13/1/14

El hombre no es el lobo del hombre

"La ilusión occidental de la naturaleza humana", tremendo libro de Marshall Sahlins, publicado en el 2008 en inglés y en el 2011 en español (FCE). Ensayo muy breve, filosófico, cargado de historia, de política y de las poesías que aporta la antropología. De esos libros que te cambian el punto de vista sobre las cosas. Así.

Esto es el final. El poder de la conclusión viene dado, obviamente, por lo anterior. Por eso calculo que su lectura previa, acá, no arruina una posterior en el libro. (La advertencia es para quienes confíen en la recomendación, y además prefieran ir directo al libro.)

Aclaración. La frase "que nazcamos con almas acuosas" puede leerse (mal y pronto) más o menos como "que nazcamos como una página en blanco".
«Hacemos la guerra en los campos de juego de Eton, libramos batalla con groserías e insultos, dominamos con obsequios que no pueden equipararse o escribimos encarnizadas reseñas de los libros de nuestros adversarios académicos. Los esquimales dicen que los obsequios hacen a los esclavos como los látigos hacen a los perros. Pero pensar así, o pensar en nuestro proverbio opuesto, que los obsequios hacen amigos –un dicho como el de los esquimales va contra el espíritu de la economía predominante–, requiere que nazcamos con “almas acuosas” que esperan el momento de manifestar nuestra humanidad para bien o para mal en las experiencias significativas de una forma de vida particular. Pero no, como dictan nuestras antiguas filosofías y modernas ciencias, que estamos condenados por una irresistible naturaleza humana a buscar nuestro beneficio a costa de quien sea, amenazando con ello nuestra existencia social.
«Todo ha sido un gran error. Mi modesta conclusión es que la civilización occidental ha sido construida sobre una idea perversa y equivocada de la naturaleza humana. Lo siento, perdón; todo fue un error. Sin embargo, probablemente sea cierto que esta idea perversa de la naturaleza humana pone en peligro nuestra existencia.»

28/12/13

El queso y los gusanos

En el paraje Ginzburg, en Entre Ríos, hace tanto calor en diciembre que a veces los peces del Paraná muerden. Por eso en Navidad comen platos fríos y evitan el lechón, las salsas densas y los postres calóricos. En la despensa de Carlos fabrican sus propios chorizos durante el año, pero para las fiestas se dedican a los fiambres y quesos.
En el diciembre que importa aquí, Carlos estaba preocupado por la maduración de los quesos, ya que había vendido más de la cuenta y necesitaba madurar dos hormas nuevas para llevar a su casa de Ginzburg, donde recibiría a su hermano Fernando, que desde joven vivía en Rosario. Fernando estaba divorciado, pero le tocaba esta vez pasar la Navidad con su hija Candelaria.
En la despensa de Carlos trabajaba El Mencho, un chico de diecisiete años, probablemente de Formosa, aunque sin familia, que había llegado a Ginzburg primero recolectando naranjas cerca del Río Uruguay, después vendiendo lombrices a los pescadores del Paraná, y por último haciendo todo lo que Carlos no hacía en la despensa. Sus oficios habían hecho de él un empleado práctico, aunque a veces Carlos creía que era un poco bruto, o al menos supersticioso. Si bien El Mencho era hábil con la mercadería y discreto con los clientes, algunos comentarios habían sorprendido a Carlos. Solía decir, cuando Carlos se quejaba del calor:
-Sí, está quieto. Pero esos árboles del río se empiezan a mover, ahora las ramas nos tiran un vientito lindo.
Y después recibía con placer el aire en la cara.
Carlos jamás clarificaba la distinción entre causas y efectos, pero invariablemente se compadecía del saber miserable del Mencho. Se le ocurrió invitarlo a pasar la Nochebuena a su casa. El Mencho aceptó. Dijo:
-Voy a conseguir más gusanos para que toda la horma esté llena de agujeros.
-Mencho, el queso no tiene gusanos. Los agujeros se hacen por los gases de la fermentación.
El Mencho, que sabía de lombrices y gusanos, no insistió, pero se compadeció del saber rancio y senil de Carlos. Se prometió hacer todo lo que estuviera a su alcance para acelerar la maduración de los quesos.
Llegó la Nochebuena, y los quesos, sorprendentemente, estaban listos. Carlos estaba sorprendido. Su mujer Carlota no, estaba muy ocupada preparando la mesa, y arreglando la casa para cuando llegaran Fernando y Candelaria, pero la comida y la conversación no le importaban, lo mismo que cuando se habían casado, ella se casó más con su casamiento que con su marido, quien cumplía un rol importante, al nivel del vestido, la iglesia y los centros de mesa.
Cuando llegó Fernando, se quejó del calor:
-La hubiéramos pasado en Rosario, con aire acondicionado.
Carlos recordó navidades pasadas, el goce de salir a fumar al balcón y mirar las luces desquiciadas, y después volver a entrar al departamento y sentir el asco del olor frío a cigarrillo frío que se le pegaba al cuerpo.
Candelaria probó un poco de queso y le gustó mucho. Le dijeron que lo había traído el Mencho. Él, aprovechando una distracción de los adultos, se apartó a un costado de la galería calurosa de Ginzburg y le dió a Candelaria un frasco con los gusanos del queso. Ella dijo:
-Los gusanos mágicos.
El Mencho se sonrió, y pensó que lo único mágico de esos gusanos de queso (Europhobias ordinarios) era el pensamiento tierno de la niña de la gran ciudad, que veía en unos simples gusanos la magia de la Navidad.

