28/10/17

Entender de golpe

La luna sobre el río no alivió su pesar, su presencia brillante era de una indiferencia de siglos. Tiempo perdido y cruel en el banco, hasta que asuntos más concretos lo reclamaron, lo salvaron. Caminó largo rato hasta encontrar una estación de servicio. Todavía en pena lánguida los primeros pasos, urgidos y firmes los últimos.
Abrió la puerta del baño con la ferocidad de quien entra al infierno sin miramientos a buscar lo que le fue arrebatado.
Tuvo una revelación. El brillo de transpiración sobre la tabla del inodoro que vio mientras se subía los pantalones, que ni siquiera debió secar con papel higiénico porque ya se evaporaba la frágil memoria de su último gesto: el culo apoyado pesadamente y haciendo lo que tenía que hacer y dejando ser y dejando ir por abstractas cañerías en una búsqueda siempre perdida.

3/10/17

En el bosque en una tarde nevada - Robert Frost


Creo saber de quién son estos bosques 
Sin embargo, su casa está en el pueblo
No me verá paseando por sus tierras
Ni mirando nevar sobre las copas

Quizás para el caballo sea raro
Frenarse donde no haya puestos cerca
Entre el bosque y el lago congelado
La tarde más oscura de este año

Le da una sacudida a sus cencerros
Pregunta si se trata de un error
El único otro ruido es el ondeo
Calmo del viento y de los copos suaves

 Los bosques son hermosos y profundos
Pero tengo promesas que cumplir
recorrer millas antes de dormir

recorrer millas antes de dormir

Trad: Francisco Gorostiaga




Stopping by Woods on a Snowy Evening


Whose woods these are I think I know.   
His house is in the village though;   
He will not see me stopping here   
To watch his woods fill up with snow.   

My little horse must think it queer   
To stop without a farmhouse near   
Between the woods and frozen lake   
The darkest evening of the year.   

He gives his harness bells a shake   
To ask if there is some mistake.   
The only other sound’s the sweep   
Of easy wind and downy flake.   

The woods are lovely, dark and deep,   
But I have promises to keep,   
And miles to go before I sleep,   
And miles to go before I sleep.

28/9/17

Un día

            Lo último que recuerda Lucrecia que pensó en ese día antes de dormirse, con una sensación rara, es que en definitiva no le había pasado nada. Se había despertado a las 7, diez minutos antes que el despertador. Con los ojos cerrados acercó los dedos a la pantalla y esperó a que empezara a sonar para apagarlo. Efectivamente, comenzó a sonar. Le pareció que era una autómata, y se levantó de la cama con una sonrisa. Desayunó lo habitual, es decir, lo que había: en esta oportunidad, un poco de pan con mermelada, ya que lo poco de cereal que quedaba en la caja se lo sirvió a Lana, su hija de diez años. Recalentó un poco de café del día anterior y lo tomó a medias, pensando en lo que tenía que hacer. Visitar a su mamá, cumplir con cuatro reuniones agendadas en distintas oficinas. Iría en colectivo hasta allá y después taxi entre cada punto, pensó como si estuviera decidiendo, pero fue claro para ella que ya lo sabía, estacionar tantas veces por Palermo era una tortura que estaba descartada desde el vamos. Se le ocurrió que siempre en el desayuno hacía el simulacro de tomar decisiones que ya estaban definidas desde el día anterior.
            Llevó a Lana al colegio, caminando cinco cuadras. Lana preguntó por qué calle irían, siempre variaban el recorrido. Lucrecia entendió que esa aparente indefinición del trayecto era de una previsión absoluta, como la consulta del pronóstico antes de salir. Y tomó por Ramallo. Lana iba saltando las baldosas, haciendo de su caminata un juego que se iba apagando hasta arrastrar los pies y la mochila en las últimas dos cuadras, cuando ya compartían la vereda con otros niños igualmente soñolientos escoltados por sus respectivos adultos.  Y en cada minúscula actividad se iba reforzando esta idea de estar viviendo una repetición. Cuando se acordó de “El día de la marmota”, la película donde es siempre el mismo día, le pareció una obviedad, ya sabía que le iba a venir a la mente. Esta sensación le fue delineando una sonrisa, como una contracción placentera de los pómulos, que le duró todo el día.
            En la parada de colectivo, a las personas que esperaban posiblemente las veía por primera vez, pero los gestos de cansancio, de expectativa, de apuro las veía todos los días. Las personas particulares eran intercambiables pero su rol de relleno en su vida era una cifra inalterable. Y la visita a su madre fue de una normalidad pasmosa. Sólo imaginar el encuentro en el colectivo hubiera alcanzado para fijar todo su contenido, aunque no le hubiera permitido saborear el cumplimiento de lo inevitable. Tomaron el té con limón, hablaron un poco, se despidieron. El tiempo transcurría previsible y Lucrecia lo recorría maravillada.

