28/4/14

Malena

                Cuando a Malena le pidieron ayuda para cruzar la avenida, estaba pensando en cualquier cosa, pero tuvo la inmediata reacción de aceptar con sonrisa cálida, cosa que la hubiera enorgullecido a no ser porque quien la reclamaba era ciego. Por lo tanto, no estuvo muy segura si su gesto, envuelto en el ruido de Callao, fue bien comprendido por el ciego. Seguro, dijo con voz clara, y ya estaba ofreciendo su brazo.

                Un cuerpo despedido hacia un costado, una cadera golpeando el asfalto, el bastón rodando un poco, los anteojos revoleados pero aun colgados de la oreja, la confusión de un hombre que yace a un costado de la senda peatonal, una enfermera paralizada en una postura absurda. Los elementos dispersos van cobrando sentido a los ojos de los caminantes, en el extrañamiento inaudible de los automovilistas detrás de los parabrisas. La enfermera, Malena, empujó a un ciego y lo arrojó al medio de la avenida.


                Esa escena mental se formó en el aturdimiento de Malena mientras cruzaba Callao y empezó a creer que el ciego le estaba tocando el culo y sólo atinó a desplazarse de lado, aunque el ciego la siguió y le volvió a agarrar un cachete del culo y Malena cada vez más desconcertada quiso apurar el paso y nunca una avenida fue tan larga de cruzar ni la dirección tan incierta, aunque se dejó llevar un poco por el ciego hasta la vereda, donde pudo zafarse y caminar rápido hasta su casa y una vez adentro pudo gritar.
                Gritar, en parte por odio al ciego, pero también y un poco más porque no supo reaccionar como debía, como se merecía, pero también gritar porque la insistencia de la mano del ciego bien podía ser una verificación de insolencia, aunque quizás, si bien esto era improbable, una confianza en ella y su guía por un cruce difícil, y gritó, gritó mucho por el calor en la cara y por encontrar un poco de certidumbre.

Los trabajados

Los trabajados despiertan.
Los trabajados se visten.
Los trabajados se apuran.
Los trabajados se aprietan.

Los trabajados se empujan.
Los trabajados se miran.
Los trabajados se evitan.
Los trabajados se aprestan.

Los trabajados se agotan.
Los trabajados se agobian.
Los trabajados se colman.
Los trabajados se empachan.

Los trabajados se ríen.
Los trabajados se exprimen.
Los trabajados se duchan.
Los trabajados se cambian.

Los trabajados se vuelven.
Los trabajados se vierten.
Los trabajados se duermen.
Los trabajados se sueñan.

Los trabajados se sueñan.

Los trabajados despiertan.

