, a diferencia de las zapatillas tiradas o la mochila del colegio en el sillón. Pero las puntas del sachet no me molestan. Tan tranquilo estaba que pude pensar en eso. Qué curioso, pensé ¿Por qué no me molestará? No lo concibo, no tiene sentido: es el tipo de cosas que deberían fastidiarme. Y mucho. Odio esto de no entender mis enojos. Me vuelve loco.

4/5/17

Koch

Koch diría: "Un atardecer puede ocultar otro; y una sombra, todo un nido de sombras".
Y sacaría de su poema:
una casa puede ocultar una cárcel y esa cárcel una casa a su vez.
una mujer puede ocultar una niña y una niña a una mujer.
un recuerdo puede esconder otro y otro y otro más, hasta deformarlo
un juego puede ocultar una tortura; una caricia, el abuso, 
un monstruo puede ocultar otro monstruo y este a otro monstruo más pequeño
(vil, abrumadoramente cotidiano).
nada más inexorable que la ira de lo inanimado
nada más, Hugo
nada más ruin que golpearse el meñique con la pata de una silla
la maldad está en los objetos
la bondad también
¿pero de dónde salen esos impulsos?
la revolución nace de una semilla, sale
de la tierra, emerge
como una planta de lava
son palabras, no más que
palabras, que todo lo arrastran,
todo lo queman,
todo lo vivifican. 

28/3/17

El souvenir maldito

            Era el último día, el último atardecer. Volvimos con los últimos destellos del cielo, las primeras luces en la avenida y en los morros. Quise mirar por última vez la playa de Ipanema y los islotes que sobresalen del mar, como una despedida. Sentí un paisaje hermoso pero indiferente, que podía prescindir de mí. Reforzó esa impresión la visión de los últimos nadadores abajo en el agua, de los deportistas corriendo en la avenida, y más cerca, sobre los íntimos mosaicos de la rambla, blancos y negros, los vendedores quietos, los turistas caminantes, los regulares puestos de bebidas. Todo similar a días anteriores y a presumibles futuros días, ya extranjeros.
            Rodeamos el fuerte que interrumpe la playa y desembocamos en Copacabana, reconocible por sus mosaicos ondulantes (“Oigo esas fuentes murmurantes”, recordé el verso de la canción de Ary Barroso). Recorrimos una feria de puestos en el centro del boulevard de la Avenida Atlántica. Ofrecían recuerdos de Río de Janeiro. No todos eran iguales, pero no era difícil apreciar que había una limitada variedad de tenderos que se repetían con las mismas mercancías a la venta. Ropa, pinturas, chucherías, todo alusivo a la Ciudad Maravillosa. Con indulgencia soporté los motivos chillones de las acuarelas. Eché una rápida ojeada de desprecio universitario a los souvenirs de un puesto. Imaginé un inmenso galpón en Asia produciendo alternativamente llaveros del Cristo Redentor, luego de la Estatua de la Libertad y en el último turno de la Torre Eiffel, luego embalados de a miles y enviados a cada destino. Una señora sentada, de edad incierta pero avanzada, me devolvió una mirada larga y antigua. Conjeturé que era la mirada sabia y paciente de una vendedora que podía reconocer al turista que no va a consumir. Continué por la rambla de diseño en ondas, hasta que vi en un borde unos mosaicos sueltos, levantados por una raíz. Tomé uno blanco y uno negro y me los llevé como recuerdo, piezas del enorme rompecabezas que era la seña de Copacabana. En el hotel, puse los mosaicos dentro del equipaje y emprendimos el regreso a Buenos Aires.
            Cuando desarmé la valija en casa, al verlos, recordé que los había olvidado, y pensé que mis vacaciones de hacía unas horas eran ya lejanas y pertenecían a otro orden de cosas. Abrí la bolsa que los protegía y, al tocarlos con mi mano, los mosaicos tuvieron en mí un efecto maldito: de repente, tuve la visión entera de las veredas de Río de Janeiro. Inútil enumerar lo que vi, abstraer algunas regularidades sería retacear la visión. Cada turista, cada pisada, los mosaicos ondulantes, la mirada de la vieja como un conjuro, cada momento del día, cada lugar contemplados en un horror sin rumbo. No sentía el calor, ni la humedad, ni la fatiga, sino que era testigo obligado de nimiedades infinitas que se extendían a lo lejos y en las horas y se volvían nítidas y densas en instantes cada vez más laxos. Pasado el primer estupor, quise salir del letargo: no pude. No había límite a lo lejos, siempre podía alejarme más; no había límite en lo cercano, el tiempo y el espacio se fraccionaban sin desmayo.
            Un sacudón me devolvió a mi departamento de Buenos Aires. Mi mujer, creyendo que era víctima de una descarga eléctrica, me salvó con un golpe. Los mosaicos rodaron por el piso. Mi estado alucinado no había durado, para el tiempo de ella, más que un relámpago. Tardé en explicarle mi visión y, sobre todo, por qué había sido tan monstruosa.
-Como un horror al vacío, pero al revés-, me dijo. Me pareció que capturaba algo de lo que me había pasado. Lamenté no saber latín.
            Esa noche pensé en los mosaicos, después de tirarlos con una pala en la basura. Pensé en lo que dice Guillermo Martínez de la diferencia entra una pieza de rompecabezas y un mosaico. Un rompecabezas compone una figura desconocida y única, según calzan sus piezas distintas. Un mosaico, en cambio, contiene en su diseño todo el contenido posible del dibujo. Incluso en las veredas compuestas por dibujos de dos colores, concluí, todos los dibujos posibles están contenidos en una pieza de cada color. Desconozco el golpe de magia que me condujo a ese viaje al horror lleno, pero no quisiera volver a cruzar la mirada cargada de esa vendedora.

