23/9/11

El mostrador. Diálogos mediados.



A Rómulo Zabala, genio.

Prólogo

            No son situaciones reales. Son escenas que me contaron.
Quienes me narraron estos sucesos los habían oído de otros eventuales narradores, que a su vez contaban a su manera lo que les habían contado otros. Lo que lleva a un origen muy remoto, lo que equivale a rastrear el alumbramiento de un mito. En última instancia, todos los relatos son el devenir de una piedra sentada al sol, quizás un poco de sangre, y el empuje de una vieja chismosa.
Quienes me refirieron estos fragmentos que ofrezco, además, aunque hubieran sido testigos del hecho, habrían sufrido la tarea corrosiva de la pícara memoria, sumada a la metamorfosis del recuerdo en relato y a los subsiguientes enderezamientos de estilo con cada nueva narración oral. En cualquier caso, la historia muda al género de anécdota y lo que queda es más un recuerdo del relato que un recuerdo del hecho. Por supuesto, si es que realmente hay un hecho y no una simple configuración de elementos azarosos ordenados por el capricho o el afán de brindar una constelación presumida.
Todo este preámbulo para disuadir a quienes se interesan por las historias verdaderas y luego se sorprenden de un verídico cachetazo. Lo que sucede es el relato.
El prólogo, en castellano: Lo que sigue es ficticio, cualquier semejanza con la realidad bla bla.

Hermanos

El cuarto iluminado se duplica borroso en el reflejo de la ventana -las sillas desbordadas de ropa, el escritorio lleno de porquerías, el piso minado de obstáculos, en los extremos las dos camas ocupadas por los dos hermanos. Remo apaga la luz de la lámpara grande del techo. La ventana ahora muestra las estrellas y una rama oscura, y contra el marco devuelve la tibia imagen de Rómulo con su guitarra bajo la luz del velador. Remo cierra la cortina y vuelve a la cama. Rómulo clarito tocando la guitarra en el rincón amarillo, Remo verdoso acostado en el rincón gris, donde la luz débil y las cuerdas fuertes.
            -Apagá la luz -lanza con imperativo de hermano mayor Remo. Rómulo deja de tocar la guitarra, exprime al máximo el silencio y apaga justo antes de obligar a su hermano a repetir la orden.
            Vuelven los rasguidos de la guitarra, desacordes en la penumbra. Remo se demora un instante, un poco para serenarse, otro poco para cerciorarse de que sí, está tocando de nuevo.
            -¿No ves que quiero dormir?
Rómulo se interrumpe, se queda pensando como si la pregunta demandara una operación mental muy compleja y finalmente:
            -Sí, dormí.
            La guitarra otra vez.
            -Pero... podés parar de tocar, por favor, así puedo dormir, que mañana me tengo que levantar temprano –tono agridulce, de amenaza y súplica.
            -No te preocupes. Cuando te quedes dormido dejo de tocar, te lo prometo.