28/3/14

La aventura de la belleza

            Había reservado una mesa para dos, tercera fila, cerca del escenario de instrumentos amontonados al fondo del pasillo. Tenía tiempo para el recorrido hasta el club, pero sobre la distancia abstracta que me separaba del lugar se apoyaban el tráfico, los semáforos, la dificultad para estacionar, eso me fue poniendo un poco nervioso, supuestamente iba hasta ahí para relajarme. Llegamos justo antes de perder la reserva a subir la escalera y entrar a ese club angosto que me gustaba tanto, enfilamos hacia el piano, caminamos entre la barra y la gente hasta nuestra mesita. Ya sentado, miré un poco el lugar, un edificio viejo seguramente, porque a pesar de la ambientación neoyorquina y la luz tenue se sentían los techos altos del antiguo Palermo y las ventanas grandes con marco de madera, y en sus cuadrantes de vidrio podía ver las copas de los árboles iluminados, y olvidar un poco que al fondo del club y escaleras abajo estaban la calle y los semáforos y el tráfico. Y me gustaba mucho el ambiente particular, un espacio inventado y aislado, las ventanas y los árboles lo devolvían a su intimidad, lástima que era medio cool, eso me incomodaba, y me interrogaba por los precios.
            Pedí el vino más barato, nos iba a durar durante todo el espectáculo, dije, mejor que un trago para cada uno. Estaba frío. Debía ser para ocultar sus defectos, dije o pensé, o porque el único que les quedaba estaba en la heladera, o lo que fuera. Empezó la música. Me gustaba, jazz sentimental, con cuerdas y todo, una picardía el vino, eso me pasaba por rata, por fin de mes, evaluaba mientras veía a los músicos, su juego de esfuerzos. Con otro vino hubiera disfrutado más, aunque seguro se hubiera acabado más rápido; me consolaba esa propiedad de nuestra bebida de no dejarse tomar con gusto, de rendir toda la noche. Al trompetista ya lo había visto con otras formaciones, más experimentales, con mejores vinos en aquellas oportunidades. A mí me gustaba el jazz simple, rítmico, bop con movimiento de pies, fácil al paladar, mila con fritas. Aunque bueno, siempre me daban ganas de ir a ver qué proponían. Lamentaba que el lugar era medio cool, y bastante snob. Cuarenta, sesenta personas atentas a una música trabajada que estaba de espaldas, había que pedirle permiso para adentrarse, darse una vuelta por su estructura interna, reconocer sus ambientes, dejarse llevar por ese espacio vacío y luminoso, como departamento en alquiler. Cuarenta, sesenta personas, todo el público en una pose ridícula, me molestaba la concentración de los músicos, me empecé a odiar por estar ahí.
            Todos atentos menos la mina de la mesa de al lado –las mesas estaban muy juntas- que empezó a hablar fuerte en un inglés porteño con su amigo extranjero y empezó a monopolizar mi irritación. Mi mujer la miraba de reojo, pero la mina no se enteraba o no se hacía cargo de la mirada. Los dos tipos de la mesa que estaba adelante de la mina –los veía en diagonal, bastante cerca- se miraron para certificar que una voz jodía desde atrás, uno se dio vuelta incluso –estaba apoyado contra la pared-, pero nada, arqueó los hombros, le sonrió con censura cómplice a mi mujer y se volvió hacia el escenario, intentando abandonar el asunto. La mina finalmente se calló y fue como devolverme el malestar, dejármelo en la mano sin que lo pudiera soltar en ningún lado. La música siguió un rato, pude prestarle algo de atención, soportar los solos, disfrutar incluso, salvo cuando presentaron a los músicos, la rutina absurda del puro aplauso, una vanidad automatizada y aburrida en los ojos del trompetista líder que duró hasta que volvió a soplar su instrumento y recuperó el entusiasmo.
            Descanso de diez minutos, otra copa del vino flojo, quesitos y pan. La mina y el extranjero bajaron a la calle a fumar, dejaron la cartera en la silla, dos porrones llenos de cerveza sobre la mesa. Adelante nuestro había una pareja que no molestaba, recién supe que estaban cuando el tipo fue al baño y los de la mesa diagonal le hablaron a la mujer que quedó sola. Volvió el tipo del baño y mientras se sentaba lo participaron un poco de la charla, pero ya dándole cierre a la conversación. Me parecieron un poco desubicados. Sobre todo porque no hacían nada llamativamente ofensivo, estaban bordeando el límite de lo incorrecto, pero siempre del lado de adentro, me empezaron a caer mal. Mientras charlaban entre ellos se dieron cuenta que la pareja había dejado los porrones huérfanos. Se sirvieron uno, rápido, devolvieron la botella vacía junto a la que no tocaron y se sentaron de cara al escenario, muy firmes de espaldas al porrón robado. Cuando volvió la pareja, empezó la segunda parte de la música.
            Me distraía de nuevo, pensaba que eran dos grandulones orillando los treinta años, dos boludos. Empecé a tenerles bronca. Imaginaba una situación tensa a la salida: un comentario fuera de lugar, un intento de propasarse con mi mujer. Me involucraba en mi reacción violenta, un empujón por las escaleras, un gancho al hígado, me dejaba llevar por los sucesos escalonados que me estaba inventando mientras sonaba la música: estaba mareado de ira, bien constipado de bronca, vaciada la conciencia en toda esa furia narrativa, olvidé la calamidad del vino que todavía tenía que pagar, estaba emocionado, quería llorar, la estética trascendental sucediendo, la provocación saldada con desmesura, la figuración extática de la humillación, una grieta que desgarraba toda mi vida y filtraba gotitas con burbujas, un ruido de algo que se abría, o se cerraba, no importaba, algo que se modificaba para siempre, en la eternidad de ese momento total, cómo decirlo, un motor, un aire acondicionado cuyo ruido sólo era reconocible en el momento de alivio en el que se apagaba y dejaba silencio.
          Pero el vértigo, con el correr de la música, se fue aplacando.
         Los dos amiguitos estaban de frente a la banda, de espaldas a la pareja, cuando la mina se inclinó y les preguntó por el porrón lleno que faltaba. Ellos, predeciblemente, fingieron sorpresa. Pude imaginarme el enojo de la mina. Ya sé que antes me molestaba ella, pero pude entender que le arruinaban la noche. Pasaban los temas, yo seguía inquieto, algo me había pasado, algo me había alcanzado, mientras tomaba mi copa, pasando por toda la gama del odio, la crueldad fría, el pataleo caliente. Al rato, uno de los amigos de la mesa diagonal se levantó y trajo cervezas. Tres porrones. Uno era para la mina y el extranjero. Les explicaron que les tentó la gracia, que perdón se le ocurrió a él, ella dijo no importa, hicieron las paces, se distendieron, se sonrieron incluso, final feliz, qué bronca que tenía, ni siquiera merecían mi odio, fue eso, un momento.

