Se
cansó de todo. De la familia, del trabajo y de la rutina. También
de los imprevistos. Se hartó de los amigos, de los partidos y las
borracheras. Lo agotaron su perro y los mimos que le exigía, con
ojos húmedos e idiotas. Su mujer le daba un poquito de rechazo,
además del morbo, pero ahora simplemente lo aburrió. Sintió agobio
de cada parte de su vida. No era nada en particular. Tal vez la
concatenación, la conjunción de cada cosa junto a la otra. Lo
hastiaron su bigote, los anteojos viejos y la ropa color crema que lo
caracterizaban. El psicólogo le aconsejó que viaje; la publicidad
de los posibles destinos lo hicieron desistir. El desinterés abarcó
la música, la gastronomía, el deporte, la tele y los libros. No le
quedaba nada, estaba en un desierto espiritual. Con miles de quejas
infantiles, su esposa se hizo cargo del canario. Tras años de
cuidados minuciosos, ahora le daba lo mismo si moría. Se desesperó
un poco al pensar en el resto de sus días, monótonos y cambiantes,
repetibles e irrepetibles, como el zumbido de una abeja; o mejor, de
una mosca: insignificantes. Pronto la perspectiva también le dio igual. Así pasaron las semanas. Y entonces, un buen día, mientras
su jefe le hablaba desde el otro mundo, desde afuera de la pecera de
indiferencia en la que sin querer se había sumergido, con la
mandíbula inmensa, tensa, casi desgarrada, ciento por ciento
acalambrada, bostezó como nunca había bostezado, de una forma
interminable, única, inverósimil, y en el preciso instante en que
empezaba a tocar el fondo último y mortal de la apatía, la mirada
de odio feroz e impotente de su jefe lo conmovió, y volvió a ser
el mismo de antes.
2 comentarios:
Picarón
Me gustó la presentación de la escena espiritual: el bigote nace ya desangelado, el perro ya perdió el cariño en el momento de aparecer. Linda parábola, una curva corta. El miedo como garante de la identidad.
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