Jerarquía

            Estas cosas no se piensan, no se pueden evaluar todos los escenarios posibles. Estas cosas no se piensan, se hacen, piensa Akaki y abandona intempestivamente la gimnasia dactilográfica. Se dirige a la oficina del jefe, llamémosle Nikolai Vasilievich, por ponerle un nombre cualquiera. El pasillo lateral  bordea los escritorios compartidos. Aprieta el paso contra los mocasines, evita deliberadamente pensar en la sorpresa que despierta en sus compañeros, pero no puede reprimirse una concesión un tanto vanidosa, deben creer que renuncio, o que me pasa algo. Se reconcentra y golpea la puerta.
El vidrio que separa la oficina de la sala está oportunamente tapado con persiana americana del lado de adentro (así Nikolai está aislado, pero los dactilógrafos nunca saben cuándo está mirando con dos dedos entre las tablillas, amén del placer de girarlas casi imperceptiblemente cuando recibe a alguien, sólo para provocar un poco de misterio). Nikolai está sentado, de modo que no sabe quién es el que golpea.
-Adelante.
-Permiso, buenos días –dice Akaki, respetuoso. Es la primera vez que entra al despacho del gerente. Justo cuando quiere confrontar la recepción real de Nikolai con aquella que había imaginado –distante y tímida, pero ahora qué importa-, ve por sobre la cabeza del jefe que la ventana exterior da contra un deprimente contrafrente lleno de viejas carcasas de aire acondicionado, y no contra la verde plaza, como siempre pensó, qué desorientado.
Después de los segundos de rigor, quizás de complaciente paciencia, quizás de orgullo porque a pesar de su cargo y ocupación es tan indulgente, Nikolai lo espabila con un gesto perplejo e impaciente. Akaki se agarra del respaldo del sillón vacío, le transmite inestabilidad.
-Ah, sí. Bueno. Yo te quería decir... -se desvía pensando en la conveniencia del vos o el usted, pero nunca lo trató de usted y ahora, ya.- Que hace unos años ya que -¡uf!– Vengo a pedir un aumento.
-Mirá, Akaki –Nikolai busca las palabras. Las tiene en la manga: –Nosotros acá en la empresa te valoramos –arrancó firme y ya se siente cómodo otra vez, en el pleno dominio de la situación.– Pero hoy por hoy el presupuesto es el que tenemos, y no estamos en condiciones de aumentarte el sueldo –dice con determinación, pero Akaki no parece satisfecho y su silencio impulsa a Nikolai a reforzar sus palabras.– Además, pensá que hay mucha gente afuera a la que le encantaría tener tu puesto.
Tal vez el comentario le da en el hígado, tal vez por eso baja la guardia y le sube el calor, aflora una mueca y sale la respuesta:
-Y para tu puesto –dice Akaki,- la cola da la vuelta a la manzana.




Nota I: El lector avezado habrá sospechado que los nombres de los personajes están levemente desplazados. Ninguno, lamentablemente, es Rómulo Zabala.

Nota II: Se advierte la desproporción entre el prólogo y el cuerpo del relato.

Moraleja: Nunca dé explicaciones, nadie las solicita y siempre fastidian, quedan mal y levantan sospechas.
Opúsculo del perro que se muerde la cola: A menos que sea lo que usted busca y-

28/8/11

La noche mutilada

1.

En la puerta, el deseo se tensó y exudó por sus manos. Sus pupilas miopes buscaron en el tablero la posición correspondiente y, a la presión de su dedo, el pezón 4°C emitió un suspiro eléctrico dentro de la pared. La respuesta se hizo esperar un poco, y la vista recorrió dudosa las coordenadas del tablero. Por fin su yema insistió y lo atendió una voz imantada que a su ansiedad le sonó deliciosa y amenazante. La garganta se preparó con una mínima tos, un carraspeo, y soltó un tímido Carlos que la voz del parlante simuló no comprender o no esperar, por lo que sus labios debieron repetirlo tres veces, casi hasta el grito, casi hasta besar la chapa del tablero que olía a pasamanos.

Otra vez su dedo presionaba un botón frente a la puerta del ascensor, y la cabina iluminada se acercó, envuelta en un sonido de engranaje oculto, desde un piso alto, entre las rejas antiguas enroscadas por la escalera. Pero de un solo golpe el sonido mecánico y la iluminación se apagaron. La antesala del encuentro quedó en una penumbra interrumpida por el haz de luz que entraba desde la calle, a través del vidrio. La misma voz, esta vez enronquecida por el grito y no por el imán del timbre, advirtió desde la oscuridad que no había corriente eléctrica, y dijo:

-A ver si ponés esos piecitos en la escalera.

La impaciencia recorrió el tramo entre la puerta de calle y la del departamento del siguiente modo: a saltos de a dos escalones hasta el cuarto rellano, y a pasos tranquilos y galantes por el piso que conducía a la puerta entornada.

2.

La boca le buscó los labios, el cuello. Las manos palpaban un complejo gancho de corpiño inviolable, adivinaban cómo desbaratar la traba del cinturón, en vano forcejeaban contra el botón del jean. La fluidez de la escena se interrumpió: los besos mecánicos y la respiración agitada cesaron para que las manos trabajaran en silenciosa serenidad. Una risita dulce le rozó el orgullo irritado y comenzó a maldecir metalmente la oscuridad. Una mano suave le empujó el pecho hasta que la espalda sintió el colchón. Después, sólo el sonido entrecortado de una respiración trabajosa, la oscuridad expectante. Enseguida, cerca de su oído derecho, la explosión de una hebilla contra el piso le despejó el pantalón de las piernas.

