En el estupor del velatorio, anestesiadas por el dolor se
conocieron Mabel y María Marta, mirándose sin verse por encima del cajón. En
silencio un hombre había anudado sus destinos. Cosas que pasan. Todo pasa.
Pasa la vida.
Ninguna fue al entierro. En la panza sentían eso: un nudo
mudo. Y la punta inferior del intestino agarrada por dos dedos –uno de
tristeza, otro de bronca– que tiraban hacia arriba para desenvolverlas de
adentro para afuera, como queriendo sacarles por la boca a otra persona,
guardada en su interior.
Las dos familias tuvieron mucho trabajo: el duelo de la
muerte, la reconfiguración de la memoria del difunto, la revisión de distintas porciones
de sus propias vidas, el acompañamiento de su respectiva viuda en ese trance
peculiar para el que las costumbres ofrecían poco y nada; y todo eso con el
terrible agobio de la noticia que se esparce, ese fondo de cháchara en el que el
mundo circundante cierra los ojos afectando piedad, o valora con soberbia
miserable, o se burla, cínico y mordaz.
Pasó un tiempo y todo se fue aplacando. Con ayuda profesional,
con pastillas, con alcohol. Casi desde el encierro, Mabel quiso saber. Empezó nueve
cartas tembladas que llenaron el tacho. Así no. Llamó por teléfono. María Marta
también estaba intrigada. Dolida e intrigada. Mabel comprendía. Combinaron un
encuentro en un café populoso de un barrio intermedio.
María Marta ya estaba en el lugar. Se midieron con
desconfianza, tanteando cada paso, en puntas de pie, hasta que poco a poco se fueron
encontrando parecidas. Programaron otro encuentro, con más margen, a la hora
del almuerzo, en el mismo lugar, para la semana siguiente.
Esta vez cruzaron de pleno las miradas, por encima de las ojeras
azules, negras y violetas. Se sintieron hermanadas. Por la humillación, por el
odio, por el amor. Brindaron. Reconstruyeron sus medias historias, unieron
datos, hablaron de pequeñeces, compartieron intimidades, confesaron secretos.
Se despidieron con lágrimas que manaban de un océano –todo el interior de sus
vidas, en el que de pronto se habían ahogado– y volaron en taxi a sus refugios:
necesitaban volver a respirar.
A las semanas llamó Mabel. Quería ver, le era
imprescindible. María Marta aceptó, pero un día cada una. Primera vos. En dos
turnos se exhibieron las casas, los ambientes, la decoración, los muebles, la
ropa, la vajilla, las rutinas, los momentos.
Pasaron unos meses procesando a lo bestia –trabajo digestivo
del concreto: inútil–, hasta que Mabel mandó un mensajito: ¿te veo en el café?
¿Mañana? Dale, a las cinco.
Hablaron de nada por un rato, como viejas amigas.
–Me siento tan sola –dijo al fin Mabel, revolviendo el fondo
del pocillo.
–Sí –suspiró María Marta.
–Siento tanto miedo, tanta inseguridad, tanto rechazo.
–Sí –suspiró María Marta.
–Por eso digo… Estuve pensando… ¿Qué sé yo?...
Y después de una pausa, terminó:
–¿Por qué no nos vengamos?
–¿Vengarnos de un muerto? ¿Para qué? –cuestionó María Marta.
–No de él… de otro,
de cualquiera –aclaró Mabel.
María Marta la miró con una mirada turbia, espesa, profunda.
Una sonrisa triste le torcía la cara. Comprendía. Solo atinó a replicar en sus
labios esa raya resignada, mientras levantaba un dedo, mozo.
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