26/12/13

Una palabra sobre Gutiérrez y el boletero

El tren arrancaba a las 4:15 am en Cañuelas y hacía: 4:43 Levene, 5:07 Kloosterman, 5:18 A. Petión, 5:25 Vicente Casares, 5:34 Máximo Paz, 5:53 Spegazzini, 6:04 Tristán Suárez, 6:17 Unión Ferroviaria, 6:49 Ezeiza, y seguía –Jagüel, Monte Grande, Luis Guillón, Lavallol, Turdera, Temperley…–. Sí, entre Unión Ferroviaria y Ezeiza hay un trecho menor, pero el tren se trababa, sufría un nudo, una incertidumbre, un espacio, una tensión, un interrogante, una angustia.
En concreto, se adelantaba a través del brillo seco del taconeo borceguí –advertencia que suspendía en el aire del vagón la respiración de los pasajeros, como un doble o triple cerrojo– y se hacía presente de cuerpo entero con el vozarrón desde la puerta: “Estación actual, Unión Ferroviaria. Próxima estación, Ezeiza”. Entonces los pasos se hacían lentos, saboreándose de uno en uno, midiendo todo el ancho y el largo del pasillo del tren que no arrancaba, resignado, obediente, tendido junto al andén de la mísera estación.
Todos mirábamos para abajo o para adelante. El boletero se ponía justo a la espalda, casi encima del hombro de Gutiérrez, y le pedía el boleto. Gutiérrez clavaba los ojos en el suelo, mudo, mascullando broncas. El boletero, inclinándose un poco sobre Gutiérrez, casi respirándole en la nuca a Gutiérrez, también se quedaba callado, de pie, y apretaba las mandíbulas en el interior del vagón del tren que todavía no arrancaba, expectante, tenso, paralizado junto al andén de la despreciable estación.
La gente cumple un horario, la gente pierde los premios, la gente tiene que dar explicaciones, la gente necesita la plata, la gente no llega a fin de mes, la gente tiene que hacer sobreturno, la gente sale a cualquier hora, ya casi no queda transporte, tiene que esperar una, dos, tres horas para el próximo tren, pasa frío, pasa hambre, se acuerda de la infancia de la gente, o peor, se pone a pensar en la infancia de los hijos de la gente, esa infancia tejida de frío con hambre, vestida de pudor con vergüenza, disfrazada de impotencia con bronca, tapada de falta con ausencia, y entonces la gente mira por encima del hombro, mientras espera todavía un poco más la llegada del próximo tren, y piensa en el esfuerzo de la gente, si acaso vale la pena, si Dios tiene razón, si Dios es bueno, si Dios se acuerda de la gente, si no estará haciendo las cosas mal…
De a uno, de a dos, de a tres, de a veinte, murmurándole al vecino, el interior de ese gusano impaciente se llenaba entonces de barullo, de tenues mamarrachos verbales que pululaban por el aire dibujando un rulo, una curva, un salto, una recta y un rictus, que estallaban, proliferaban, se bifurcaban, se contagiaban, se engullían, se retroalimentaban, se enfatizaban, se potenciaban y reforzaban.
Porque eso era el principio, nada más que el principio, el encendido de un motor que arranca y carbura, pero que se queda todavía ahí, regulando. Porque todavía nadie levantaba los ojos del piso o de la nuca del de enfrente. Porque la humedad y el calor también ganaban en intensidad en la exhalación del boletero contra la nuca de Gutiérrez. Porque Gutiérrez permanecía mudo, mascullando broncas, con los ojos clavados en el suelo, sentado en la butaca del tren que no arrancaba, exasperado, tembloroso, detenido junto al andén de la desolada estación.
