28/12/16

Gnoseología del chiste


“Y quizás no hay nada más enigmático que un pene glorioso,
nada más espectral que una vagina puramente doxológica”
Giorgio Agamben, El cuerpo glorioso.



            De golpe, Pedro despierta. De golpe, porque en algún momento la historia comienza. Y en este punto inicial, suponemos la preexistencia de Pedro. Por lo tanto, la irrupción de Pedro es tranquila para él, que todavía duerme. Pero está a punto de despertar porque suena un grito, Peeedro. Ya nos hacemos una idea.
            Pedro despierta, intuye sin mayores complicaciones que la voz viene de Adriana en la cocina, abajo. Ni siquiera se detiene a desandar el camino del ruido por la puerta entornada, el pasillo hasta la boca de la escalera y allí en un envión hacia abajo, rebotando en la pared para volver hasta la garganta venosa de Adriana. Sin duda es Adriana. Eso lo sabe Pedro (y ahora que conocemos la casa, también nosotros), mientras recuerda que es domingo. Podemos suponer ya el contexto político y, aún así, la intimidad de esta casa.
            Otra vez el cuello de Adriana se hincha para gritar, otra vez el llamado sube como pedo caliente por el hueco de la escalera, se bifurca quizás en el pasillo (pero la historia descarta los caminos alternativos), llega reptando las paredes hasta la puerta entornada y se asoma, pero Pedro lo escucha débil porque una situación inesperada reclama su atención. Tiene una erección tremenda. Puede que sea una pierna gangrenada, pero no. Para asegurarse, se yergue, se frota los ojos, mueve las piernas, las cuenta. Es una erección. De tal magnitud, que Pedro está alborotado: puede ser la excitación, puede ser el pánico. (Abundamos un poco en el asunto para retener la atención sobre esta situación, que es el núcleo del relato). En definitiva, una erección tremenda. El grito de Adriana le llega acolchado, quizás por la sorpresa, quizás por la cefalea que le provoca el coágulo. El sentido de la historia que se fue formando se enfrenta a un quiebre: de ahora en adelante, el conflicto reclama la constatación del desenlace.
            Y Pedro hace lo que tiene que hacer, se enfrenta a su destino de género menor (sigue por el pasillo la huella del grito que ya recorrimos nosotros): se pone una camisa larga hasta los muslos, apenas disimula su empalme (sinónimo español para no repetir “erección”), sale de la habitación, palpando las paredes con las manos, todavía dormido o mareado, acercándose por la escalera al final de la historia.
            Entonces Pedro entra a la cocina sin ser visto, Adriana silbando sobre la mesada, el delantal ofreciendo la espalda descubierta, las piernas desnudas bajo la tela mínima. Pedro se acerca sin ruido porque va descalzo, caminando despacio por el mero gusto de desplazar la resolución, despacio sobre todo para generar incertidumbre, reteniendo la evacuación del final (su lentitud no es un recurso narrativo, de hecho es exasperante). Ahora la tensión sexual es explícita para nosotros: Pedro asoma su pene debajo de un botón de la camisa, se sonríe por las dimensiones de su excitación, con la vista recorre la espalda apenas transpirada, con la mano extendida sorprende un hombro, y antes que Adriana reaccione, acerca sus labios al lóbulo de la oreja de ella y le dice, muy cerquita, una frase que a Adriana le llega envuelta en la respiración caliente que le empaña el aro de plata: mirá, mirá lo que te perdés por ser mi vieja.
            Cualquier reacción inquietante corre por cuenta del lector.