Las manos sucias acariciaron la curvatura de la espalda hacia arriba, se sumergieron debajo de los bucles hasta los hombros, no, los omóplatos, y volvieron a recorrer la espalda hacia abajo, más corta, y entre las piernas algo parecido a una axila. Los dedos se detuvieron y los brazos recularon. Las piernas intentaron enredarse con las piernas, y debajo de una rodilla, el resto de la extremidad inhallable, y de vuelta atrás a lo que tal vez fuera un pie muy pequeño y redondo. Sus brazos abrazaron entonces el torso, tal vez la cintura, terreno seguro por donde empezar de nuevo, pero otra vez hería la dulce voz entrecortada:

-Me estás ahorcando.

Otra vez las extremidades quietas y blandas a la espera y el sexo ahora con una sensación húmeda y caliente y enseguida una pura oscuridad y poco después la fricción entre el aire y el agua. Y los brazos de nuevo alborotados recorrieron la inmensa espalda, la curvatura de una cabeza pelada y cilíndrica y una nariz llena de dedos.

Y el encuentro siguió y podría resumirse del siguiente modo: exactamente como hacer el amor con el Guernica.

13/8/11

Éxito

Está comprobado que en los últimos años la adolescencia y la juventud se desdibujan y entremezclan. La nueva etapa prolongada que nace de la veloz transformación de nuestras sociedades modernas se caracteriza por la angustia que acecha al individuo desde dos frentes opuestos. Por una parte, la amplitud de la vida se nos abre en preguntas como “¿quién soy?”, “¿qué voy a hacer de mi vida?”, “¿qué hago?”. En el frente contrario, las presiones sociales y grupales son muy fuertes y pueden llegar a resultar asfixiantes. A la desesperación se la vence con determinación. Si uno es capaz de autodeterminarse en forma temprana y desde el inicio, las cavilaciones desaparecen como por arte de magia.

La afirmación del yo y el consiguiente desarrollo al máximo de la persona es el objetivo más alto al que cualquier ser humano puede aspirar. A continuación comentamos “Las Cuatro Reglas Cardinales del Alfa”, un programa simple, positivo y al alcance de todo el mundo para aventajar al resto, alcanzar la fortuna y exprimir maravillosamente el jugo de la vida. Cualquiera que siga estas reglas llegará de modo indefectible a su propio estado óptimo ideal, o Estado Alfa.

1) Equivocarse no es importante, lo malo es pensar en ello. Hay que aceptarlo, la vida es dinámica, es un hecho. No hay que quedarse estancado en los desaciertos. Solo hay que mirar hacia adelante, dar un paso al frente y continuar. Alfa avanza.

2) Equivocarse no es importante, lo malo es dudar. A todo el mundo le gustan las personas decididas y con gustos bien definidos. Si uno aprende a obtener lo que se propone, tarde o temprano conseguirá lo que quiere. Alfa sabe.

3) Mantente atento y despierto. Esta es quizá la regla más difícil. Veamos, cada situación de la vida encierra una oportunidad única de posibilidades insospechadas. La mayoría de la gente está demasiado encerrada en sí misma. Los pequeños temores y los pequeños intereses impiden comprender el potencial casi infinito de cada instante. Esta clase de gente común se pasa la vida entera desperdiciando una y otra vez las oportunidades de desarrollo óptimo que aparecen a cada momento debajo de su propia nariz. Es necesario abrir los ojos y la totalidad de la mente al momento actual para poder explotar la vida al máximo. Por supuesto, esta predisposición del ánimo puede ejercitarse. Para los triunfadores, es una costumbre. Pruébelo: los resultados son sorprendentes. Alfa percibe.

4) El universo se rige por una ley universal de atracción permanente. El agua siempre intenta volver al agua. En general, en el ámbito de la vida de las personas, es un hecho que la felicidad atrae a la felicidad y que el pesimismo termina configurando su pronóstico negativo en la realidad. Las personas positivas tienen vidas positivas. Alfa sonríe.