Más hacia la punta del vagón alguien le reprochaba entonces al vecino, un poco más fuerte, que no ves Julián que llego tarde, otro se quejaba de manera audible que siempre la misma historia, uno atrás suyo explicaba para todos que qué vah´cer varón, si siempre pagan justos por pecadores, y de la otra punta alguien reclamaba a viva voz que se solucione el inconveniente de una vez por todas, que al pan pan y al vino vino, y basta de tanta vuelta.
Y entonces las miradas giraban recorriendo toda la circunferencia disponible de sus órbitas, se levantaban con furia al techo, bajaban con desesperación a las agujas de los relojes, que seguían girando, y se volvían a un costado con violencia, se gruñían las miradas, se ladraban las miradas, se mostraban los dientes, se mordían. Y de a poco, de a dos en dos, ensangrentadas, se iban volviendo hacia Gutiérrez, le tiraban desde todos los ángulos posibles a Gutiérrez, le escupían con filo rojizo desde las bocas de sus párpados.
Y no había caso. Nunca había caso. Gutiérrez se paraba recién entonces, mudo, mascullando broncas, y cruzaba las puertas abiertas de la formación, se sentaba en el banco todavía húmedo de la estación perdida y miraba hacia el interior de las ventanillas del tren humillado, avergonzado, aplacado que como si nada, desaparecía.
Entonces el boletero volvía sobre sus pasos hacia los mates, las carcajadas y los cigarrillos del chofer, y los pasajeros volvían a mirar al piso, bajito y para adentro se decían que no se podía hacer nada, que el boludo de Gutiérrez se lo había buscado, que yo no me puedo dar el lujo de perderme este tren por defender a nadie, que el hijo de puta del boletero tarde o temprano se iba a cansar, que la familia pide pan y no espera. Y a medida que se iban olvidando, iban volviendo al ensueño, al periódico, a la conversación de dos o tres sobre esto y aquello.
Y entre esto y aquello, cuando se hacía una pausa en la charla de los muchachos, Correa me pedía que arrojara luz, que aventurara una reflexión, que desenvolviera un pensamiento, que desenfundara una palabra, ya que yo era el filósofo del grupo –bueno docente, es la misma cosa para nosotros, los icnorantes–, que me expidiera, en fin, sobre el curioso caso de Gutiérrez y el boletero.
Y yo, que quizá podría haber dicho algo sobre el uniforme del boletero, sobre la empresa militar, sobre la explotación, sobre las venas anudadas de Latinoamérica, sobre Gutiérrez y su ideología republicana, de importación, me quedaba entonces mudo, como en un doble o triple cerrojo, con la mirada clavada en el suelo, mascullando broncas, sabiendo que lo único que quería Correa era que no olvidara que todos recordaban que Gutiérrez, el también docente, intelectual Gutiérrez, a la quinta o sexta vez que el boletero me había mandado en un abrir y cerrar de ojos a sentarme al banco todavía húmedo de Unión Ferroviaria, había alegado en mi defensa la obvia verdad de que no había boletería abierta a esas horas, de que ningún pasajero de todo ese perdido y miserable, despreciable y desolado tren viajaba con boleto.