NOTA: El presente es un ejercicio aplicado de Narrativa abstracta, del 28/4/2015

28/11/16

Una visita

            El hombre que me abrió la puerta fue evasivo. Mientras entraba noté que me miraba de costado, no pudiendo evitar cierta curiosidad, aunque enseguida se volvió para el otro lado. Me di vuelta en el pasillo para atraparlo mirándome, pero ya había cerrado la puerta. Me dirigí al centro de la habitación, donde ella estaba acostada. No la conocía. Acaricié su cuerpo sin decir una palabra. El primer contacto tuvo el encanto del descubrimiento. Metí una mano por debajo de la sábana, sentí su pecho, su vientre. Arrastré el revés de la mano, con suavidad, por sus hombros. Después me desnudé mirando hacia la pared, dándole la espalda. Quería cierta intimidad para ese trámite. Me metí en la cama sin mirarla. Después sí, miré de cerca su pelo, le besé el cuello al costado, al lado de un lunar que me gustó. Me subí encima, sosteniéndome con los brazos para no aplastarla con mi peso. Luego empecé la cópula, con cierta torpeza, algo levemente vergonzoso, pero poco a poco sentí cómo los cuerpos se iban acoplando, aunque no demasiado, porque me gusta algo de ese extrañamiento del otro cuerpo. Sin embargo, con la repetición de los movimientos se fue mitigando la rudeza del coito. Allanados los primeros pasos en falso, el baile sexual comenzó a desenvolverse sin contratiempos notorios. Mi transpiración ya mojaba el contacto de nuestras pieles. Me maravillaba que solamente podía sentir las partes de mi cuerpo que eran tocadas por el de ella. Estando yo boca abajo, mis rodillas sentían la rigidez de sus muslos, pero tenía que concentrarme para advertir que mi espalda existía. Eso me distrajo un poco de mi deseo y pasó algún tiempo hasta que me sorprendí pensando en estas cuestiones anodinas, sobre su cuerpo, sobre el apasionante misterio del otro, es decir, pensamientos que a veces tengo cuando me distraigo en un taxi, en una sala de espera. Volví a mi cuerpo como un despertar. Me concentré en sus rasgos y, sobre todo, en sus gestos. Otra vez el deleite de la pelea entre, por un lado, la sincronización amable y, por el otro, los movimientos tímidos, titubeantes frente a un cuerpo desconocido. El encuentro contradictorio de ambas situaciones me llevó a eyacular algo antes de lo previsto. Me quedé unos segundos abrazado a su cuerpo. Si no hubiera sido por la temperatura de su cuerpo, casi podía olvidar que estaba muerta. Me levanté, me vestí otra vez de espaldas a ella, y me fui sin decir palabra, aunque antes me detuve un segundo a ver su cara tensa, su pelo algo alborotado. Caminé por el pasillo blanco y abrí la puerta. El hombre ya no estaba.

25/11/16

La flor violácea del jacarandá

Me crucé con Lin y Chen en un vagón del subte B. En ese momento no sabía sus nombres. Me los dijeron cuando se despidieron. Todo pasó en minutos.
Volvía del trabajo, me acerqué a la puerta para bajarme en Malabia y ahí lo vi sin verlos. Lo miré a Lin, la miré a Chen, y no los reconocí. Fue su mirada, la de él, la que me marcó la pauta de que ellos eran ellos. Cuando se miraron entre sí me di cuenta de que yo era yo. No entendía cómo no los había reconocido. Todos los jueves íbamos a su restaurante a cenar. Todos los jueves se acercaba Chen a tomarnos el pedido. Lin saludaba desde la cocina cuando entrábamos y cuando salíamos. Estaban casados. Chen era la moza. Casi no hablaba español. Le señalábamos lo que queríamos del menú y ella escribía idiogramas en la comanda, siempre sonriendo. Lin era cocinero, pero también hacía las veces de administrador y encargado. Trabajaban con los padres de Lin. La especialidad eran unas empanaditas a la plancha de cerdo y akusay, tofu frito con picles chinos picantes y pollo kun pao. Lo que más se destacaba igual eran las empanaditas. Todos las pedían.
 Lin me preguntó cómo estaba y también a qué me dedicaba. Era la primera vez que intercambiábamos palabras, más que un hola, chau, gracias, o hasta luego. Mentira. Una vez les regalé un libro que había editado. El primer libro que había editado. Le estaba mostrando el libro a mi mujer y Chen se metió en el medio, miraba y miraba. Le aclancé el libro y se lo llevó a la cocina. Era la primera novela de un autor argentino que era chef en Hong Kong. Ellos nunca entendieron que yo era el editor. Traté de explicarles. Chen quería que le dedique el libro. Lo firmé. Más allá del malentendido, se dieron cuenta de que ese objeto tenía un significado especial para nosotros. Ese fue el primer y único libro que autografié.
Salimos de la boca del subte. Lin me dijo que nunca pudieron leer el libro. Que él hablaba bien, le costaba leer, pero que su mujer era un desastre. Nunca dijo desastre. Levantó una mano y negó levemente con la cabeza. Lin obligaba a Chen a ir adelante nuestro. Ella se daba vuelta y me hablaba. Yo lo miraba a Lin pidiendo que me tradujera. “Quiere que le mandes saludos a tu mujer”. Asentí sonriendo. Ella también sonreía, con los ojos, con la boca, tratando de  expresar lo que no podía decir.