            Más relajado, al otro día, llegué a pensar que más me hubiera convenido comprar un destapador con la forma del Pan de Azúcar, o una acuarela de casas atiborradas en un morro custodiado por el Cristo, algo que indicara por dónde iniciar un reconocimiento, una imaginario estable de una ciudad. Después, mirando las fotos, pude tranquilizarme, contemplando a dos turistas exóticos en las playas de Río, uno de ellos –yo- inconfundible por el color camarón chillón de su piel bajo los rayos tropicales.

Las liebres

Está todo oscuro y borroso. Veo una luz que después es una lámpara y esa lámpara ilumina una mesa. Hay alguien con un delantal trabajando. No puedo ver bien qué está haciendo, pero sí veo su codo derecho que sobresale de su espalda, como si estuviera tirando de un piolín con la mano. Me cuesta mucho enfocar. Cierro los párpados con fuerza y los vuelvo a abrir. Mis ojos quieren permanecer cerrados. Cada parpadeo se hace eterno, lento y pesado. Abro los ojos y veo unos borceguíes de cuero enfrente mío, a tan solo unos centímetros. El hombre del delantal se agacha en cuclillas, pero no llego a distinguir los rasgos con nitidez. Su cara es un plato difuso. Ve que estoy despierto. Me arremanga la camisa. Tiene un frasquito en la mano izquierda, lo pincha con una jeringa, la carga. Con un algodón limpia la parte opuesta al codo y tantea buscando la vena para la punción. Cuando la siente da el pinchazo con firmeza.
Miro la luz y la mesa. Me parece que hay alguien recostado ahí. Un pie sobresale, irrumpe como la proa de un barco entre el oleaje.  La sala comienza a teñirse de azul, los contornos se vuelven difusos, imprecisos. Miro la luz que viene hacia a mí y estalla en mis pestañas. Hay perlas de agua posadas que se cargan de esos rayos y proyectan nuevos rayos ínfimos y filosos de colores hacia todos lados.
Abro los ojos. Estoy encerrado en un cuarto a oscuras, pero parece de día.  Algo de esa luz nacarada se cuela entre las maderas que tapian la ventana. Tengo a alguien enfrente. Está inconsciente. Trato de moverme y no puedo. No sé qué hago acá. Qué pasó. Recuerdo que habíamos salido a cazar, los galgos corrían a toda velocidad, uno persiguiendo a la liebre y dos acortando camino, describiendo un gran semicírculo para cruzarla a la carrera. Uno le tiró un tarascón haciéndola irse de cola. En el aire la liebre trató de redirigir el rumbo y pudo cambiar de dirección. Trataron de volver a emboscarla. Habían achicado la distancia. Uno de los galgos pasó de largo, la rozó mínimamente, y chocó contra el que venía persiguiéndola de atrás. Con ese rozamiento le hizo perder el equilibrio. El tercer galgo la agarró mal parada, la atrapó  y le clavó los colmillos hasta que terminó colgando de su hocico, exangüe.
Hay manchas  de humedad en el techo. Cerca de la ventana había, un sillón de caña rota, sin almohadón, una manguera enrollada y un baúl chico de cuero agrietado. Me duelen los huesos de estar sentado y atado, pero no los termino de sentir. Por momentos pienso que es el cuerpo de alguien más. Me miro los dedos del pie derecho, trato de moverlos. No puedo. Cuando pruebo con el izquierdo veo que el dedo gordo lo hace mínimamente. Después me caigo de costado y la cabeza golpea contra el piso. Siento el loza fría en la cara. Veo la habitación torcida. Se me cierran los ojos. Las liebres. Siete. Siete liebres en total. Las cargamos en la caja junto a los perros y volvimos para el puesto.  Recuerdo tomar un mate y volver a salir. ¿Qué pasó después?
Una luz blanca, intensa, iluminaba un cuerpo desnudo sobre la mesa. Primero una pequeña incisión. El bisturí era arrastrado con delicadeza y dejaba a su paso una estela roja que se abría y dejaba ver la carne, dividiendo la piel en dos orillas.

