23/2/12

Bajofondo


            Revisa por última vez el equipo autónomo, se coloca el chaleco sobre el traje de neopreno, se ajusta las aletas, desempaña y se calza la máscara, infla el chaleco con el botón de la tráquea –tubo de baja presión-, muerde el respirador –tubo de alta presión- y se deja caer de espaldas por un costado del bote. Sale a flote. Repasa mentalmente todas las instrucciones. Ahora nota que el agua está fría. Mientras espera al grupo, suelta las antiparras hasta el cuello –recuerda que apoyarlas en la frente, lo que resultaría más cómodo, es señal de pánico- y aprovecha para respirar por la nariz. Los buzos se lanzan al agua. Ya están todos listos para bajar por el cabo desde la boya hasta el fondo, ahora las inspiraciones cómodas de la superficie le oxigenan el cuerpo, por primera vez en su vida se complace en algo tan simple que le será vedado por al menos media hora. Se coloca nuevamente las antiparras y está obligado a respirar por la boca. Ante la espera de los demás, se quita otra vez la máscara, le frota saliva por el lado de adentro y la enjuaga en el agua de mar, efectúa el simulacro de desempañarla –ya la había alistado sobre la borda- sólo para permitirse respirar libremente durante la operación inútil. Ya está listo, se acerca nadando de espaldas a la boya. Los buzos están con el respirador en la boca, alzan la tráquea, liberan el aire del chaleco, comienzan el descenso. Advierte que no hay aplazo posible, respira el aire seco del tubo, vacía su propio chaleco, empieza a bajar un poco rezagado, sumerge la cara, el sonido indescifrable del mar, el breve umbral entre dos mundos. Se deja caer pesada y lentamente por el agua pesada y lenta. Le aprietan un poco los oídos, detiene el descenso vertical, tiene tapado, descomprime –con los dedos hace pinza en la nariz de goma y expulsa con prudencia el aire, cuida los tímpanos, si no es delicado puede lastimarse, atiza el pánico de perder un poco de audición, sabe que lamentaría tal estupidez, piensa en la música, imposible recordar una melodía en el tempo del submundo, entiende con melancolía de caracol que Bill Evans ya no significa nada.
            Pensar en otra cosa lo distrae de la respiración artificial y ya no siente ahogo, se sorprende estando a gusto bajo el agua, continúa la descompresión –mueve un poco las mandíbulas, también-, la presión interna de los oídos se acomoda, vuelve a envolverlo el rumor que no viene de ningún lado y que no puede asociar con nada, reanuda el descenso. Llega al fondo, consulta los medidores enganchados en la tira de la cintura, 2700 psi, 50 pies, lamenta que no le hayan dado el que estaba en metros. Los otros ya están flotando horizontales cerca del fondo, comienzan a nadar por encima del coral. Los sigue con tranquilidad, es fácil nadar suavemente, ver los peces de colores, las plantas de historieta del mundo submarino. Los buzos se detienen a tomar fotografías, están suspendidos –flotabilidad neutra- a un metro del coral. Le resulta difícil estando quieto, por cada inspiración se va para arriba, a cada exhalación se hunde hasta rozar el fondo –recuerda el capítulo sobre buceo responsable, no dañar el fondo marino, recuerda también que el coral corta- y debe nadar torpemente para mantenerse estable mientras los demás están lo más rampantes en una grácil y garbosa inmovilidad. Continúa el recorrido, ahora aparecen unas tortugas, otra dificultad, las antiparras se llenan de agua, debe exhalar por la nariz mientras sostiene por arriba el marco a fin de vaciar el receptáculo de agua. Logra ver otro poco las tortugas. Puño hacia adelante del instructor –pez peligroso, recuerda la seña-, guarda los brazos, siente otra vez la dificultad de estarse suspendido y quieto, resuelve nadar lentamente. Otra señal del instructor, no recuerda si referida al pez león, la langosta o la barracuda. No importa, la visión de los bichos es un espectáculo suficiente.
            Se va adaptando. Mira alrededor, es fascinante. Aflora la certidumbre del futuro, dentro de poco volverá a subir y esta experiencia será un recuerdo. Se recrimina el pensamiento, se obliga a disfrutar el momento. Largo rato se impone la disciplina del disfrute. Finalmente concluye que es una actividad recreativa, que el imperativo del goce es otra limitación absurda, y se abandona al simple nado, la observación distraída, las asociaciones libres.
            De improviso cae en la cuenta que lleva varios minutos bajo el agua, que está respirando por la boca aire comprimido, siente incomodidad, riesgo, comienza a respirar ansiosamente y cada vez está más ahogado, repasa rápido las indicaciones previas, se arremolinan en su cabeza, no ayudan, hasta que rememora la instrucción idónea: calma, calma, cal-ma... La respiración vuelve a su cauce, el fondo coralino se restituye. Se restablece el orden submarino. Controla las agujas, 20 pies, 800 psi, ya no queda mucho en el tanque, advierte al instructor y recibe un asentimiento y la seña ok – pulgar e índice juntos formando un círculo, tres dedos libres–, confirma que bajo el agua el clásico pulgar arriba significa subir, otra vez la mente bifurcándose, otra vez cómodo.
            Percibe un llamado de atención, la orden de subir, van de a poco, respirando constantemente –contener el aire es un peligro, durante el ascenso baja la presión del agua y entonces el aire aumenta su volumen, por lo que pueden reventar los pulmones como un globo de cumpleaños-. Un poco antes de llegar a la superficie se detienen. Le genera un poco de ansiedad pero pronto comprende, están en la parada de seguridad –3 minutos, a 5 metros de profundidad, para liberar el excedente de nitrógeno disuelto en los tejidos y evitar una posible enfermedad de descompresión, es decir, burbujas de soda en el cuerpo. Está tranquilo. Piensa que podría permanecer en el agua por mucho tiempo. Cuando sale a la superficie, mantiene el respirador en la boca, demora los movimientos, infla el chaleco con la tráquea, exagera la serenidad unos instantes para quitarse el respirador y aspirar el aire del mundo de arriba. Finalmente vuelve del umbral, se suelta la máscara. Ha superado uno a uno sus miedos. Escucha el ruido del viento, de las olas en la superficie que golpean el bote.

            Advierte sobre la cubierta que su mujer está conversando muy animadamente con un buzo que se quedó a cargo de la embarcación y que con toda evidencia intenta impresionarla.  Barracuda mental, señal de peligro. Lo que creía terreno seguro.

1 comentario:

Torri dijo...

jajaj bien Camel
para el mes que viene espero el parapente