Cuando cruzamos Corrientes Lin me preguntó si había vuelto al restaurante. Le dije que dos semanas atrás, pero que no reconocí a nadie. Él agachó un poco la cabeza. En ese momento me confesó que habían vendido el fondo de comercio. Solamente su madre había quedado trabajando con los nuevos dueños. Iban a visitar a sus padres que todavía viven arriba del restaurante. Cruzamos Scalabrini Ortiz y me dijo qué lindos esos árboles, señalando los jacarandás en flor. Había varios a cada lado de Corrientes Eran realmente hermosos y delicados. Me pidió que repitiera la palabra jacarandá. El trató de pronunciarla. Se detuvo mucho en la jota y en la ce. Chen dijo el nombre en Chino. El ruido de los autos no me dejaba escuchar bien. Lin me repitió la palabra que para mí podía ser asfalto, cocodrilo o transeúnte. Me explicó cómo se componía el término: flor-azul-ciruelo. Cuando dijo “flor”, Chen le dio forma de flor a su mano. No sabía si hablábamos del mismo árbol, pero elegí creer que había jacarandás en China y que se llamaban exactamente como decían Lin y Chen. En la esquina nos despedimos. Me dijeron sus nombres y yo les dije el mío y el de mi mujer. 

28/10/16

El ángel del atardecer

                Salí del estudio jurídico. Íbamos a jugar al tenis con uno de mis socios. En el camino comentábamos el caso que le había tocado. Una señora mayor había dañado una obra de arte en un museo. Eso es lo que reclamaba el museo, por lo menos, aunque permitía otras interpretaciones menos comprometidas con el patrimonio, como aquellos que comentaban livianamente que la vieja había hecho una intervención, es decir, había producido arte. Era el primer caso en el país, por lo menos que tuviera lugar en la atención de los medios, pero ya había pasado en España, donde una anciana restauró durante meses, con un criterio muy particular y a escondidas, un fresco antiguo de Cristo en una iglesia; había pasado en Alemania, donde otra señora añosa, en una retrospectiva de arte moderno del siglo XX, frente a la exhibición de una obra en forma de crucigrama, siguió la aparente consigna y completó los casilleros vacíos.
                Mi socio, Mariano, tenía que lidiar con el seguro en favor del museo, nuestro cliente. Además, como la obra era un préstamo por convenio del exterior, tenía que resarcir a la institución propietaria, un museo norteamericano, aunque el pintor fuera noruego. Se veía obligado, por contrato con el seguro, a demandar a la vieja. Nada escapaba a las tareas con las que cualquier abogado serio se enfrenta habitualmente. Pero la particularidad del asunto y su publicidad lo hacían el tema de la semana para nosotros. Además de sentir ambos simpatía por la anciana, recordé que mi amigo, el contador Francisco Lazariaga, me había comentado, con ironía, su enfoque frente a los casos anteriores: los viejos eran la nueva vanguardia. Como Mariano ahora, yo me había reído. Como yo exponía ahora, Francisco se había explicado. Frente al arte callejero, reducido al vandalismo o a cierta decoración no distinta de los anuncios publicitarios; frente a la endogamia del arte contemporáneo de galerías y museos, cada vez más encerrado sobre sí mismo, incomprensible, cuando no risible para los demás; frente a la insipidez de la industria de la cultura, segmentada por consumidor y previsible… la tercera edad tenía algo para decir. Parecía un disparate, pero, según había dicho el contador Lazariaga, decía yo ahora, no era de extrañar que con la extensión de la esperanza de vida se formara un grupo social ocioso y demandante, es decir, un ejército de reserva de artistas. Sólo hacía falta indagar la historia y reconocer que el arte surgía en ciertos grupos emancipados del yugo del trabajo: los brujos paleolíticos, los nobles griegos, algunos hijos de banqueros alemanes, aristócratas argentinos. A Mariano le pareció interesante el planteo porque combinaba una argumentación a la vez verosímil y ridícula, según su parecer.
                -Los jóvenes no entienden nada-, cerré con las palabras de Francisco Lazariaga.
                Terminado el partido de tenis, cuyo resultado no importa, me duché y fui a esperar al auto de Mariano. Cuando él llegó, unos minutos más tarde, me dijo que si la teoría de era cierta, la presunta novedad del arte senil, en sus palabras, no tardaría en incorporarse al mercado. Por las mismas razones: la creciente población de jubilados era un apetecible segmento de consumo, el de mayor potencial de crecimiento. Además de la salud, se vislumbraban nuevas oportunidades. Era cuestión de tiempo para que alguna idea convierta el desconcierto en un negocio. Cuando estábamos llegando a casa, y yo ya pensaba que me había olvidado la raqueta nueva en el vestuario, con la que todavía no había ganado ningún partido, Mariano me dijo que tendría que ser yo el defensor de la señora. Sí, el museo estaba obligado a iniciarle acciones legales, pero no quería dar la imagen de una institución que persigue a sus visitantes más desprotegidos, eso iba en contra de cualquier criterio, sobre todo pensando en los programas de fomento del propio museo y del ministerio a nivel nacional, cuyo objetivo consistía en convocar a la ciudadanía. El mismo ministro había llamado al museo para pedir una solución. La situación podía desencadenar una reacción incontrolable, incluida la temida reducción presupuestaria, siempre al acecho. Me fui a dormir pensando en que no estaría mal, ambos a la vez en el mismo bando pero enfrentados. No tenía por qué preocuparme, Mariano no sería tan necio de ir a buscar en los bolsillos de la vieja, más allá de la formalidad de la denuncia. Era una tarea previsible y además podía seguir de cerca el asunto, que me daba curiosidad. Le mandé un mensaje a Mariano. “No se te ocurra hacerte el gracioso y pedir un embargo o algo parecido, que la cara la pongo yo”.