Varias pinzas sostenían el vientre abierto, mientras el hombre en bata revisaba los órganos dañados y hacía pequeñas suturas. El pulso era bajo, la respiración lenta, pero parecía estable. Los cortes estaban hechos a temperatura, por lo que el sangrado era poco. De todas formas, cuando hacía falta involucraba una bomba para retirar el exceso que complicaba la intervención. “Ya casi está listo”. Se secaba la frente dándose pequeños golpecitos con un lienzo. El cuerpo sedado, inconsciente, se empezó a mover, débil, casi de forma involuntaria. Haciendo un gran esfuerzo pidió agua. Todavía no podía tomar nada, pero la cantidad de horas sin sentir humedad en la boca y en la garganta le daba una falsa sensación de sed, ya que tenía el suero conectado en el brazo.

28/2/17

Jinete de autopistas

                Tuve que ir a Capital por el fin de semana largo de carnaval. Le debía un favor a Franco. Me pidió alojamiento en mi casa en la isla para tomarse unos días de vacaciones, sabiendo que él, su pareja y yo no cabíamos todos juntos, ni en las camas disponibles, ni en sus planes. Le expuse el razonable argumento de la incomodidad, a lo que ofreció la solución que ya tenía planeada: me prestaba su departamento. En definitiva, intercambiábamos domicilio por cuatro días. Acepté sin ganas. Desde que me fui a vivir al Delta mantuve mis vínculos con la ciudad, pero este tipo de situaciones era algo de lo que quería librarme para siempre. No todo era tan malo: Franco, a quien estimo mucho, podía disfrutar de una aventura moderada, y yo revalidaba mi derecho a contar con él, sobre todo para pedirle plata, cosa que ocurría a veces. Además, me convencí de que sería una oportunidad para disfrutar de los lujos de la gran ciudad.
                El sábado acomodé los últimos detalles de la casa, que ya había limpiado, y salí en el bote hacia el puerto de Tigre, donde lo encontraría. Me acerqué por los canales a tierra firme. Los ruidos de insectos y pájaros –a los que Franco confunde con el silencio- fueron cambiando por ruidos de embarcaciones. En el muelle me esperaban Franco y una chica con la que no tuve el espíritu de ser amable ni siquiera cuando me dio las llaves de su auto –me habrá tomado por un isleño huraño y hosco, aunque me crié en Colegiales hasta hace dos años-. Me prometí ser más cortés a la vuelta. Ella –Celina- me dio las llaves del auto, Franco las del departamento. Los ayudé a subir al bote, a ellos y sus infinitas provisiones y equipaje para tan sólo cuatro días. En el auto pensé cómo el asfalto aplastaba un terreno que debió ser similar al exuberante Delta, en algún momento remoto: ahora, bajo el monstruoso peso de la construcción urbana, si alguna desgracia mítica la removiera desde sus cimientos, por debajo de los ladrillos y cemento y caños y túneles de desagüe y cableado y estaciones de subte, debajo de toda esa gran piedra, pensé, sólo habría ciempiés, lombrices y bichos bolita cobijados por su fresca sombra.
                Dejé el auto en la cochera subterránea. Subí. Me habían dejado comida, unas cervezas frías, y unos papeles con contraseñas para acceder a todos sus entretenimientos. Pasé todo el sábado viendo películas, con la persiana baja y el aire acondicionado. A la noche, un ruido medieval llegó desde afuera. Abrí la ventana y me asomé al balcón. Por la calle, allá abajo, pasaba una procesión con antorchas y tambores. La revolución vista desde la ventana, pensé, hasta que recordé que era carnaval y que no era más que un corso: busqué una cerveza y miré el ritual desde arriba, primero irritado por la repetitiva percusión de los tambores, después sosegado por la alucinante repetición de los tambores. Las chicharras de la ciudad, pensé, eufórico, y me sentí, contra todos mis pronósticos, feliz. Cuando terminó la murga se hizo un silencio similar al que acontece cuando se callan los insectos. Todavía alegre, miré el resto del paisaje por la ventana con más atención y descubrí recién en ese momento que el balcón daba a la autopista. Varios carriles suspendidos en el aire, iluminados y vacíos a esa hora. Podía ver el solitario recorrido de algún auto por unos segundos. Atrás de la autopista, otros edificios, con algunas ventanas iluminadas, y encima los tanques de agua, y encima el cielo porteño, escaso de estrellas y enmarcado por la limitada perspectiva de un balcón, pero un cielo nocturno inmenso y unánime. Antes de ir a dormir resolví pasar el resto de los días recorriendo la ciudad como un turista.