23/12/13

La necesidad de un final

Diciembre pasa y la gente camina y roza su piel transpirada contra otros brazos, otras pieles. El asfalto hierve y la brea se ablanda. Una coca-cola se eleva haciendo un recorrido en miniatura, como una maqueta de un lanzamiento al espacio, para luego cambiar de dirección y caer de lleno en la boca de un turista. Por debajo de la Avenida Corrientes el subte B pasa lleno y la gente va cargada de estrés y gotas de transpiración en la frente que no pueden enjugar, porque les es imposible liberar sus brazos. Todos los cuerpos encimados unos contra otros. Cuellos quietos y los ojos oscilando hacia uno y otro lado. Todo húmedo. El tren frena, permiso, permiso, bajo, permiso, cuidado, perdón, señora, ¡dejen bajar! La gente, chocándose entre sí, se vuelve a reubicar con el cierre de las puertas y el tren arrancar otra vez. Ese orden, o desorden, se mantendrá estático por el próximo minuto. Cuide sus pertenencias hay amigos de lo ajeno, cuide sus pertenencias, y me dijo que me callara enfrente de todos, ya no se puede así, trabajar ahí, con el frío que hace, el aire acondicionado al palo y nadie le dice nada. Estación Pueyrredón, cuidado, permiso, permiso, bajo, permiso, cuidado, perdón, señora, ¡dejen bajar! Miradas evidentes se cruzan entre un chico y una chica, no se hablaban con palabras, se decían muchas cosas de las que no se hacían cargo, ni siquiera sabían que estaban hablando, que estaban diciendo algo, insinuándose. En el techo propagandas disfrazadas de navidad. Una señora con el ceño fruncido reprobando a un chico alto, flaco, con unos grandes aros que le ahuecaban ambos lóbulos. Estación Pasteur. El tren frena, permiso, permiso, bajo, permiso, cuidado, perdón, señora, ¡dejen bajar! La gente, chocándose entre sí, se vuelve a reubicar con el cierre de las puertas y el tren arrancar otra vez. ¿Qué querés de regalo? ¿Un Max Steal? ¿Qué es eso? Ella se fue de vacaciones en el peor momento, dejando todo por la mitad y la otra que la autoriza, no es eso, la cosa pasa por otro lado, no se puede jugar con línea de tres, pero tampoco con esos cuatro muertos, no los conoce nadie y van al mundial. Estación Callao. El tren frena, permiso, permiso, bajo, permiso, cuidado, perdón, señora, ¡dejen bajar! ¡Dejen bajar! Grita un hombre robusto, medio panzón y pelado que llevaba un carrito con unas cajas aparentemente muy frágiles. Dejate de joder pelado, le dice uno. Tomate un taxi, boludo. El pelado baja rojo como un tomate puteando a todos. Así, bajate, puto. No vuelvas. Estación Uruguay: El tren frena, permiso, permiso, bajo, permiso, cuidado, perdón, señora, ¡dejen bajar! La gente, chocándose entre sí, se vuelve a reubicar con el cierre de las puertas y el tren arrancar otra vez. Estación Carlos Pellegrini: combinación con líneas C y D. Una masa importante de gente se abalanza para salir por la puerta y ganar prioridad en la escalera mecánica. El tren ya era otro, aliviado. El problema sigue en los túneles, donde la multitud continúa su marcha para subirse a nuevos tres y nuevas peleas. Todo, un 23 de diciembre por la mañana, esperando la navidad. 