                Al día siguiente pasé a buscar a Florencia por el hogar de ancianos donde vivía, en la zona de Colegiales. Mientras esperaba en la puerta, no podía hacerme una idea de lo que me iba a encontrar, entonces me dejé sorprender. Las hojas amarillas caídas sobre la vereda daban una sensación de calma, por lo menos en contraste con mis días habituales por el centro. Apareció sola al lado del auto, como esperándome, y me di cuenta que la hubiera imaginado acompañada. Era una señora difícil de describir. Más allá de la edad, no encontré rasgos que pudieran distinguirla. Se desplazaba con soltura y parecía conservar la razón y el criterio de realidad. Esa señora había coloreado la Madonna de Munch con su pintalabios y su maquillaje. Un poco de color en los cachetes, para darle vigor de madre a una figura más bien pálida y mortecina. Mientras íbamos al museo, donde la haría firmar unos papeles de rutina, le comenté que esta acusación era obligatoria para exigir el seguro, que no debía preocuparse ni creer que se enfrentaba a una situación hostil. Parecía creerme, aunque no mostraba el mayor entusiasmo. Estoy acostumbrado a comunicar la situación sin involucrarme en las emociones del cliente, pero esta vez mi trabajo era mostrarme solidario con la vieja. Me hubiera gustado ver en ella una expresión de tranquilidad y agradecimiento que no aparecieron. Me tomaba por lo que en verdad era: un abogado que tenía que cumplir una misión acotada. Le aclaré que, en el peor de los casos, si querían algo de ella, su jubilación era legalmente inembargable porque era su sustento.
                En el museo no la dejaron ver la obra dañada que ella decía no recordar, aunque luego yo insistí en que debía verla en calidad de defensor. Me llevaron solo a un depósito y vi algo magnífico. Un cuadro famoso, valuado en millones, que en su versión original podía conmover. En su estado actual, la figura maquillada de un modo torpe y aniñado, como cuando las nenas juegan a ser grandes. Una tristeza muerta reclamada inútilmente a la vida. Un activo económico severamente dañado. Cuando volví a la oficina, estaba la vieja acompañada por el director del museo, a su lado Mariano, y frente a la mesa, charlando con Mariano, el abogado del seguro, Roberto Z. Un viejo conocido, un depredador. Me preocupé un poco por la vieja. No le sacarían nada, pero podían someterla a ciertas incomodidades, audiencias, embargos, un juicio interminable que quizás yo debía enfrentar sin ver un peso. No podía evitarlo alegando sensatez, cada uno debía ocuparse de su labor. Prefería liquidar el tema lo antes posible. Firmamos los papeles necesarios. Me sorprendió que el documento de identidad de Florencia tenía fecha de expedición de ese mismo año. Lo habría perdido y lo tuvo que renovar, pensé. Florencia tenía 81 años, domicilio en Colegiales. Roberto Z. me miró con una de sus sonrisas, entre cómplice y desafiante. Quizás solo quería incomodarme para después burlarse en alguna de las cenas que a veces nos reúnen.
                Cuando volví al estudio pedí que me averiguaran si Florencia, mi cliente, tenía bienes. Al otro día ya tenía la información. Ella no disponía de propiedades ni bienes, solo una cuenta bancaria vacía donde le depositaban la pensión porque era viuda de un cónsul. No era pobre, Florencia, pero no podrían sacarle mucho. También supe que había vendido a su hija –calculo que en un valor simbólico, ya que la plata no estaba en ninguna cuenta- una casa en el Bajo Belgrano y un departamento en Palermo. Las fechas de venta coincidían con la que yo había visto en su documento. No era raro. La hija la habría visto desvariar un poco, por seguridad habría desplazado la titularidad de los bienes, la habría puesto en un hogar de ancianos razonablemente alegre y cómodo. Le habría cambiado el domicilio a su nueva residencia en Colegiales.
                Ese día me llamaron del hogar “Mañanitas”. Me decían que un huésped quería hablar conmigo. No lo llamaban paciente ni cliente. Fui hasta ahí. No la vi a Florencia porque Rubén me recibió en un banco del jardín frontal, cerca de recepción. Por la puerta abierta podía ver cómo nos miraba la encargada del lugar. Rubén me dijo que Florencia lo había hecho a propósito. Ella misma se lo había confesado. En ese momento la encargada se acercó y me dijo que Rubén estaba cansado, y le pidió que fuera a dormir la siesta.
                -No está bien últimamente. El asunto de Florencia lo tiene un poco perturbado.- Me despidió amablemente.
                Fui perplejo hasta mi auto pisando las hojas secas.
               