                Me desperté el domingo con el entusiasmo de la noche anterior todavía fresco. Me preparé el desayuno y postergué mis paseos para ver otra película. Después demoré mi salida para después del almuerzo. Con la excusa del calor me quedé en el departamento, revisando alternativas para visitar en la comodidad de una pantalla. Después de una siesta, cuando ya me quedaba poco del día, me dije que nada me apuraba, que podía dejar los planes turísticos para el lunes. Esa noche sonó la murga otra vez, pero no salí a mirar, ni me impidió dormir.
                El lunes desperté con calor. Se había apagado el aire acondicionado. Poco tardé en comprender que se había cortado la luz. Era el estímulo perfecto para salir. Tuve que bajar por la escalera los ocho pisos y uno más hasta la cochera, donde descubrí que sin corriente eléctrica no podía abrir el portón. No disponía del auto. Resolví salir caminando, pero un vecino me aconsejó en la puerta de calle que cargara agua: con el corte de luz, la bomba dejaba de funcionar y era cuestión de horas que se vaciara el tanque y nos quedáramos también sin agua. Subí los ocho pisos. El calor era bochornoso. Con fastidio llené de agua los baldes y ollas que encontré. Volví a bajar. La calle estaba vacía, el feriado y el calor no invitaban a exponerse al cemento caldeado. Sabía que podía tomar un colectivo, caminar. Pero el calor y el fastidio me aplastaban. No disponía de la imaginación necesaria para encontrar las alternativas que en cualquier otro momento –el día anterior- se despliegan con claridad: el sol de media mañana me ofuscaba y encandilaba. Volví al departamento, otra vez por la escalera, resignado a una transpiración pegajosa. Pasé el resto del lunes embotado, esperando que vuelva la electricidad. No volvió. A la noche sonó otra vez la murga. Odié a Franco, y en él a Celina y toda la ciudad y este ingrato carnaval. Como estuve dormitando todo el día, no tenía sueño. Comprobé que las cervezas no estaban frías, y cerré rápido la heladera para conservar los alimentos en ese hábitat aislado.
                Solo con ollas de agua, pasé la noche en el balcón. No entendía del todo mi furia. Pese a la incomodidad, estaba acostumbrado a vivir en el Delta con servicios precarios, soportando la humedad. Vivir así en la ciudad, por algún motivo, me sublevaba. En la autopista tampoco había luz. Vi pasar autos que recortaban con sus faros esa cinta oscura, a veces esporádicos, a veces en pequeños grupos, descubriendo la línea punteada de los carriles en el asfalto que los suspendía en el aire. Con el correr de la noche, empecé a sentir vértigo por la inmensidad que pasaba desapercibida en mi retiro en la isla, por la profusión inabarcable de diminutas vidas que cruzaban por la autopista. Cada auto que pasaba iluminando el camino, con sus pasajeros en el interior oscuro, insinuaba historias que se perdían para siempre por el borde del balcón. Insinuaciones perversas, que no me sugerían nada concreto: ni de dónde venían, ni dónde iban, ni quiénes. Y lo mismo me ocurrió con los edificios del otro lado: inmensos bloques oscuros, bajo un cielo milagrosamente más estrellado, contenían algo que era fácil de enumerar –departamentos, propietarios, inquilinos- pero cuya dimensión inmensa me superaba y quebraba todos los cimientos de mi ciudad. Se me cayeron unas lágrimas. Me sentí ridículo, pero me sentía invisible en mi balcón en penumbras, y me dejé llorar. No me sentía así desde la primera vez que vi los lagos del Sur desde el cerro Campanario: como una rotura de diques mentales, la percepción desbordada. Y, en definitiva, sólo una autopista a oscuras, atravesada por conos de luz, moles de hormigón apagadas, el cielo nocturno acechando, un barrio iluminado, exento del corte, allá lejos.
                El día siguiente, martes, me desperté tarde. Acepté el calor, todavía sin corriente, a la espera de volver a la isla, el miércoles. Ya no me importaba mucho la electricidad. Saqué la comida ya descongelada y apenas fría, comí un poco y bajé a ofrecerla a los mendigos, bajo la autopista. No sé por qué lo hice, quizás para evitarle olores a Franco en su vuelta: la idea de que algo se echa a perder es algo citadino, para mí la podredumbre hubiera sido provecho de bacterias. Volví a subir, a encerrarme en ese cubo allá colgando del octavo piso. Me preocupaba cómo despertarme a tiempo la mañana siguiente sin ayuda eléctrica, cómo sacar el auto de la cochera. Tenía que encontrarme con Franco, él tenía que ir directo a su trabajo. Me costó dormir. Pensaba en la rara belleza que había presenciado la noche anterior, el agotamiento que me produjo.