28/11/13

La aventura de la memoria




Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras.
Funes el memorioso


            Antes del suceso, sin dudas fascinante,  que cambiaría las cosas para siempre,  pero que antes de suceder era impensable, entonces, ese momento previo adquiere ahora en retrospectiva una importancia póstuma. Justo antes entonces Epifanio Céspedes estaba en su departamento de San Isidro, tendido con alguna negligencia en el sillón, tal como lo había depositado un desmoronamiento controlado, de modo que todo su peso se distribuía en los puntos de contacto azarosos que habían resultado de esa indolencia. Como no logró entrar en sueño, giró sobre los almohadones y vio la mesa ratona, encima sus utensilios y un gorro fez que le habían traído de Marruecos y que le recordaba a la Ardilla Atómica y a algún documental de guerra. La fatiga aplazó el armado del cigarrillo de marihuana, pero en cambio algunas inquietudes del ámbito del deseo arruinaban la armonía de la pereza y obstaculizaban la siesta. Luego de una duermevela plagada de descanso y erotismo, Epifanio comprendió que se estaba cayendo del lado de la vigilia.
            Dio unos pasos hasta el baño, se masturbó con ímpetu tranquilo, no pudo evitar durante la operación reconocer algún desorden en el armario abierto, y luego la consabida manchita de cemento que se había filtrado entre los azulejos. Eyaculó con el placer de una verdad revelada, satisfactoria y poco afecta a la duración sostenida. Usó el último tirón de papel higiénico, luego se enjuagó, apagó la luz y antes de salir sintió que algo le rozaba la cabeza en la oscuridad. Le restó importancia y fue al sillón, y cuando ya se disponía a picar la planta seca para liar su porro notó que sus manos estaban ensangrentadas. Pensó en volver al baño para verse en el espejo, pero un gusto ferroso en la boca lo impulsó a escupir al piso, y comprendió que la sangre brotaba de la garganta. El terror paralizó la vuelta al baño y pronto sintió un mareo. Quiso recomponerse, pero no entendía nada.
            En su convalecencia, tuvo una inyección afiebrada de recuerdos que se organizaron cronológicamente, su vida desde los convencionales inicios expuesta rauda y sin descanso donde emergía un puñado de momentos en toda su lentitud: el olor a garrapiñada caminando con sus padres por el Tigre, no la mediocre iniciación sexual como hubiera pensado, sino una mirada insignificante y definitiva de su vecinita antes de mudarse a capital, una humillación temprana en la adolescencia, sin personajes, metonímica hasta la abstracción del detalle puro, el temor del último examen de la universidad, la bufanda que olvidó su mujer cuando lo dejó por vago, no el viaje memorable a Río de Janeiro, sólo el placer de la rememoración en Buenos Aires, el momento en que se perdonó la distancia con su hermano, sólo años después de su muerte, el descubrimiento de la traición de su amigo que prefirió ignorar, el sabor intenso del último pan tostado con manteca, que remitía a cualquier desayuno de su vida y por eso pervirtió el tiempo de su biografía sucinta.
El resumen quiso respetar todavía cierta trayectoria y continuó con unas manos ensangrentadas y un gusto ferroso en la boca, pero enseguida una precipitación de recuerdos recomenzaba. Otra vez su vida, levemente desfasada, con sensaciones fuera de catálogo y situaciones que creía no haber atravesado pero que sin duda recordaba. Cuando nuevamente llegó a la última hora, esta vez acostado en un hospital cercano a su departamento, en ese mismo instante dentro del instante en el sillón de San Isidro, otra vez implosionó el recuerdo. Los relatos se sucedieron, uno dentro de otro, y cada nueva reminiscencia forzaba más lo que había creído su pasado. Cuanto más se cristalizaba un hecho significativo en una vida, más celeridad adquiría en la siguiente, y en cambio otros asuntos intensos pero inesperados se ralentizaban con vigor a cada nueva vida que se abría en el borde de la vida anterior. Ya no sabía si repetía sus experiencias o migraba a otras vidas pasadas o contadas. El futuro era absurdo, pero el pasado estaba aún por escribirse.