 
Alfa avanza, Alfa sabe, Alfa percibe, Alfa sonríe... No pude reprimirme. Estoy leyendo “Programados para triunfar. Nuevo capitalismo, gestión empresarial y vida privada”, de Michela Marzano, editado por Tusquets. Recomendable para los que consultan las recetas del éxito, de la felicidad, etc., y para los que las sufren -en el trabajo o en el hogar-. Es un poco incómodo que hayan puesto las notas al final del libro cuando la autora mete una nota cada dos palabras.

Tiene frases tan ridículas e irritantes como las del discurso que critica. Por ejemplo, lo que está entre paréntesis en este fragmento de la página 29: “Los autores de estas recetas han pasado a una etapa superior; son los nuevos sofistas de nuestra era postindustrial, pero sus procedimientos siguen siendo los mismos que en la época del Protágoras de Platón. Igual que Dión de Prusa, Fontón o Trasímaco (¡neoliberal anticipado, puesto que ya pretendía que, por naturaleza, el débil no tiene ningún derecho sobre el fuerte!), explotan las ambigüedades del lenguaje para producir razonamientos en apariencia lógicos, pero que en realidad son trampas tendidas a los que los escuchan y armas para los que los explotan”. Trasímaco, neoliberal anticipado… Qué violencia. Por supuesto, la expresión se justifica en una nota.

También tiene frases ridículas, o medio ridículas, pero divertidas. Página 38: “Toda esta vieja sociedad disciplinaria estalla en pedazos a partir de mayo de 1968, no directamente a causa de esta minirrevolución de terciopelo que sobre todo se produjo en Francia, Italia y Estados Unidos, y a la que no hay que conceder una importancia desmesurada, sino porque este acontecimiento es el símbolo de una ruptura más profunda que sale a la luz”. Minirrevolución de terciopelo... Qué bien.

Después tiene una buena cantidad de frases y párrafos no tan ridículos, algunos más interesantes que otros.

28/7/11

Sobre un cuento chino

¡Dale! ¡Mandate otro whisky!
¡Total la guadaña
nos va a hacer sonar!

Whisky, Héctor Marcó, 1951


Belisario Gutiérrez, estanciero de Capitán Sarmiento, educado en los números de las aulas y en la rudeza del campo, era un hábil administrador. Durante la época de la agricultura transgénica, aunque pertenecía a una familia de siete generaciones de criadores de ganado, no vaciló en vender todas las cabezas para volcarse al cultivo de la soja en sus dominios.

Una lluviosa tarde de octubre de 2008, escuchó desde su gabinete un grito sobrenatural. Salió disparado, atrvesó el mobiliario antiguo de la sala, bajó corriendo las escaleras del casco señorial y salió a toda velocidad en su camioneta por el camino de la alameda. Giró en el viejo establo en ruinas, bordeó el estanque verde y se lanzó a la ruta.

Mientras escapaba, vio por el espejo retrovisor que unas figuras monstruosas lo perseguían. Por más que Belisario aceleraba, las apariciones se acercaron hasta alcanzarlo. Una mujer decapitada que llevaba la cabeza en una mano y un pequeño ataúd en la otra corría a un costado y lo amenazaba. Por el otro lado un muchacho, carbonizado y desfigurado, con las facciones borradas, lo hostigaba. Desde atrás se subió a la caja de la camioneta una niña de ojos hermosos, hinchada y amarilla. De pronto, tuvo que frenar porque en la ruta se interpuso un joven corpuento con una soga al cuello. La lengua le caía hasta el pecho y los ojos colgaban por tallos a la altura de las mejillas.

Oscurecía. Los fantasmas se esfumaron cuando un patrullero que pasaba se detuvo al ver la camioneta estacionada en medio del camino. El policía sabía de la reciente muerte de la hija menor de Belisario a causa de una infección pulmonar. Le sugirió que volviera a la estancia.