                Me despertó un sonido de bocinas temprano. Supe después que eran los automovilistas que se quejaban cuando se formaban largas colas en el peaje, allí cerca. Franco no usaba nunca despertador, tenía su cantar de gallo todos los días en la autopista. Había vuelto la corriente. La calle bullía abajo, como negando el apagón y los feriados. Pude bañarme, hacer de cuenta que la extrañeza de esos días encerrado era un delirio de un isleño torpe. Tuve tiempo de consultar en internet la sensación de inmensidad que tuve el lunes. Me conformé con una “inadecuación de la imaginación en la estimación estética de magnitudes respecto a la estimación por la razón”: una idea de la razón que reclama algo que la imaginación no puede representar, un fracaso emocionante. En el auto recordé la frase “me movió el piso”. En el muelle saludé a Franco, me pareció magnífico que hubieran pasado unos días excelentes. Me mostré locuaz, expansivo. Incluso le dije a Celina que estaban invitados a venir cuando quisieran a la isla, y saludé a Franco con un abrazo, dándole a entender que mi ofrecimiento era sincero.

24/2/17

A la sombra del desierto

El sol estaba bien alto contra el azul, enorme, luminoso. Nada lo contradecía. Los rayos secaban la tierra, la rajaban, la quebraban. Nunca nadie pude explicarse el crecimiento del sol. Si fue un acercamiento de la tierra o si simplemente creció y terminó siendo insoportable. Ahí estaba ese techo de fuego, ese horno constante que no dejaba pensar, que secó los ríos y los mares. Después de un tiempo ya nadie se preguntó más. Sostener un hilo de pensamiento era una tarea imposible.
Un árbol grueso sin hojas, achaparrado, todavía se mantenía en pie. Frecuentemente ese árbol era motivo de conflicto entre los habitantes del desierto. Más allá de no tener hojas era el punto de descanso, una posta necesaria y fundamental, para atravesar desde las cuevas hasta el cañón que se encontraba entre las mesetas. El piso quemaba, el sol calcinaba. Los hombres improvisaban con sandalias de madera y cuero. Usaban sombreros con hojas. Algunos tenían pieles de animales para taparse. El problema era que estar demasiado cubierto podía llegar a ser también contraproducente.
Había un punto en el que casi imposible dar marcha atrás, sin un descanso previo bajo la sombra del ancho tronco. Para los valientes que seguían tampoco era sencillo avizorar a quienes se aventuraban desde el otro lado. Una mala decisión, un encontronazo se traducía en una pelea a muerte. Si el contrincante no lo mataba lo hacía el sol. Cualquiera que quedara expuesto más de veinte minutos moría.
Alrededor del árbol había varios esqueletos tirados. Nadie se tomaba el trabajo de enterrar los cuerpos. Tampoco se contaba con la energía suficiente. Se achicharraban al sol hasta que no quedaba nada. Los ritos habían quedado atrás.
Todos los hombres sabían que, en algún momento, cuando menos los esperen, les tocaría el duelo. Así que tenía que estar preparados.
Molina estaba por emprender la travesía. Iba a buscar a su hijo mayor, que había salido hace unos días y todavía no había vuelto. Tenía puesto un gorro de plumas de paloma, dos hombreras de cuero, algunas hojas grandes que le envolvían el torso, el taparrabos y unos zapatos de piel. De la cintura le colgaba una bolsa, con piedras. También llevaba una cantimplora cruzada. Dio un paso, después otro y se tambaleó por el mareo. Miró hacia el árbol y le pareció que nunca iba a llegar hasta ahí, pero se frotó las manos y deseó que se alejaran los malos pensamientos. Dio el tercer paso y se adentró al desierto. No dejaba de mirar el árbol y más allá. Tenía que estar preparado para lo peor. Por momentos sentía que caminaba en el lugar. La transpiración le recorría todo el cuerpo. Su cabeza hervía.  Las piernas comenzaron a pesarle, el cuero y las pieles con las que estaba cubierto a pegársele. Tenía la cara repleta de pequeñas gotas de sudor, una al lado de la otra. A cada segundo aparecían más gotas hasta que se juntaban formando una gota mayor que caía por el peso recorriendo desde la sien, pasando por las patillas, hasta el cuello. Algunas caían al piso, formando mínimas bolitas que duraban segundos antes de secarse.