            El resto del día pasó, levemente feliz. Lucrecia pensó su vida desde otra perspectiva. La percepción de una rutina inalterable la sacudía como un hecho traumático. Ni siquiera ante la muerte de su padre había tenido un enfrentamiento tan radical con su vida. Nunca se había visto como alguien con una identidad tan determinada, pensó, con la felicidad de quien descubre algo precioso. Con la certidumbre también de que estas grandes verdades son sólo un estado de ánimo.

Querido Pablo


Bergamo, Italia, 1945
Querido Pablo,

Hoy llega un nuevo 28 y miro por la ventana con la esperanza irrenunciable de que aparezcas caminando por la vereda. Caen copos de nieve y se acumulan contra la fachada de la casa. Unos chicos arman un muñeco. Le ponen ojos de piedra, nariz de zanahoria y un casco de soldado que tiene un agujero de bala en la parte de la frente. Los acompaña un perrito overo que mueve la cola como un plumero. 
Anuncian fuertes tormentas para los próximos días. Alemania perdió la guerra. Sí, otra vez. 

Los aliados entraron con sus tropas. Esperemos que los rusos tenga piedad de nosotros.
Aparentemente Roosevelt, Churchill  y Stalin llegaron a un acuerdo en Yalta.

Sinceramente tuyo,


El blog

26/9/17

La tierra lisa, limpia de caballos (ejercicio en endecasílabos)

La tierra lisa, limpia de caballos
La tierra seca, estéril del encanto
Las nubes que componen en silencio
Heridas vivas, el rugido blanco

Las crines de caballos transparentes
Flotando sobre el lecho los suspiros
Nostalgia de galopes en el eco
De un autor, de un andante y sus velantes

Tal vez muerta, tal vez niña en mis brazos
Tal vez vieja, tal vez muda, en reposo
Un mar de arena azul sobre los párpados
Cúmulos de una tarde arrebolada

La piedra que flota en laguna oscura
Tallo, pétalos y espinas en el pecho
Conjuro de una tierra que se agrieta
El sueño de una casa que se inunda

El agua cae por los escalones,
Sillones que naufragan en la sala,
Madera que se apaga silenciosa,
Ceniza tibia, impávida mañana

El viento árido sin incertidumbre
La tierra roja, cumbre del hechizo
La muerte llana, escombro de la noche
Brújulas que se pierden en el tiempo

La tierra pulcra, limpia de caballos.
El oro, carne nuestra de horas rotas.
Arena suave lisa sin el tiempo
Cristal marino, aguja sin memoria

Que zurce con desvelo esmerilado
Que surca con alambres el olvido
Que junta las dos partes del destrozo
Las fracturas de un cuerpo disipado.

La tierra lisa, limpia de caballos
La tierra llana, piel entumecida
El llano oscuro, sueño, madrugada
La llama breve que hoy se ha apagado