                La semana siguiente el asunto estaba resuelto. El seguro había desistido de perseguir a Florencia. El desenlace era razonable. La rapidez, inédita. No me extrañaba que se hubiera resuelto en alguna esfera de poder cuyos engranajes escapan mi comprensión, pero capaces de destrabar situaciones. Florencia tenía que ir a firmar. Y sacarse una foto con el ministro. La fui a buscar a Colegiales. En el camino le comenté que el trámite estaba terminado. Sólo tenía firmar y saludar al ministro. Esperaba que no fuera un problema para ella. Me regaló la primera sonrisa. Después me comentó que estaba preocupada porque a Rubén lo habían llevado al ala más restrictiva del hogar, donde los horarios y el control eran rígidos, las salidas eran muy difíciles. No se explicaba por qué. Me enterneció que en medio de un conflicto millonario y comentado en todo el país y más allá sus preocupaciones siguieran restringidas al perímetro de “Mañanitas”. Llegamos al museo.
                Un funcionario de gobierno quiso sacarme a la vieja, pero Florencia lo rechazó y dijo que estaba conmigo. Amo esos triunfos. Necesitaría uno así contra Mariano. Volver a pensar en el tenis me devolvió a mi rutina de esa semana extraña en la que me sentí el ángel protector de Florencia. Un ángel en traje negro.
                Firmamos los documentos. Florencia saludó al ministro nacional, con tiempo para las fotos. Su representación de vieja inofensiva me pareció impostada. Quizás ya la veía a través de la lente de la cámara, como cualquiera que viera la noticia. Después, parecía eufórica. Le dije que un taxi la iba a llevar de vuelta al hogar, que había sido un placer conocerla. Se negó y me obligó a llevarla.
                -Tenés tiempo. No me vas a dejar irme sola.
                Mientras la acompañaba al auto hice un llamado para aplazar una reunión imaginaria. Mi secretaria estaba acostumbrada, nunca pude hacer ese número sin hablar con alguien real. En el camino le conté un poco mi vida. Cuando por fin la dejaba en la puerta, me pidió que la invitara un café en la esquina. En el hogar no la dejaban comer torta, y además quería aplazar su encuentro con Rubén.