Pocos días después, como no había noticias del estanciero, los pobladores de la zona dieron alerta a la comisaría. Una mañana de diciembre, el mismo policía acompañó a Augusto, hijo mayor de Gutiérrez, abogado que residía en la capital, hasta la propiedad de su padre. Allí, ambos vieron un paisaje desolador. En el dormitorio principal yacía decapitada Ortensia Gutiérrez, y a su lado el ataúd embarrado y abierto de su difunta hija de seis años, Lucrecia. El ventanal que daba a la galería estaba abierto, y por el piso en damero desfilaban huellas ensangrentadas de hombre. Desde la escalera de piedra, las huellas embarradas se multiplicaban por el camino hasta el estanque, pasando por el establo quemado. Tuvieron que romper el candado del portón para entrar y ver a César, de diecinueve años, consumido por las llamas. Siguieron hasta el estanque y en un principio no encontraron nada, pero luego vieron que entre el musgo flotaba algo y lo acercaron con un lazo que el abogado hizo con una soga. Era Ofelia, de diez años.

El policía fue al patrullero a informar por radio a la central. Augusto caminó aturdido con la soga en la mano hasta un corral en desuso y se trepó a una vieja manga donde antes revisaban a las vacas. Ató firme un extremo de la soga, pasó el lazo por encima de la rama de un álamo, acomodó su cabeza a través de la horca y se dejó caer. Belisario vio todo esto con delectación, escondido detrás de los álamos. Se sentó a la sombra, bebió un poderoso herbicida mezclado con whisky, y miró un rato el tapiz puntilloso de la soja que se extendía a lo lejos, por las tenues lomadas, y estaba dando sus primeros brotes.

Non fiction. Un tal Mae

Mae, sus imágenes.

Me llega un mensaje de texto del Mae. "No pisé un sorete, era una Stacker". Consigno aquí esta imagen, en apariencia irrelevante, por si acaso quienes pasaron a mejor vida andan penando por la blogósfera, para que Julio Cortázar la apunte en su libreta.

27/7/11

Traducción de un poema de Emily Dickinson



Me escondo a mí misma dentro de mi flor
Que vistes en tu pecho -
Y vos, sin sospecharlo, me vistes también
¡Y los ángeles saben el resto!

Me escondo a mí misma dentro de mi flor
Que se marchita desde tu jarrón,
Y vos, sin saberlo, sientes por mí -
Casi una soledad.

I hide myself within my flower (1830-1886)

I hide myself within my flower, That wearing on your breast -
You, unsuspecting, wear me too
And angels know the rest.

I hide myself within my flower,
That, fading from your vase,
You, unsuspecting, feel for me -
Almost a loneliness.

