28/2/12

Caleidoscopio de plaza

En un banco de la plaza cercana a la facultad, una mujer joven, de unos veinte años, sin duda estudiante, contempla el tiempo. Es del interior y sus padres financian los estudios, así que no trabaja. Como además faltan un par de meses para las fechas de examen, tiene la tarde libre. Eso imagino yo, con la tarde libre, mirándola de espaldas, desde otro banco.
Más allá, sentado en el pasto, también de espaldas, un vendedor de probable origen africano –a juzgar por el color de la piel y la forma de hablar– repite sin parar: “pulsejá, pulsejá”. Parece tonto o loco: nadie le pasa cerca, pero él pregona su fútil producto lo mismo. Uno piensa: qué insoportable, una tarde de primavera tan linda, y el loro este que la arruina para nada. Y piensa después: pobre tipo, inmigrante, vaya a saber con qué chamuyo lo trajeron, o de qué guerra tribal se escapó, para terminar viviendo en un sucucho triste, crucificado en el hambre, la soledad y la nostalgia.
La chica debe haber pensado algo parecido, deduzco, porque ahora camina hasta el loro –que al fin se calla un poco–, mira las pulseras, pregunta precios, se prueba algunas. Son para sus hermanitas, sospecho, porque son un cachivache y porque compra muchas. Cuando está pasando a mi lado, me arriesgo:
– Perdone usted –índice en alto.
– Sí…
– ¿Qué tal?, mi nombre es Eduardo.
– Lucrecia –contesta, con una sonrisa.
– ¿Usted estudia derecho?
– Sí –responde ella, ingenua.
– Disculpe a un viejo chusma, pero… ¿es usted del interior?
– No.
– Ah... ¿Y no acaba de comprar esas pulseras para sus hermanitas, no?
– No.
– Ah… Disculpe, me equivoqué.
– Está bien, no pasa nada –suaviza Lucrecia, pura educación–. Hasta luego señor, que tenga un buen día.
– Gracias joven, igual para usted.
Mientras sus bellas piernas porteñas se pierden entre los árboles, observo al vendedor ubicarse a distancia media de otra mujer, de espaldas, y repetir sin parar su canto de taladro para nadie. Entonces afino la vista y me aplico a calcular si aquella turista –probable brasilera, ejecutiva de acá a la China, quizás divorciada, seguro sin hijos– va a morder también, o no, el oblicuo anzuelo senegalés de Demba, el cazador furtivo de Plaza Francia.

1 comentario:

Torri dijo...

No crean que no me sentí presionado por la temática viajera del mes: intenté -hoy- un relato del carnaval uruguayo, pero le falta horno. Queda para otra vuelta.