28/8/17

Pájaros


"Las manos de mi madre son como pájaros en el aire".
Peteco Carabajal

"Como un pájaro en el cable, traté, a mi manera, de ser libre".
Leonard Cohen



                Me llamaron de la escuela. Mi hijo había estrangulado el canario de la recepción. Al parecer, alguna confusión le surgió cuando le quise explicar aquello de que es mejor tener pájaro en mano que cien volando. Recuerdo vagamente esa conversación con mi hijo, cuando le quería explicar que todo no se puede, que se contente con el helado que había elegido. Mientras se lo contaba, me cruzó la mente el chiste juvenil del pájaro en mano como imagen de la masturbación. Esto no se lo conté a la directora, por supuesto, y este ocultamiento me puso un poco del lado de mi hijo, me hizo su cómplice frente a mi mujer y la directora. Exageré un poco mi indignación, juré vengar la muerte del canario con una conversación severa, una penitencia de zapallitos rellenos, nada de papas fritas. Y le fui a comprar otro canario al conserje.
                Fui con Lucas a comprar el pajarito, para que aprenda a enmendar errores. Mi mujer le quería poner Luca, sin “s”, pero en el registro civil, cuando fui, lo inscribieron así, Lucas. En gran parte porque yo le dije “Lucas”, pero esto sólo lo sé yo, el empleado del registro civil lo debe haber olvidado. Los primeros días se mantuvo, sin embargo, el Luca que aparentemente consensuamos. Después se fue imponiendo el Lucas de las tablas sagradas del documento. Nos ahorraba explicaciones. Mejor llamarlo como se llama. Bueno, el caso es que Lucas estaba encantado con el paseo, quería comprar alpiste, una pecera, un cobayo. Le recordé que estaba purgando un error, no eligiendo regalo. Estuvo por hacer un berrinche. Si seguís así, le cuento al vendedor lo que le hiciste al canario, le dije bajito, aunque el vendedor escuchó. Los niños a veces son muy sensibles a las amenazas. Bueno, matará animales, pero al menos tiene vergüenza, pensé. Y me felicité por el hombrecito que estaba formando, y otra vez me felicité por llamarlo Lucas.
                Compramos el más barato. Había diferencia de precios, pero parecían todos iguales.  Debo reconocer que con los animales domésticos de menos de diez kilos no tengo mucho paladar para apreciar matices. Puedo distinguir un galgo de un pastor alemán. Punto. Había olor a corral. Para qué carajo querría alguien un canario. Bueno. Lo llevamos directo a la escuela porque, según entiendo, esos bichos se mueren así nomás, y lo quería devolver entero. Tener que ir con un canario en el auto, apurado para que no se muera. Dios mío. Pero en el camino, solamente en diez minutos, me encariñé. Después de todo, es mi hijo, pensé, y lo quise de nuevo. Iba mirando distraído por el vidrio, con el pájaro en una caja sobre las rodillas. Le dije que lo quería, que no me importaba si se equivocaba, yo siempre iba a estar ahí. No sé por qué lo dije. No le interesó para nada, siguió mirando por el vidrio.
                Le dejamos el canario al conserje, que puso una cara rara. Creo que no sabía qué cara poner. Un poco de ahora sí, el crimen está reparado. Pero también un poco de desprecio, como si le estuviéramos entregando un canario vulgar. De todas formas, no me quería demorar mucho, prefería irme rápido, con el canario rebosante de salud. Esa noche, Lucas me dijo que Pipo, el canario, ya silbaba. ¿Pipo? ¿Y cómo se llamaba el anterior? Pipo, también. Me causó gracia. Me enojó también, la frialdad del conserje, reemplazar el pajarito así nomás, y yo que me había esforzado en elegirle uno.
                A la semana sguiente, otra vez nos llamó la directora. Otra vez el canario. No había evidencia de Lucas, pero era el principal sospechoso. La jaula estaba abierta. Llamaron a Lucas para interrogarlo delante nuestro. Me pareció un poco excesivo. Dijo que no sabía nada. Cuando lo presionaron, dijo que tuvo que liberarlo, no podía verlo encerrado. De hecho, al Pipo anterior había querido liberarlo pero murió de miedo en sus manos. (Esto corroboraba mi teoría sobre la fragilidad de los canarios. Me tomé unos segundos para saborear mi acierto.) El asunto se ponía molesto, no quería seguir yendo a ver a la directora a la escuela. Cuando Lucas volvió a su curso, prometí un castigo sanguinario. La directora, antes acusadora, ahora parecía protectora, insinuaba que a los niños hay que comprenderlos.  Tiene 16 años, señora. Y se quedó balbuceando, temerosa, buscando con los ojos un gesto cómplice en mi mujer (que no prestaba atención, estaba tecleando en su celular).

                Me fui satisfecho. A Lucas ya lo había comprendido. Por eso me mostré intolerante. Ahora lo verían como un adolescente indefenso ante un padre brutal. Tal vez lo trataran mejor. Y se dejara de joder con el pajarito del conserje.

Sopa de cebolla

Cubrirse con mantas,
esconderse debajo de la cama,
prender la luz,
aferrarse a un peluche con ojos de botón
 o a dios, aunque dios fuera una cebolla.

Sin  embargo, si dios fuera una cebolla todo sería más sencillo,
Si dios fuera una cebolla podríamos urdir que la complejidad del universo se debe a la cantidad de capas,
o a que es esférica y que, tal vez,
su centro esté en todas partes y su circunferencia en ninguna.
Si dios fuera una cebolla podríamos culparlo por su mal olor.
Si dios huele mal peor debería oler su creación (de eso no hay dudas).
Si dios fuera una cebolla,
abrirla y despedazarla nos haría llorar (aunque no sé muy bien por qué).

Todo lleva un poco de dios y dios está en todas las comidas.
No hay ningún plato decente sin un poco de dios.
Esa es la ley primera, y la segunda (también la tercera, la cuarta y la quinta).
De chicos esperábamos con ansias que llegara la pascua,
pero no por los huevos de chocolate,
Sino porque mi abuela hacía una sopa de cebolla fantástica,
repleta de queso y pimienta,
donde una tostada naufragaba en el centro de sus aguas verdes y espesas.
Llegaba el domingo de ramos y los olivos me hacían pensar en la cebolla,
En la muerte próxima y tan cercana de la cebolla.
En su resurrección de domingo para halagar los paladares y saturar nuestros estómagos.

soupe d'oignon, Onion soup, zuppa di cipolla, sopa de cebollas...

dios se fue, se fue hace rato, pero la cebolla sigue estando
mi abuela transmutó en ceniza y en el eco de su voz cascada que sigue rebotando, por las noches, en las paredes de mi cráneo cuando apago la luz.