Miraba el árbol tratando de no perder de vista su objetivo, el calor que salía del piso lo deformaba. Por momentos parecía una llama oscura que bailaba en el desierto. De repente tropezó y se golpeó la rodilla contra una piedra. La sangre empezó a brotar. Estuvo unos segundos tirado en el piso, mirando el cielo enmarcado por las plumas de paloma que tenía de sombrero.  Se levantó. Le costaba doblar la rodilla. Rengueaba un poco. Se miraba la pierna. De repente le pareció ver un punto en el horizonte. Trataba de sacarse la transpiración de las pestañas. Se desesperó y apuró el paso. Tenía que llegar antes, ocupar la sombra. La tierra y la transpiración le hacían arder la herida. Casi no doblaba la pierna y, después de andar un poco más, ya le empezaba a molestar la otra por cargar con todo el peso.
A medida que se acercaba el árbol le parecía más real, si es que algo puede ser más o menos real. Se le hacía concreto, sólido, palpable. Estaba ahí y él lo miraba: sus vetas, su rugosidad como si se tratara de un aparecido. Lo primero que hizo fue tirarse a la sombra a descansar unos largos minutos. Abrió la cantimplora y trató de no tomar más que la mitad. Todavía le faltaba un largo trecho. Después se tentó y tocó el árbol. Del lado del sol hervía de caliente, del lado de la sombra estaba tibio. Ahora sí podía mirar en derredor. Aquel punto negro que había visto en el horizonte había desaparecido. No entendía ni cómo ni por qué. Lo más probable es que el desierto o su cabeza le hayan jugado una mala pasada.  Estaba sentado a la sombra. Se fue sacando todo lo que le cubría para poder respirar. Esperaba un viento que le enfríe la transpiración. Recién ahora podía detenerse a mirar el camino que había hecho y el que le faltaba por recorrer. Veía los esqueletos tirados alrededor del árbol, las piedras, una lata roja de gaseosa desteñida por el sol y un cuerpo que por su estado daba la impresión de que su muerte había sido relativamente reciente. Largaba un olor dulce. Se había cocinado y de a poco la carne se iba deshidratando. Nunca llegaban a pudrirse.
Molina se quedó dormido.  Las hormigas tenían el tamaño de caniches. Iban y venían en hilera trayendo unos ramas, verdes, jugosas; otras tenían sandías y melones en el lomo que sujetaban con una pata contra la espalda; las últimas llevaban una ramas blancas que parecían huesos. Una de las hormigas esperó a que pasará la fila y se paró para tomar envión y atacarlo.  Molina atinó a cubrirse y rodar para esquivar el ataque.
Una sombra lo despertó. Vio un hueso en lo alto que tapó el sol y que iba a caer directo sobre su cabeza. Molina le pegó una patada en la pierna izquierda y lo tiró al piso. Después de tumbarlo trató de levantarse, pero le rodilla lastimada no le respondió. Y cayó al piso cerca de dónde estaba quien trató de atacarlo. Los dos quedaron despatarrados por unos segundos. Un humo negro salía del pecho. El sol comenzaba a quemar las pieles que lo cubrían. Molina trató de volver a la sombra arrastrándose. El otro lo detuvo. Los dos gritaban por las quemaduras. Molina agarró  un fémur que estaba cerca y dándose vuelta lo reventó en la cabeza de su contrincante hundiéndole el cráneo. Fue hasta la sombra y se acurrucó tratando de que ninguna parte de su cuerpo quedara expuesta. Miraba el horizonte deformado por los vapores del piso y cada tanto la sangre que rodeaba esa cabeza desconocida. Sentía un nudo en el pecho y ganas de llorar. Era la primera vez que había matado a alguien. Siempre había tenido suerte. Juntó sus manos nervioso y, en silencio, moviendo los labios trató de esbozar una oración. La oración no tenía palabras, no las sabía, la oración era ese acto reflejo latente en su cuerpo, en su memoria. Separó las manos y se sentó junto al tronco.
En el horizonte, cerca de las mesetas, apareció una nube blanca, de contornos redondeados, tan perfecta como la sed.