                Mientras esperábamos en la mesa, no parecía prestarme atención. Estaba absorta como una viejita. Hice un esfuerzo por ser cortés, acoplarme a sus tiempos de residencia de ancianos, de hojas amarillas en el cordón de la vereda. Apagué mi teléfono para dedicarle mi atención completa. Cuando llegó el pedido, empezó a contarme todo. El folleto con la exhibición itinerante de Munch. La preparación de una acción radical. Los cálculos: la cesión de las propiedades y el auto a su hija, el cambio de domicilio al hogar, el ocultamiento de sus ahorros que ahora podía volver a depositar en el sistema bancario. Como si hubiera esperado para confesar que ya no hubiera tiempo de cancelar el pedido del café y la torta de chocolate con merengue italiano. Me sentí derrotado. Pero no estaba enojado, me halagaba ser el ángel de ese demonio. Le dije, ya que ella por fin establecía un vínculo de confianza, que al contárselo a Rubén había arriesgado su plan. Al contrario, dijo. Ella le tenía bronca. Entonces preparó una pequeña venganza. Rubén no era bueno con los secretos. Entonces se lo confesó para hacerlo hablar. Sus comentarios cada vez más fantasiosos lo tenían al borde de la mudanza al ala de observación de “Mañanitas”. Ya había pasado algún mes confinado. Esta vez nadie le iba a creer, y su penitencia estaba asegurada.
                Le pregunté cómo se sentía ahora que todo había salido según lo planeado. Me dijo que tenía distintas motivaciones, pero que ya no sabía si lo había hecho como una picardía resonante para llamar la atención como un artista, si lo había hecho como una estrategia para castigar a Rubén y demostrarse su poder, o si simplemente lo había hecho porque era una vieja que ya no tenía nada que hacer, como seguramente el noruego que había hecho el cuadro.
                Me pareció increíble. Se lo quería contar a mi socio Mariano, al depredador Roberto Z. Sobre todo al contador Francisco Luzuriaga para refrendar su teoría. No era el momento. Eran millones. Yo podía quedar como un inocente. Ya habría tiempo. Pero tenía que volver a casa a escribirlo. Me quise despedir otra vez de Florencia, y le dije que la acompañaba los metros que nos separaban de “Mañanitas”. Me dijo que ella no vivía ahí, que ahí vivía Rubén, su amante. Ella ocupaba el departamento de Palermo.

                -Llevame.