25/7/11

Año Nuevo

Como los años, los años nuevos pasan y se apilan en un estante de indiferencia o, al menos, de indistinciones. Solo dos noches de año nuevo, en mi vida, terminaron en una ubicación diferenciada, más al alcance de la mano ociosa de la memoria.
En la primera, éramos varios amigos de F.Q.H. –no todos conocidos entre nosotros– que festejábamos, además del año nuevo, su cumpleaños número veintilargo. Lo curioso fue que, pasadas las doce, cuando ya quedaba poco en la parrilla y habíamos vaciado una gran cantidad de botellas de todo tipo, alguien preguntó qué haría cada uno si al día siguiente fuera el fin del mundo. La ronda de respuestas circulaba dentro de lo previsible –sexo, drogas, familia, surf, amigos, religión, etc.–, hasta que un tipo alto, parado junto a la mesa, dijo con una expresión sugestiva y mordaz que él mataría a alguien. Otro, que ya se había pronunciado antes, acotó: “Con las manos, con las manos”, mientras agitaba en el aire, entusiasmado, sus lívidas palmas abiertas.
Lo más sorprendente del caso fue que la mayoría abrumadora adhirió a la idea. En ese momento se hizo notorio, para los presentes, el alto índice de potenciales estranguladores que hay en cualquier parte, o bien la misteriosa circunstancia de que F.Q.H. fuera amigo de tantas personas con ese íntimo anhelo –observaciones que, en ese orden, hicieron dos comensales distintos–. La noche discurrió, a partir de allí, envuelta en un indescriptible sentimiento de complicidad.
La segunda noche de año nuevo que no cayó en el estómago tenaz del olvido transcurrió mucho después, en la casa de veraneo de T.H., en Punta del Este. Éramos dos matrimonios invitados a la mansión –los amigos pobretones S.B. y mujer y nosotros–, a los que se sumaron tres más para el evento. Algo especial se dio entre los convidados porque, al rato de pasadas las doce, ya exquisitamente comidos y bebidos, alguien propuso que cada uno cuente alguno de sus peores delitos o pecados, y la sugerencia, como mínimo arriesgada, encontró una festiva aceptación general.
Le tocó empezar al serio y prestigioso J.B.G. –empresario que conocí esa noche y que no volví a ver–, quien relató cómo, de joven, golpeó en la cabeza a un cuidacoches con el matafuegos del auto, después de que el tipo alumbrara durante un rato, con una linterna, el interior del vehículo donde su novia de entonces le practicaba sexo oral. “Después me subí al auto y me fui. La verdad, no sé si lo maté”, concluyó ante el asombro de todos, y en especial de su mujer.
Esta, luego de dirigirle una mirada chispeante a su marido, y de apurar su copa de champagne, confesó que a los dieciocho años mantuvo, por algunos meses, eventuales y subrepticios encuentros sexuales con los novios de su madre y de su única hermana, cuatro años mayor, y explicó: “supongo que por celos”. “¡Ah bueno!”, exclamó sin poder contenerse C.O., la anfitriona, pero antes de que nadie más comentara el comportamiento lujurioso de L.D., M.U., famoso por su excentricidad, dijo pensativo: “Mi peor pecado…”, y dejó a todos expectantes, con excepción, quizá, del consternado J.B.G.
M.U. narró entonces que una noche de verano, durante una fiesta en Hurlingham, hacia años, borracho y algo drogado, había forzado a una chica de unos veinte años, o algo menor, también ebria, a tener sexo en un green del golf contiguo al salón, sin poder determinar, al día siguiente, si la muchacha había accedido al final o si había cometido una pura y simple violación. Hubo algo sufrido en el tono de su voz, que hizo bajar la mirada a su mujer y procurar, al resto de los hombres, el consuelo del arrepentido y obvio violador, discutiendo la dificultad de discernir entre los verdaderos y los falsos no de las mujeres, lo que condujo a una ruidosa indignación de ellas.
La noche prosiguió con otras anécdotas inolvidables, de esas que todos procuramos ocultar, incluso a nosotros mismos, –recuerdo ahora que una de las mujeres atropelló a un ciclista (“pero iba a 40 km./h.”) y se dio a la fuga; que T.H. no evitó por todos los medios a su alcance que uno de sus testaferros fuera a la cárcel por un asunto suyo–, pero hubo una historia –o tal vez fuera la sumatoria de todas– que rompió el hechizo de esa extraña ronda, similar, de alguna forma, a aquellas en las que los niños se muestran y comparan las panzas, los ombligos, o cualquier otra parte del cuerpo.
Fue la que contó S.N., conturbado, según la cual en julio de 19… secuestró a un chico de dieciséis años, lo llevó a una choza solitaria en un campo de su familia, al sur de La Pampa, lo esposó y ató a una pesada silla de hierro, lo mantuvo días enteros apenas alimentado, sin hablarle, afilando una cuchilla enfrente suyo cada dos por tres, sin responder a ninguna de sus súplicas –agua, comida, abrigo–, hasta que empezó a alimentarlo mejor, de a poco, a calefaccionar el ambiente donde lo tenía reducido, a hablarle, a sacarlo a pasear –esposado– alrededor de la casa, a explicarle por qué estaba ahí –el adolescente, de Villa Hidalgo, había asesinado de un tiro al hermano de S.N., para robarle el auto, y había sido absuelto por tener quince años al momento del hecho–, a contarle cómo era su hermano en vida, a leerle el Nuevo Testamento, a emborracharse con él hasta llorar juntos, para liberarlo al fin, después de tres meses y algunos días, cerca de la villa donde vivía.
Tras un silencio que ubicó a cada uno devuelta en su respectiva individualidad, surgieron algunas tímidas apelaciones al horario y a los compromisos del día siguiente que dieron paso a un incómodo desbande general, lleno de recíprocos un gusto y feliz año nuevo y vida nueva.