Una pausa

Un poema consiste en una pausa.
En una desaceleración de la velocidad de la lectura a medida que los ojos se aproximan al final de una línea.
Un lector precavido la ve venir como una liebre que cruza la ruta, a lo lejos. (También imagino un hombre en un sillón, leyendo el diario junto a una ventana, una apacible mañana de domingo).
Un lector atolondrado verá sus pies tratando de avanzar sobre un piso que desapareció de golpe y lo único que le queda es el horror al vacío.

Un poema es una repetición de una pausa y de un pensamiento
que, arbitrario, teje de noche y desteje de día
los deseos y elucubraciones más pomposas
y las más inocentes también.
Una sensación de suspensión del tiempo,
de estar en la quietud del ojo de un huracán,
de presenciar el instante previo al milagro,
en el que se dilatan las pupilas, se abren las fosas nasales y se llenan los pulmones de aire.

Una repetición es una insistencia.
Una aparición de un gesto pasado.
Es un movimiento o una acción que viene del más allá,

como un fantasma inoportuno.

24/3/14

Lluvia en la selva

El estómago se me fue por la boca en un parto sangriento, y el corazón cayó seco y redondo hasta la arena del vientre. Mi mente voló atada a una lechuza gris: se posaron juntas en una piedra recubierta de musgo. El borde de mi cuerpo, la piel floja, blanda–, tembló cada vez que la lechuza giraba su máscara sonriente.
Gritó el ave, y el brazo del gran árbol azul sobre mi cabeza se quebró. Lo celebró una campana en el cuello rugoso de una mariposa ciega, sin alas. Las hojas suaves pidieron silencio, titilantes, casi verdes.
Fue en ese preciso momento en que el espíritu negro de la selva se sentó adentro mío, llorando. Mis ojos se pusieron de pie y vi troncos y ramas de palabras naranjas, revueltas, con frío, y en el hueco entre ellas puñados de gordas lombrices, mojadas y oscuras, que temblaban brillantes.
La selva se largó a llover: plantas en gotas ínfimas y gruesas, hilos de savia, vegetales vertientes. La selva empezó a aullar, comenzó a sacudirse, a arrojar golpes violentos al aire, en todas las direcciones. Imploré ayuda, pero la lechuza se había ido y mi conciencia intentaba arrastrarse –repleta de miedo– desde la piedra hacia mí.
La mano poderosa de un río marrón me llevó hasta su lomo y una catarata cantante se sumergió en mi garganta. El sol me abrió los párpados. Mi corazón volvió a latir, amarillo, y las raíces de las uñas de mis huesos crecieron. Las hormigas cruzaban mi cuerpo, impasibles, cuando la lechuza gris clavó sus garras en mi espalda.
Entonces me estremecí y pensé pensá, sin huir.