28/9/16

Vida imaginaria de Facundo Quiroga

 TAHÚR

                No importa el linaje de un hombre que inventó su destino, ajeno a la seguridad de un modelo en el que inspirarse. El caudillo Facundo Quiroga fue deliberadamente impredecible, forjó sus acciones bajo el sino de un tahúr. Si el coraje es un lujo, Facundo vivió en el esplendoroso derroche de la temeridad. Vestía poncho y llevaba una larga barba. No deseaba simbolizar la tradición frente a la levita ciudadana, la cara despejada de los ilustrados. Ocultaba sus brazos bajo la lana tejida, mitigaba sus expresiones en la oscura barba. Su atuendo y apariencia eran herramienta y seña del jugador. Había acumulado botines en los campos de batalla y en las partidas de baraja.
                En Oncativo, la derrota frente al general Paz le enseñó a palpar lo que la humillación enciende en los corazones. El deseo de venganza, el temor a verse nuevamente sometido. El temor lo había gustado antes, en los llanos. Un tigre lo persiguió por la tierra riojana, lo obligó a trepar un árbol a esperar la muerte. El tigre, en el bestiario decimonónico de las Provincias Unidas, consistía en la morfología feroz de un bicho que combina una cabeza de puma arenoso con un cuerpo de puma dorado. Este tigre ya se regodeaba por su vencida presa, lamía el borde húmedo de sus fauces sobre la costra seca de la tierra, centelleaban sus ojos extasiados de deseo, cuando llegaron amigos de Quiroga a caballo y lo enlazaron. Entonces Facundo bajó del árbol y vengó su pavor hundiendo su cuchillo en el tigre atado, ganando en la última mano la partida. Estas experiencias templaron su astucia.
                Una vez encontró a un oficial suyo propasándose en su autoridad, dando golpes a dos jóvenes. Como castigo, Facundo intentó atravesarlo con su lanza, pero el oficial logró empuñar la punta y retener la lanza en su poder. La devolvió con mano ensangrentada a Facundo en signo de lealtad, y éste otra vez intentó hendirla en el oficial. Se repitió el forcejeo, la victoria del oficial. Nuevamente devolvió la lanza a su verdugo. Entonces Facundo mandó a atar al oficial estirado en una ventana y mojó su lanza en la sangre caliente del oficial hasta cerciorarse del final del juego. No sació un espíritu indómito y ciego, cumplió con la obstinación simple de un jugador que no quiere perder.
                En otra ocasión, tomada la ciudad de Tucumán por las fuerzas del caudillo, unas doncellas se acercaron, a pasos crepitantes sobre las hojas secas, al lugar donde descansaba Facundo, salpicado de sol y sombra, tendido sobre su poncho, bajo los árboles. En ese paraje idílico, las beldades pidieron piedad por los oficiales prisioneros en la plaza de la ciudad. Facundo las escuchó. El temor juvenil no encendió su lujuria, el candor de los ojos suplicantes no estimuló su fantasía, las inocentes expresiones de esperanza no acariciaron su crueldad. Facundo se mostró sereno e infundió en el conjunto de jovencitas la vana ilusión. Luego de una hora de conversación sonaron las detonaciones lejanas en el bosquecillo, huyeron las aves por encima de las ramas, y un Facundo sonriente se excusó diciendo que ya no había nada que hacer, los fusilamientos estaban consumados. La ocupación de Tucumán era una exigencia de una partida más grande y no se podía arriesgar por emociones livianas como la compasión.
                En el llano porteño no entendió el juego y se sintió embotado. Odió la cultura, la modernidad, la humedad. Se propuso una contienda más grande contra Rosas. Defendió en sus últimos días la idea de una Constitución. Pensaba volver a Buenos Aires y degollar al Restaurador de las Leyes y Conquistador del Desierto. Sabía que sería su última mano. Cuando viera las ovejas en el camino, que ya empezaban a desplazar a las vacas en las estancias bonaerenses, se dispondría a ejecutar la jugada. Ordenó ir por Córdoba. Le advirtieron la traición de los Reinafé, sus amigos de las provincias del norte le ofrecieron escolta. No tenía grandes probabilidades a su favor, decidió como estrategia mostrar sus cartas. Iría indefenso y convencería con su palabra a sus asesinos. En la última posta, un joven se acercó desde el bosque para avisarle que en Barranca Yaco lo esperaba la muerte. Inútil. Facundo tenía resuelto su juego, que requería audacia y arrojo.
                 Cuando sintió detenerse a los caballos y oyó que descuartizaban a la diligencia, asomó su cabeza desde el interior del carro. Con su voz atemorizó al grupo destinado a matarlo. Santos Pérez, doble literario de Quiroga, se acercó. Estaba rendido al influjo del caudillo, parecía seguir sus previsiones. Era el momento de zanjar el azar con la última carta. Santos Pérez reaccionó con el ímpetu incalculable de un jugador: disparó al ojo de Quiroga, desde una distancia tan corta que el fogonazo quemó la barba rizada de un Facundo ya muerto.