La gran cordillera blanca


               Los tres alpinistas hicieron cumbre en el pico superior del cerro más alto de la gran cordillera blanca, pero una tormenta repentina les impidió regresar a tiempo. Acostados sobre la nieve, metidos –envueltos– en la carpa ínfima, sin armar, que llevaban consigo, establecieron turnos de media hora durante los cuales uno dormía –o dormitaba, o lo intentaba– en el medio, mientras los otros dos resistían.
               La tormenta pasó y al atardecer del día siguiente llegaron al refugio, donde dieron la franca impresión de estar muertos. Los desnudaron a unos metros de la chimenea, les dieron cucharadas de sopa en la boca y los metieron en las camas angostas ubicadas junto al hogar, pero no se durmieron.
               De manera espontánea y mecánica, como un fluido hipnótico, se fueron contando –con la voz que les quedaba en el cuerpo, entre el susurro y los gruñidos– los sueños que habían tenido en la cumbre de la gran cordillera blanca: un apuñalamiento; el llanto de un sordomudo; un sol rojo, inmenso, parpadeando en el centro de un cielo rojo; las risas agudas de gaviotas borrachas; un durazno gigante rodando barranca abajo; el fuego de una vela ardiendo sobre la superficie de un lago, de noche; un niño pateando una pelota peluda; las caricias arrugadas de una anciana...
               El refugiero los iba anotando en su diario, sorprendido de la nitidez de esos recuerdos y comprendiendo –de a poco– que ya no se podía hacer nada más por esos tres alpinistas, que no habían vuelto, que ya nunca volverían.
           
               A miles de kilómetros de distancia, unas pocas personas de distintas edades soñaron borrosamente con una interminable tormenta en la cumbre del pico superior del cerro más alto de una gran cordillera blanca; con un apuñalamiento, el llanto de un sordomudo, un sol rojo, inmenso, parpadeando en el centro de un cielo rojo, las risas agudas de gaviotas borrachas, un durazno gigante rodando barranca abajo, el fuego de una vela ardiendo sobre la superficie de un lago, de noche, un niño pateando una pelota peluda, las caricias arrugadas de una anciana...

La parte por el todo

Tenía los ojos vendados y el cuerpo transpirado. Estaba de pie frente a un muro de unos cinco metros de alto. La punta metálica y fría de un fusil en la nunca le erizaba los pelos. Un soldado le gritaba en el oído cosas que no podía entender, mientras lo sacudía del uniforme. De tanto apretar las muelas sentía que la cabeza le estaba a punto de estallar. Cuando se alejo la voz, se quedó pendiente de lo que seguía, atento a los instantes sucesivos −tan próximos y trasparentes− que aplastaban su cara como un vidrio, deformándola.
Podía componer la imagen de ese pequeño universo en tan sólo un instante: las armas, las boinas, las botas, sus cordones, el polvo, y a menos de cien metros estaban ellos… de espaldas, aplastados por el sol, mientras una brisa sofocante jugaba a erosionar sus  polvorientos uniformes.
La fila de soldados apuntaba a los presos. El sol iluminaba la punta de cada uno de sus fusiles. Un poco de tierra se levanta con el viento y el graznido de un pájaro parado en la cornisa desconcentró al cabo Fernandez. Martinez, ya distraído, miraba la cantidad de tierra que habían juntado sus botas, y pensaba en el cepillo y el lustre de este domingo por la noche en su habitación. Necesitaba mostrarse triunfal e impecable en la formación del lunes siguiente, justo antes que el himno se haga escuchar. La soledad y la angustia estaban sentadas en una de las galerías laterales del cuartel, tomadas de la mano.
Los soldados buscaban una coincidencia, atrapar con la mira a esos pequeños rehenes para que luego se tumben y pasen los que siguen y se tumben, y pasen los que siguen, hasta que ellos estén contra un paredón y alguien los haga coincidir de alguna manera. La precisión lo era todo. Si no mataban de un tiro eran castigados. No podían fallar. Los superiores no querían gritos desconcertantes. Tenían que ser efectivos.

Por las noches, los sueños de la mayoría de los soldados no eran nada fuera de lo común. Algunos eran terribles, como los de Yañez. Él soñaba que miraba  una película en una sala de cine y, de golpe, una de esas caras gigantes que estaban en la pantalla lo miraba, extendía su brazo, lo atrapaba con los dedos como tomando una pizca de sal y se lo llevaba a la boca. Así despertó gritando varias noches. Así fue tomado por loco y encerrado.