28/2/14

Piezas sobre religión

Otro pequeño discurso apócrifo a los cirujanos plásticos
Por Giorgio Agamben *

Una ruina moderna -una obra monumental abandonada- es un futuro pasado, es decir, lo no sucedido de una esperanza, lo perimido del porvenir. Esto forma parte de los fantasmas de nuestras ciudades. Es el caso también de unos labios firmes de colágeno rodeados luego por un rostro que pierde la tersura; pierde la compostura incluso con mayor énfasis a causa de esos labios incólumes que subrayan la diferencia de tiempos, retrotraen al momento de la operación el origen, el nudo de dispersión de los futuros que contraería -y efectivamente contrajo- ese rostro. Pero ese es un problema más bien de los pacientes, o de los futuros (en plural) del paciente.
Ustedes viven otro doble tiempo. Quizás nadie como ustedes vive en ese doble tiempo del futuro pasado. Acaso las mannequins y los diseñadores sepan algo de ese regusto. Están permanentemente en la vanguardia y por eso mismo fuera de tiempo. Y cuando la época los alcanza, ya están otra vez en las orillas de la novedad, del todavía no, si retomamos las reflexiones de San Agustín. Por eso las mannequins están siempre fuera de la moda. Como el profeta antiguo, inventan un significado nuevo a lo que aún no tiene sentido. Ustedes, cirujanos plásticos, tanto como las mannequins, sufren ese fuera de tiempo, ese desdén feroz de una época que quisiera despreciarlos por decadentes, mientras no logra sostener el propio paradigma que vendría a conservar. 
 Por el contrario, la pura época está siempre absorbida a las arenas del pasado, por la voracidad del devenir histórico. Es un tópico remanido recordar que lo estrictamente actual fue criticado en el pasado. Interpretar que todo lo incomprendido de hoy será la piedra de toque para comprender mañana, inferir esto es dar un salto al vacío. Sería evadir el proceso de exégesis, el curso de las nuevas interpretaciones, la explicación sucinta que el futuro depara a los conflictos del presente para resolverlos, siempre y cuando todavía los conflictos necesiten un sentido y no se los abandone fuera de la órbita de los problemas. Por eso ustedes a veces cumplen la función de los ángeles: la creación ciega, a la espera de la salvación posterior de los exégetas, tarea esta última que el gremio delega en los lobbistas. Entonces, creación y salvación, términos de la teología tradicional que acuden a nuestro asunto contemporáneo.


Pero vean cómo el cambio en la ontología ha desplazado la belleza del objeto a la imagen, ha conquistado la ubicuidad, como decía un disertante. La edición de un perfil virtual reemplaza en algo a la coquetería. El bigote amarillo de nicotina del vecino en el almacén se vuelve glamoroso en el coloreo de múltiples fotos retocadas. Una expresión grosera e insegura se vuelve mítica en una aplicación genérica que la convierte al stencil. Para qué un mentón firme, con rasgos de acero, si el embellecimiento pasa por otro lado. Esto ha puesto a la cirugía plástica al borde de la inutilidad. O casi. Si antes la cirugía plástica luchaba contra su frivolidad, ahora se enfrenta a lo ridículo, a un caricaturesco sinsentido.
En la escatología, en particular en el asunto del cuerpo glorioso, la vida del cuerpo en el Paraíso, se piensa la separación del órgano corporal de su función vital. En el Paraíso, el cuerpo está fuera del tiempo, en nuestro caso, fuera del tiempo contemporáneo -un tiempo fracturado, pero no aislado, en la encrucijada entre lo individual y lo colectivo, un presente que recicla permanentemente sus orígenes arcaicos, un presente luminoso reclamado por las sombras del futuro, un tiempo a su vez desfasado y próximo a su risa demencial.
 En el Paraíso, las pestañas no deben limpiar impurezas, y sin embargo permanecen, puesto que la perfección del cuerpo las contempla. El noble oficio del cirujano, amén de velar por las funciones corporales de cada glándula, y es por esto oficio, se vuelve arte en la medida en la que su horizonte es el cuerpo glorioso. No moldea tetas para facilitar la motricidad, ni para amamantar, ni para ejercer tareas sexuales; por el contrario, dificulta la mecánica del cuerpo. Es el valor de uso reemplazado en este caso no por el valor de cambio, sino por el valor de exhibición. Como en la publicidad, que efectúa el simulacro de la mercancía,  o más precisamente la pornografía, que exalta los atractivos del cuerpo en la medida misma en que no pueden ser usados. El cuerpo glorioso en su inoperosidad es el monumento de la cirugía, por más que ésta siempre pareció coquetear con la procacidad, con la vanidad. Este asunto me recuerda una publicidad europea reciente, donde unas muchachas semidesnudas -o cuya desnudez oculta una pequeña parte para operar sobre el erotismo- auspician -como las aves romanas- unos servicios fúnebres, y de este modo invierten la ecuación, agregan funciones vitales a la muerte para reclamar atención. Pero este tema ya excede la intervención de hoy, forma parte del discurso a los publicistas que daré en breve en México DF.
 Como decía este año el colega Thomas Römer en el Collège de France, las religiones tradicionales emplazan el fin del mundo en el Diluvio, es decir, ubican la muerte colectiva en el pasado, pero ese relato funciona como una amenaza presente. Quisiera agregar que la cirugía opera entonces expulsando el asunto de la muerte del cuerpo, reinventando el origen, y por eso mismo señalando permanentemente al tiempo, a su relación con la juventud y la belleza, la vejez y la decrepitud, si seguimos la historia occidental de las asociaciones. 
La pregunta que desearía inscribir en el umbral de este inverosímil seminario es: "¿A quién opera el cirujano?, y sobre todo: ¿Qué significa ser operados?". Porque, más allá de las cuestiones de la contemporaneidad, no sólo se opera al cuerpo del paciente, sino a su futuro que revierte a su pasado. Y si opera al paciente, opera a quienes están involucrados en la vida del paciente, a quienes afecta siempre la sustancia inestable de la identidad, en este caso la del paciente. Y opera en toda una época, porque implica a todo un conjunto de individuos en un ámbito de operatividad, es decir, donde existe el derecho y el poder de operarse, y por esto mismo el poder, la potencia de lo que se puede dar el lujo de no hacer.