Sociología de los cerdos

Había una vez tres cerditos: uno pobre, uno ni rico ni pobre y uno rico. No eran hermanos ni vivían en el corazón del bosque. Su única vinculación era la especie y la lengua cerdilicia. No había entre ellos una concepción de grupo ni de comunidad. Se podría afirmar que sólo eran cerdos sociales (un poco frívolos, un poco indiferentes). Cada uno provenía de un estrato social distinto y fue educado con modales e ideas disímiles.
El primero, el más pobre, se construyó una casa de paja. No era la mejor casa: tenía sus goteras los días de lluvia, pero era lo que este cerdito podía pagar. Era visto como vago y perezoso por el segundo (que era bastante prejuicioso). Este último no entendía por qué no se construía una casa mejor. Le parecía que era lábil y de mal gusto. También le molestaban sus modales bruscos (mostrar los granos de maíz mientras come con la boca abierta), sus faltas de ortografía y que ponga la música a todo volumen. “Debe ser un chancho mestizo, salvaje”.
Una sucesión de hechos hicieron que las cosas cambien. Un anillo bañado en oro rosa de la esposa del cerdito ni rico ni pobre despareció de su casa. Las miradas cruzadas y las sospechas comenzaron a hacerse lugar. No encontraron pruebas, pero socialmente se culpó al cerdito pobre. Había estado arreglando el techo de la casa del cerdito ni rico ni pobre.
Otras cosas empezaron a desaparecer durante la noche. La sociedad de cerdos estaba preocupada. Escandalizada. Echaron al jefe de la policía. Era un cerdo. Un cerdo policía. Y decidieron contratar lobos. El oficial Wolfenmalen quedó a cargo de la comisaría 127. Era famoso por sus dientes y garras afiladas, por su mal carácter y por tener unos pulmones que podían tirar una casa abajo.
Los lobos habían rodeado la casa del cerdo pobre. Con un megáfono le insistían para que saliera, lo amenazaban. El cerdito repetía “soy inocente, hasta que se demuestre lo contrario”.  Y Wolfenmalen sopló y sopló hasta que la casa derribó. El cerdito pobre salió corriendo y se metió por la ventana de la casa del cerdito ni rico ni pobre. Este último lo quería entregar, pero el pobre trabó la puerta y se tragó la llave. “Soy inocente hasta que se demuestre lo contrario”, les repetía a Wolfenmalen y los suyos.
La casa de cerdo ni rico ni pobre era de madera. No tan precaria como la de paja, incluso algo más resistente. Pero Wolfenmalen aspiró y aspiró arrastrando ovejas, árboles, cercos inflando sus plumones al máximo. Cuando sopló un remolino salió de sus fauces y destruyó la casa.
El cerdo pobre escapó y secuestró al cerdo ni rico ni pobre bajo amenaza (un cuchillo filoso-filosísimo en la yugular). Se escondieron entre los arbustos. Corrieron y corrieron. Saltaron un paredón. Hasta que se metieron en la propiedad del cerdito rico. El mayordomo del cerdito rico, al ver que había intrusos en la propiedad, soltó a los perros. Los perros se babeaban con sólo pensar dar una probadita a esa panceta movediza.
 Finalmente los chanchos forzaron una puerta y entraron. Recorrieron la casa en busca de un escondite. Los pasillos eran interminables, llenos de cuadros, tapices y alfombras lujosas. Estaban asombrados.
Entraron en un cuarto y estaba el cerdo rico, leyendo en un sillón. Interrumpió su lectura, se acomodó el monóculo, y le dijo “¿Qué precisan los señores?”.
“eehh… queremos aprender un poco acerca de… literatura”. Uno de los cerdos espío el título del libro que estaba leyendo y mencionó al autor entre otros grandes clásicos como Honorato de Cerdac, James Joinks y Geoffrey Chanchaucer.
“Qué oportuno”.
El cerdo rico les explicó acerca de diferentes teorías y posibles lecturas que podían hacer.
Wolfenmalen amenazaba desde afuera, pero nadie escuchaba nada a través de esos gruesos muros de piedra.  Sus plumones soplaron y soplaron, aunque no pudieron derribar la casa.
Cuando el cerdo rico terminó de responder cada una de sus infinitas preguntas. Tocó la campana, para que el mayordomo los echara.
Los cerdos fueron a parar a la calle y allí Wolfenmalen los apresó. Al cerdo pobre lo arrestaron por ladrón y fugitivo, al cerdo ni rico ni pobre por encubrimiento.
Esta es la historia de los tres cerditos sociales y del autoritario lobo feroz.

Y colorado colorín, esta historia ha llegado a su fin.

28/8/16

Foto de grupo

Volvió del velorio. Había soportado todas las provocaciones a las que se expuso. La muerte de un amigo, el reencuentro con viejos conocidos, los recuerdos que se suscitaban. La aceptación del hecho parecía tan fácil que lo preocupó. Sabía que, aunque su tristeza estaba controlada y no tenía mucho ánimo, no se podría dormir con facilidad. La excepcionalidad de ese día había acumulado infinidad de impresiones que todavía burbujeaban desordenadas. Buscó fotos viejas, quizás para imponerse un duelo. Las repasó. Sabía que esa felicidad de juventud irradia más por los años acumulados que por la imagen misma. Una foto en especial: hacía 30 años, en Córdoba, en la sala de una casa de piedra, con los cinco amigos. Recordaba el momento de la captura. No estaba pasando un momento particularmente feliz, aunque ahora parecía que ese viaje había sido mágico. Pero sabía que en esas vacaciones había descubierto algo entre las piedras de la casa. La certeza, infundada para esa edad, la atemorizante e intensa premonición de la melancolía. Dejó la foto de nuevo en su álbum. Lamentó que ya no podía sentir nostalgia como antes. Se fue a dormir con los avaros movimientos de una costumbre.