28/1/17

Las ruinas que vi


            Yo había llegado en avión de madrugada. Me había despertado pataleando poco antes de aterrizar, como sacudido por una descarga. Es un reflejo que tengo a veces, entonces no lo tomé como una premonición onírica en ese momento. Lo único que me inquietaba, como siempre cuando me ocurre el espasmo, era no saber sus dimensiones, si mi sacudón era perceptible para los demás. Miré a los pasajeros vecinos, que me devolvieron una mirada aburrida. En contraste con mi aspecto de turista, iban vestidos con rigurosa homogeneidad de funcionarios.
            Desde la ventana del avión apareció la ciudad entre las nubes. Primero a lo lejos, interrumpiendo la manta rugosa de montaña y selva, se distinguía un valle. Formas geométricas emergiendo de a poco sobre un tablero del mismo color terroso. Todo pegado a la orilla de un mar azul oscuro, apenas veteado de celeste por unos rayos de sol, sobriamente decorado por herrajes de espuma blanca, estáticas.
            La voz de la azafata pidiendo que enderece mi asiento y ajuste el cinturón de seguridad me devolvió al interior del avión, el asiento de adelante, el techo bajo, mis compañeros de fila. Cuando volví a mirar la ciudad tuve que reconcentrarme en lo que se me ofrecía a la vista. Dentro del modesto y azaroso encuadre de la ventana, descontando el campo obstruido por el ala en la parte inferior, descartando la mitad superior de la ventana (que disecaba el interior de una nube), había una parte mínima, todavía recortada por nubes más bajas, en donde podía volver a ver la ciudad, ahora mucho más definida y coloreada. Pude volver mi atención a ese pequeño espectáculo. Podían verse como dibujadas las aristas de los cubos de las casas y de los paralelogramos: un bloque de rascacielos en dominó acomodados con paciencia en la costa. El acercamiento del avión era palpable, ya no había nubes que recortaran el marco, distinguía las delimitaciones de los terrenos, las autopistas y avenidas de esa maqueta ridículamente prolija. Debe haber un efecto óptico que de lejos hace ver una ciudad construida tal como se ve en la proyección de esas maquetas diminutas de los arquitectos. La victoria de una visión controlada sobre el terreno.
            Pasamos los rascacielos, que se ocultaron bajo el ala, y se desplegó una pequeña periferia de casas bajas, lo que supuse barrios pobres, interrumpidos por un río fangoso que volcaba al mar sus sedimentos y lo teñían de un barro oscuro, en el único punto donde el continente visiblemente irrumpía en el agua. Me pareció un símbolo de algo, aunque no supe bien de qué. Después seguían las casas y galpones más espaciados y ya bajábamos al aeropuerto.
            La ciudad estaba vacía, tal como se veía desde el aire. Nadie pisaba las veredas, ni conducía por las calles, ni asomaba por las ventanas. Las palmeras regalaban su sombra de mediodía en estrellas inútiles sobre las baldosas desiertas de la rambla. Ni siquiera palomas había en la fuente de la plaza. ¿Estaría la espuma del mar también inmóvil acá abajo? El taxi me dejó en la puerta del hotel y se volvió en dirección al aeropuerto, como escapando de una peste. El hotel estaba custodiado por dos militares soñolientos que, si es que efectivamente respondieron a mi saludo, lo hicieron con un ahorro de movimientos cercano a la avaricia.