* Nombre con el que se presentó el conferenciante en el Congreso Hispanoamericano de Cirugía Plástica, Caracas, 2013. Omitido por pedido del autor y de la sociedad de editores europeos de las Actas Finales del Congreso.

Tierra del Fuego

Apenas terminó el bachillerato, mi tío abuelo político recorrió la Patagonia.
En la ciudad de Ushuaia, en un restaurante, conoció al que se decía era el último hijo varón de padre y madre Selk´nam.
Viejo enorme que cruzó la puerta, se le acercó rengueando y con modo seco y voz gruesa y ronca, le preguntó:
– ¿Qué leés?
– Una novela…
– ¿Cuál?
– No, no la conoce.
– ¿De quién es?
– Dostoievski.
– Ah, sí. ¿Cuál?
– Crimen y castigo.
– Ah. Yo leí Los hermanos Karamázov. ¿Me lo prestás?
Así fue como el viejo Selk´nam se llevó a la montaña el libro de mi tío abuelo político, junto a la sal y el tabaco que cada tres meses bajaba a buscar. Le dijo que vivía de la caza del guanaco y que su Dios estaba muy viejo, tan viejo que se había olvidado de él y de su pueblo, y que por eso desaparecían sin remedio.
Mi tío abuelo político –que también era alto, grandote y de voz grave, que tenía rasgos duros y un lado de la cara caído, un humor pícaro que le hacía torcer algo más la boca torcida, y una risa fuerte y voluntariosa, que arrastraba al resto, siempre repetía la anécdota, y nunca le alcanzaban las palabras para transmitir la tristeza ni la corpulencia de ese gigante triste, cuyo nombre no recuerdo.
Después hablaba de los Selk´nam: de la voz gruesa y la fortaleza de sus mujeres, que se ponían de pie con ristras de leña a la espalda, de un salto, y las cargaban por distancias considerables; de su vigor en aquellas temperaturas; de su habilidad de cazadores; de su talla y musculatura proverbiales…
Después hablaba de los cazadores de los Selk´nam: los europeos a sueldo de estancieros europeos, encargados de limpiar zonas que se habían vuelto ganaderas, desplazando al guanaco con la oveja; de los soldados ingleses, que cambiaban cuero cabelludo, orejas o manos de indio por libras esterlinas…
Y entonces rememoraba otra anécdota, anverso de la anterior, sobre uno de esos soldados ingleses, ya decrépito, que vivía en una estancia de Tierra del Fuego, en la que mi tío abuelo político pasó unas semanas. De día era tan educado e inaccesible como un inglés, y nadie más que un inglés puede serlo. La noche la pasaba entre gritos, quejas, alaridos. Y a la mañana siguiente volvía a salir de su habitación como si nada: alineado, impecable, reservado y amable. Inglés. Mi tío abuelo político terminaba la historia siempre igual:
– Nunca pude determinar si lo que le dolía era el cuerpo o la conciencia.
Y entonces sí hacía silencio, y dejaba que la conversación cambiara de rumbo.