            Me alojé, para mi sorpresa, en el mismo hotel que los burócratas del avión. Imaginé alguna emergencia sanitaria de la que mi agente de viajes jamás me previno. Esperé la camioneta que me trasladara a la playa donde tenía previsto bucear. El conductor se llamaba Carlos. Yo era el único pasajero. No hablamos en el viaje de ida. Tampoco vimos a nadie: un área de servicios abandonada, un puesto de control cerrado al costado de la ruta, selva desmontada por el camino que me llevaba. En el centro de buceo había algunos empleados, yo el único cliente. La excursión fue fascinante. No logré establecer ninguna conversación. Regresé a la camioneta, pasado el mediodía. Emprendimos el retorno al hotel. Carlos todavía no parecía dispuesto a romper el silencio de esa ciudad muerta. La barrera de un control militar nos demoró. Carlos bajó y se dirigió a la casilla. Cuando volvió, se apiadó de mí y me regaló sus primeras palabras: debíamos esperar que revisaran el interior del vehículo. Con el correr de los minutos, pensé que para lograr tal control, primero debían dignarse a aparecer. Sospeché que la casilla estuviera vacía y que las palabras de Carlos fueran parte de un plan. Si era así, no podía manifestarle abiertamente mi desconfianza. Abordé el asunto dándole una vuelta. Le pregunté para qué se custodiaba una ciudad vacía de sus alrededores despoblados.
            Me respondió una historia con detalles que puede resumirse del siguiente modo: por furia de los dioses, o desmonte agrícola tierra adentro, el río fangoso que yo había visto desde el avión había desbordado y sumergido barrios enteros con sus casas y los habitantes que allí se encontraban. Los alrededores de la inundación habían sido desalojados por el ejército para contener las enfermedades que nacieron de los cadáveres del pueblo hundido. Muchos sobrevivientes se marcharon fuera de la ciudad y formaron colonias en la hostilidad de la selva. Se formaron los primeros malones, que bajaron a la ciudad en busca de alimentos y bienes. Los que todavía eran ciudadanos comenzaron a nombrar a los habitantes de estas colonias con una voz indígena kuna, irreproducible para mis competencias, pero que significa pescado, o proveniente del río. Esa designación fue pronto sinónimo de un peligro. Carlos hablaba de las colonias con distancia, como si fueran una peste lejana.
            Revisaron la camioneta y seguimos nuestro camino. Carlos me pidió el snorkel que llevaba en la mano. Me dijo que debía sumergirse en donde había estado su barrio para recuperar algunas cosas de su casa. Le dije que era peligroso y que ya no quedaría nada de valor. Me convenció diciendo que toda su familia había muerto y todos sus recuerdos estaban hundidos, y que recuperar aunque más no fuera un retazo de un objeto cotidiano sería para él no sólo valioso, sino lo único realmente importante que le quedaba. Desconocía si era verdad su historia personal. El snorkel no me importaba, pero no entendía cómo él seguía trabajando y no se había ido para las colonias. Antes de bajar, en la puerta del hotel, le pregunté dónde vivía. Vaciló, miró el snorkel con el que me gané su confianza, y me dijo que había una comunidad viviendo en el Kuna-Mall, un centro comercial de tres pisos. Resistían el desalojo con armas que habían pescado del barrio hundido, como los buscadores de perlas. Aprovechaban que la edificación contaba con dos únicas entradas, trabas interiores en las salidas de emergencia, y prescindía de ventanas. Carlos salía a trabajar por una rendija oculta en la tapia que habían colocado los ocupantes al estacionamiento.
            Incluso bajo el influjo de aventura de la historia de Carlos, caminar la ciudad era desolador. En el hotel me exhortaron a evitar los centros comerciales, sobre todo el Kuna-Mall. Adelanté mi regreso a casa. Cuando subía el avión, pude ver por la ventana el ancho río que tragaba poblaciones, la ciudad costera amurallada desde la colonia, los rascacielos geométricos que, a medida que me alejaba borroneaban sus ventanas. Cuando estuve de vuelta en casa, en mi país, me enteré, mientras tomaba café y palmeaba a mi perro, que el shopping Kuna-Mall había sido incendiado con todos sus habitantes dentro, y que los funcionarios extranjeros habían sido degollados en el mismo hotel que yo había abandonado hacía días. El café me sugirió olor a cuerpo quemado, tuve que abandonarlo. Aflojé la correa de mi perro. Ni siquiera en casa estaba del todo a salvo.